<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138</id><updated>2012-02-13T00:06:39.370+01:00</updated><title type='text'>Tunoeresinteresanteparami</title><subtitle type='html'>"Mi misión es matar el tiempo y la misión del tiempo es matarme a mí..." Emil Cioran.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>26</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-5264174474087273698</id><published>2012-02-11T17:30:00.012+01:00</published><updated>2012-02-11T23:53:04.805+01:00</updated><title type='text'>YO ESTOY VIVO Y VOSOTROS ESTÁIS MUERTOS</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-paT6kwJaPiA/TzaGMEHRCFI/AAAAAAAAExg/8WbfmqZ0UvI/s1600/la%2Bfoto%2B%252811%2529.JPG"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/-paT6kwJaPiA/TzaGMEHRCFI/AAAAAAAAExg/8WbfmqZ0UvI/s320/la%2Bfoto%2B%252811%2529.JPG" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5707897119559452754" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span&gt;&lt;i&gt;A Consol, por su amistad.&lt;br /&gt;Este relato es tuyo. &lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;Deslizo la mirada por la página penúltima del libro de Carrère que estoy leyendo. Escruto esas letras donantes de tristeza, de amargura, de aflicción o de cualquiera de los antónimos de lo que debería ser el feliz desenlace de las historias de este novelista francés leído a diestro y siniestro. Siniestro.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;Estoy deseando terminarlo porque, entre otras razones, es uno de esos libros que incitan a escribir. Que los lees y acabas envidiando esa capacidad para narrar. Necesitas intentar crear algo similar, o algo para contrarrestar, o algo para comparar, o algo a modo indicativo para que tus amigos, los que te lean por estos lares de la virtualidad, acaben arribando a la estación terminal de este literato galo.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Acelero la mirada por esa página penúltima del libro. Me queda poco recorrido para llegar al punto y final.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;Pero también es cierto que me urge ya, a estas alturas, hablar sobre este francés letrado, sobre este escritor de culto, sobre los ritos literarios que ha abrazado para convertirse en el biógrafo de la muerte. Porque los hay de políticos, de deportistas famosos, de famosos televisivos, de actores encumbrados al séptimo cielo, y de otras personalidades difuntas que se fueron sin tener tiempo de manifestar su última voluntad y cuya voz, una vez fallecidos, alguien de su entorno resucitó a través de verbos ajenos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;He leído dos novelas de Carrère, las suficientes, creo, para cerciorarme de lo que me queda por aprender y sorprenderme.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;En mi primera incursión en su universo literario me di de bruces con unos personajes a los que el mar engulló. Sucumbieron bajo una ola gigantesca en las costas de Tailandia ante los atónitos ojos de sus familiares que contemplaban la escena desde una loma. El padre de uno de los ahogados le pidió que escribiera sobre ese suceso y, claro, este hombre que acaricia el teclado como quien afila una guadaña, tardó unos años en ponerse verbos a la obra. Pero se puso. Y lo hizo el día en que su cuñada, enferma terminal de cáncer, le pidió que contara a su familia, primero, y al mundo, después, sus últimos meses de confinamiento en la jaula en la que se había convertido su no existencia eterna. Murió ella y empezó a escribir él. Y cuando lo hizo se acordó de aquella petición formulada por el padre de una de las víctimas del tsunami. Así que hiló una historia con la otra y acabó paseando de la cintura con la más oscura de todas las damas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;La segunda novela que he leído es la que he abandonado para tomar un café mientras miro por la ventana y dejo que estas letras se posen en mi cabeza amenazando con descender hasta la pantalla del portátil.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Y si en su primer libro me hablaba de esos seres que habían perdido su apuesta con la vida, en “El adversario” no hace otra cosa que darle más vueltas de tuerca a la tortura emocional del lector. Es una obra muy al estilo de la sangre fría de Capote. Narra la vida doble, la de verdad y la de engaño, de un personaje que existe y que cumple condena por haber asesinado en el año 1993 a parte de su familia. Con el miedo en el cuerpo a ser descubierto, viéndose acorralado por las personas a las que había estafado y engañado durante los últimos veinte años, no se le ocurre otra cosa que matar a su mujer, a sus hijos, a sus padres y al perro de sus padres. Intenta también suicidarse pero es rescatado por los bomberos. En el sumario queda claro que no lo intenta a fondo, que tarda mucho, que casi espera a que lleguen los equipos de rescate antes de atiborrarse a pastillas. Queda corroborado que en el arte de matar es docto y en el arte de morir, un cobarde.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;Después, el juicio. Tras éste, una condena a cadena perpetua revisable. Dentro de un par de años, para el dos mil quince, la libertad. Saldrá a la calle con sesenta y un años, alguna carrera universitaria, protagonista funesto de algunas películas francesas, de una española protagonizada por Coronado, antihéroe literario, destilando cristianismo y dando ejemplo de lo que curan y resarcen las cárceles. Y todo, gracias a este prosista convertido en biógrafo de la muerte en cualquiera de sus manifestaciones.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;He empezado a escribir este texto a las siete de la mañana. Era cierto, entonces, que me quedaban dos páginas para enterrar “El adversario” en la estantería de los leídos. También es cierto que he mirado por la ventana, con un café en la mano, mientras de reojo contemplaba la novela bocabajo, abierta por el punto de lectura, esperándome. Y también es cierto que se acerca el día del taller de literatura y que aún no tengo nada escrito. Me he puesto a pensar, como suelo hacerlo cada vez que intento hilvanar mi pasado con mi presente para componer algo legible. Sucede que, muchas veces, una novela, una canción, una noticia, abren la puerta de mi conciencia y sólo la abandonan convertida en relato. Y mi sexto sentido para con las letras lleva días avisándome de esta cocción que mis dedos teclean en estos momentos.  &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;He llegado a mi despacho, en el centro de Girona, a las ocho de la mañana.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;A las diez bajamos al bar de siempre a &lt;/span&gt;&lt;i style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;cafecear&lt;/i&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt; con los compañeros. A pasear mi punto de vista por el resto del local. Contemplo a las personas como queriendo hacer un casting a las musas. Observo la calle y sus transeúntes con el mismo propósito. Me detengo en las caras y me entretengo en los escotes. Me enternecen los ancianos que caminan cogidos de la mano y me enervan esas personas que visten a sus perros para combatir este frío azul con el que nos obsequia el invierno. Pobres animales en manos de ridículas personas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;Leyendo el periódico cargado de noticias asesinas, de crisis financieras, de equipos que ganan, de la banca que gana y suma, pienso que ya no dispongo de ningún libro para amenizar los cafés de la sobremesa. Determino pasar por la librería después de las tres de la tarde. Porque cuando no tengo ninguno aguardando en la sala de espera, noto que algo me falta y me aborda un sentimiento de intranquilidad. Supongo es el mono que sufren los yonquis de la literatura.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Pero a las dos y media mi teléfono móvil ha emitido un sonido de alerta: mensaje de una compañera de trabajo y también amiga. Me ha dicho que viene a Girona, que le gustaría comer conmigo, agradecerme que haya estado ahí, apoyándola en su lucha contra el cáncer de pecho que ha padecido. Totalmente recuperada, quiere brindar por su gesta y mis gestos. Así que acepto. Bien. Las noticias buenas, por fin, que, aunque son cada vez más escasas, también acaban llegando…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;A las tres, en el restaurante que ella ha escogido, la observo. Sentada enfrente, sosteniendo la copa de vino tinto, sonriéndome como si hubiera regresado victoriosa de una travesía a pie por el desierto del Sahara, me comenta algo así como que por fin ha conseguido expulsar los demonios de su cuerpo. Ese infierno que la habitaba se ha apagado. Es curioso porque muchas veces utilizo en mis escritos esa expresión: algo que me habita: el temor, la duda, la esperanza también, los pájaros que me anidan a modo de metáfora para no repetirme con lo de habitar, y así un extenso etcétera de cuerpos extraños, de emociones conocidas que acaban haciendo de mi cuerpo su morada.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;La quimioterapia ha exorcizado el tumor. Lo ha reducido a un recuerdo. Un mal recuerdo que con el paso del tiempo se extinguirá convirtiéndolo en un mal sueño, unas veces, y la pesadilla de un nuevo brote que la hará despertar jadeando en mitad de la noche, otras.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Mientras departimos, su mano izquierda se aferra a la servilleta. Cada dos o tres bocados, sus dedos la sueltan e inician un camino mil veces recorrido: como un acto reflejo actúan sobre su pecho queriendo verificar la cura. Al saberlo ahí, en su sitio, recuperándose, vuelven al plato y su rostro es otra vez el de una persona y no el de una sombra obedeciendo a su instinto. Me he dado cuenta que lo hace de manera mecánica. No es consciente en ese momento que sus manos buscan su pecho, que tira de la camisa como si le molestase el tacto que oprime a su piel resucitada. Opto por no hacerle muchas preguntas respecto a lo que ha sufrido aunque no hace falta pues, es ella, necesitando auto convencerse, la que me obliga a hablarle de su padecimiento pretérito. Es ella la que se asusta cuando ve que no miro nada, que no viajo a otras mesas, que no descanso mi mirada sobre las demás personas que llenan el local haciendo comentarios sobre éste o aquél o las de más allá. Es ella la que me dice que todo está bien, que vuelva a ser yo, que disfrute del tapiz de colores y sabores en los platos, del paisaje humano de la sala, de este hoy con honores de futuro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Repasamos todo lo que concierne a nuestro trabajo. Correos está mal. La situación financiera está mal. La crisis asedia a la clase trabajadora y la clase trabajadora, cada vez más hostigada, amenaza con levantarse contra la política antisocial de los que nos gobiernan con más pena y sin gloria alguna, y un etcétera que se extiende hasta los postres. Después regresamos a su enfermedad vencida. Dice que se siente como un preso que recobra la libertad: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="margin-left:36.0pt;text-align:justify;text-indent: -18.0pt;mso-list:l0 level1 lfo1"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size: 12.0pt;mso-bidi-font-family:Calibri"&gt;-&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;          &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt;font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Un preso confinado injustamente por un delito no cometido- Añado&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="margin-left:36.0pt;text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt;font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Conversamos sobre lecturas y escrituras. De lo mucho que leo y de lo casi nada que escribo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;Así que cuando quiere saber qué estoy leyendo ahora le repondo que nada. Que he terminado una lectura por la mañana y que al acabar de comer entraré en la librería más cercana para adquirir una novela.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;Mientras la cucharilla dibuja círculos diluyendo el azúcar en su cortado, sin apartar la vista de la servilleta, me pregunta si he leído algo más de aquel chiflado francés que escribía sobre asuntos escabrosos. Carrère, he puntualizado yo. Sí, ése, el que viste, calza y, además escribe de miedo sobre la muerte, aclara ella.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: 'Times New Roman', serif; font-size: 12pt; "&gt;Le contesto que el libro que he finiquitado hace unas horas es el segundo libro que he leído de él. Al decirle el título de las dos obras, ha vuelto a iluminar su rostro una sonrisa plena:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="margin-left:36.0pt;text-align:justify;text-indent: -18.0pt;mso-list:l0 level1 lfo1"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size: 12.0pt;mso-bidi-font-family:Calibri"&gt;-&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;          &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt;font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;No hace falta que vayas a ningún sitio –dice sonriente y guiñándome.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="margin-left:36.0pt;text-align:justify;text-indent: -18.0pt;mso-list:l0 level1 lfo1"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size: 12.0pt;mso-bidi-font-family:Calibri"&gt;-&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;          &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt;font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;¿No? ¿No me pedirás que escriba algo, verdad?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="margin-left:36.0pt;text-align:justify;text-indent: -18.0pt;mso-list:l0 level1 lfo1"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size: 12.0pt;mso-bidi-font-family:Calibri"&gt;-&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;          &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt;font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;No, no pienso pedirte que escribas nada. Ya eres grande para saber lo que te conviene… &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Extrae de su bolso un pequeño paquete. Asevera, antes de dejar que lo descubra, que gracias a mí ha conocido al tipo ese francés cuyo nombre no recuerda. Ella, durante las sesiones de quimioterapia no hacía otra cosa que enfrentarse a la verdad de su enfermedad a través de los ojos y la letra de Emmanuel C. Que nada es eterno, lo sabe, pero que entregarse a la lectura de libros que no hacen distinciones entre la vida y la muerte es sentirse como el náufrago que avista la costa tras una travesía de la que estaba seguro, no saldría con vida. Que es más natural un fallecimiento que un alumbramiento. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Vuelvo a creer que la he entendido, y lo creo mientras tecleo este día y mi cabeza sigue en esa mesa a punto de descubrir el regalo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="margin-left:36.0pt;text-align:justify;text-indent: -18.0pt;mso-list:l0 level1 lfo1"&gt;&lt;!--[if !supportLists]--&gt;&lt;span style="font-size: 12.0pt;mso-bidi-font-family:Calibri"&gt;-&lt;span style="font:7.0pt &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;"&gt;          &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;!--[endif]--&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt;font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Ten, esto ya sabes que es para ti. Si no te gusta, o prefieres otro, o lo tienes, aquí tengo el comprobante de compra –puntualiza-&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Mis manos han reptado por la cubierta de la novela. He abierto, como suelo hacer por inercia desde que era niño, el libro por la mitad y lo he olido. Los libros nuevos siempre huelen a vida, vaticinaba mi abuelo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;Y me centro en el título del libro para cerrar esta crónica:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt; font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;i&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt;line-height: 115%;font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;mso-fareast-font-family:Calibri; mso-ansi-language:ES;mso-fareast-language:EN-US;mso-bidi-language:AR-SA"&gt;Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="font-size: 12pt; line-height: 115%; font-family: 'Times New Roman', serif; "&gt;, de Emmanuel Carrère.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt; line-height: 115%; font-family: 'Times New Roman', serif; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: 12pt; line-height: 115%; font-family: 'Times New Roman', serif; "&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/i&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-5264174474087273698?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/5264174474087273698/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2012/02/yo-estoy-vivo-y-vosotros-estais-muetos.html#comment-form' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/5264174474087273698'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/5264174474087273698'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2012/02/yo-estoy-vivo-y-vosotros-estais-muetos.html' title='YO ESTOY VIVO Y VOSOTROS ESTÁIS MUERTOS'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-paT6kwJaPiA/TzaGMEHRCFI/AAAAAAAAExg/8WbfmqZ0UvI/s72-c/la%2Bfoto%2B%252811%2529.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-7605683960150950639</id><published>2011-12-10T18:00:00.007+01:00</published><updated>2011-12-11T09:44:32.694+01:00</updated><title type='text'>12 CANCIONES</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-zS25kbettQQ/TuOLPwQ4f6I/AAAAAAAAEws/jthjoRXLAvc/s1600/la%2Bfoto%2B%25283%2529.JPG"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5684540257441709986" style="text-align: justify;display: block; margin-top: 0px; margin-right: auto; margin-bottom: 10px; margin-left: auto; width: 320px; cursor: pointer; height: 320px; " alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/-zS25kbettQQ/TuOLPwQ4f6I/AAAAAAAAEws/jthjoRXLAvc/s320/la%2Bfoto%2B%25283%2529.JPG" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A la hora de siempre y en el bar de siempre, acabo de tomar un café. Lo he liquidado en poco más de cinco minutos, yo, que soy lento a morir cada vez que tengo una taza entre las manos, una panorámica feminidad delante o una dilatada novela aguardando su momento entre mis momentos. Y yo, lento como el castigo cuando les organizo viajes a mis emociones por los cafetales de la fantasía, cuando tras un sorbo viene otro más intenso, he dejado la taza vacía en la mesa que hay justo al lado de un gran ventanal, he saludado y, tras comentar algo con ese camarero que sonríe con la palma de la mano receptiva, he pagado a euro con veinte mi lingote cafeinado.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Cuando cruzaba el umbral, en la radio sonaba una canción sentimental en grado sumo para corazones que pasean su latencia por pasarelas románticas y esponjosas, para personas que juegan al gato y al ratón trayendo por la calle de la amargura a un Cupido entrado en siglos.&lt;br /&gt;Al salir, un rayito de sol ha travestido mi otoño. Un indignado me ha ofrecido un panfleto para que me sume a su lucha contra la actual situación; que los pobres, pobres son y quieren dejar de serlo, y que los ricos, ricos son y también quieren evitar que sigan siéndolo. He pensado, justo en ese momento, que tendría que haber un Cupido para las razones amatorias y otro para las económicas. Que unas veces nos ensartara el cuerpo con sus flechas doradas y otras, con una tarjeta regalo para pagar el alquiler, la hipoteca, o las facturas que se acumulan, como el polvo, en las estanterías de la necesidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llevo días queriendo escribirte una carta. Sí, como aquellas que nos enviábamos y que delataban los albores de nuestra historia. Una rendija por la que espiar nuestro pretérito. Me gustaría que mis letras te devolvieran al principio, al prólogo, a ese comienzo que no terminó hasta que nos convertimos en el resultado de una guerra dialécticamente nuclear. Tu recuerdo poliniza mis horas cuando leo un poema, cuando en la tele programan aquella película que vimos en la semioscuridad de un cine de barrio, o cuando la portada de un libro me reporta a ese tiempo incontestable que guarda nuestro pasado como Salomón su oro. Y hoy, que hace una eternidad de la muerte de Jack London a sus cuarenta años, he vuelto a pensarte y a preguntarme qué andarás haciendo. Hoy, como recitó primero el poeta y musicalizó después el cantautor, es siempre todavía. Hoy me he puesto verbos a la obra para que sean ellos los que te busquen en la alacena de la memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andrés Suárez suena en el despacho. Son doce canciones que merecen doce relatos. Quizá debería ser capaz de escribir un texto con el título: 12 canciones o doce porqués. Porque cuanto más lo escucho, más me propongo olvidar, cuanto más pienso en conjugar olvidos, más echo de menos mis años que no conocían la preocupación. Cuanto más me echo de menos, más necesito vivir y dejar de preguntarle a las estaciones qué ropa cubrirá tu cuerpo. Y así sucesivamente hasta este punto y aparte con formato musical y número duodécimo.&lt;br /&gt;A ti que usas las canciones como tiritas para el alma, me gustaría hablarte del último trabajo de este labriego de la música, de este gigante de pasos lentos, pero seguros, de este amigo curtido en mil bandas sonoras del día a día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CUANDO VUELVA LA MAREA nos revela el cruento frente bélico en el que los “quieros” y los “puedos” libran mil batallas, el arduo trabajo de una cabeza que quiere olvidar, el quejido de un corazón abonado al abandono, la precariedad de un contrato hasta que una muerte cabrona separe a algunos, el dolor mitigado por ese robo de horas al calendario, por ese andar espacios para encontrar tiempos en los que compartir con y departir de.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CUANDO VUELVA LA MAREA nos habla de amores correspondidos y de amores negados tres veces, del placer de recibir, del auténtico goce supremo de dar sin esperar nada a cambio, del amor por las letras, de las letras donantes de placer, de compromisos varados en cuerpos contra la pared, de sexos unidos por el gemido de los sueños, de los silencios que tiznan las relaciones, de la nostalgia por aquel tiempo pasado que fue mejor, de la saudade que se enquista en cada poro de la piel que nos habita, de los abrazos que combaten soledades, de la reciprocidad del llanto mientras se asevera que no, que no volveremos a sucedernos, de los gatos en las cornisas que lloran un atardecer, de las bebidas caribeñas con nombre de ron que emborrachan las canciones y contagian los sentimientos, de las cometas que surcan cielos que preñan de azul los mares, de las mareas sorpresivas que nunca sabes qué te van a traer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CUANDO VUELVA LA MAREA está decorado de faldas rotas, de baños en tugurios de mala muerte habitados por sexos en carne viva, de desnudos que valen más que mil palabras, de la mujer más bella que viste de flamenco los bailes bajo una lluvia de café, de futuros que quieren presentarse, de árboles que tiñen de ocre el paseo, de abriles de ida y de vuelta, de cumpleaños anegados de añoranzas, de treinta y seis razones para no olvidar las muescas en la memoria y las cicatrices en el corazón, de pasos apurados que huyen de la noche y buscan oscuridad, de piedras que entorpecen la huída y de charcos en los que naufraga la tristeza, de esas historias que cuentan verdades aunque viajen despacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CUANDO VUELVA LA MAREA mira culos que hacen olvidar, que esquivan la voz y quitan el sentido, observa la vida y sus daños colaterales desde la ventana de un hotel también dulce, reivindica la palabra para que medie entre la distancia y la posibilidad, susurra sonrisas a un desliz mientras una suerte de risa danza y observa a esa rubia teñida de miedos que dice "sí".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CUANDO VUELVA LA MAREA tiene la voz de un maestro, la palabra de un poeta, la música orquestada en un interludio que no conoce fin, la intención de un condenado a vivir, el etílico final de una noche que lame el quemante principio del amanecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CUANDO VUELVA LA MAREA eres tú, y fuimos nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas doce razones nos permiten viajar en el carrusel de los sentimientos encontrados. Cada canción es un universo donde nace y muere la vida, donde corazón y cabeza le echan un pulso al deseo para acabar firmando una tregua, fumando una pipa y buscando la paz en el océano furioso de una cama en un cuatro estrellas compostelano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras me dejo mecer por el piano infinito en cada canción, mis pies se mojan con tu saliva, la marea me devuelve a la orilla de tu voz y mi cabeza se pregunta dónde coño pretendo ir.&lt;br /&gt;Ahora tomaré otro café. Brindaré por tu ausencia huérfana en cada canción. Escucharé los latidos de Andrés y le pediré a ese Cupido viejo y cansado que borre tus huellas, eclipse tu luz, exilie tu recuerdo, silencie tu eco y me indique, en definitiva, un atajo a la calle del olvido. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;A modo de posdata me gustaría pedirte que no le apagues Alejandría a tus sueños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;He abandonado el despacho hace un momento. Así que ni misiva a nadie, ni canción enmarcada por un poema desesperado, ni remembranza incisiva, ni sendas del perdedor por las que transitar las veces necesarias hasta encontrar un Cupido caracterizado de minotauro encelado. He dirigido mis pasos hasta la parte vieja de la ciudad inmortal que enamora al visitante sin la mediación de un ángel del amor turístico. Mis zapatos negros, de cordones gastados, han jugado a rematar las hojas sobrevivientes a su suicidio otoñal mientras las piedras silentes del barrio judío atestiguaban mis andares recogiendo el cadencioso sonido de mis pisadas.&lt;br /&gt;Las piedras han dado paso a una acera comercial que no guarda luto por la situación económica actual. Un escaparate ha llamado mi atención: José, su virgen, el niño de sabe Dios quién, un buey, un burro, un Ángel aún no caído colgado de un árbol nevado, un grupo de pastores apresurándose a adorar al niño que, al parecer, vencedor por KO al tiempo y a la lógica, ha nacido ya, ha nacido ya. Me he quedado petrificado al contemplar la sonrisa del niño yacente y la amplitud mamaria de la escaparatista. Mi paseo por este día en el que me debatía entre escribir una carta, comentar las canciones del último disco de Andrés o ponerme a escribir de una vez por todas y de una vez, de verdad de la buena, ha dado a su fin en este escaparate contenedor de un Portal de Belén cíclicamente prematuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentado en esta cafetería de amplios ventanales que dan al Onyar, una que no es la de siempre, ni en la que trabaja mi camarero de siempre, contemplo el recorrido de la vida y sus mujeres vestidas de domingo aunque sea lunes. Sentado aquí, digo, escribo lo que ha dado de sí y de no, de las verdades y las mentiras de este hoy, uno más en una vida ambivalente que muda las hojas cuando llega junio, y se viste de colores cuando el otoño le pasa por encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me entristece que la navidad cada vez llegue antes. Debería ser indiferente, pero me molesta sobremanera que ese niño vea la luz de las rebajas antes que ninguna otra. Para el veinticinco de diciembre ya no será un recién nacido. Andará dándole que te pego al buey y al mulo, tirándole de las barbas a José hasta convertirlo en bendito o pidiéndole Nocilla para merendar a su madre, renovada virgen. Y cuando hagan su entrada en escena los tres de oriente con el oro, el incienso y la mirra, les espetará que vaya mierda de regalos, que donde él ha nacido hay cosas mucho más chulas (véase catálogo de ofertas)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi cabeza, caprichosamente recurrente, se desliza hasta el escaparate. Me veo reflejado y preguntándome cuándo dejé de creer en estas fiestas que arriban cuando el verano da sus últimos coletazos. Cada vez los tiempos vuelan más según nuestras necesidades, o las necesidades del dinero no corriente ni moliente. No debe ser muy saludable mezclar en una terraza esos polvorones con sangrías o café con hielo. Porque si continuamos así, el salvador de los hombres acabará compartiendo martirio con San Valentín. Aunque tiempo al tiempo, que como al Corte Inglés le dé por darle matarile antes de Semana Santa para adelantar las rebajas, no habrá milagro que lo salve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo último que he pensado, antes de sentarme en esta mesa, ha sido que ya podría haber nacido yo en un pesebre así. Y emular a Rómulo y Remo mientras soy amamantado por esa loba capaz de resucitar mi espíritu navideño antes que cualquiera de mis fantasmas pasados, presentes y futuros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabo de llegar a casa. Mi gato me mira con indiferencia porque aún no tiene hambre. Conecto la radio y dejo que el amigo Suárez le ponga voz y sonido a este día cargado de cuentos, de recuerdos, de vistas, de pasos, de letras sin destinatario, de cupidos, de alumbramientos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El teléfono ha sonado a las once de la noche. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué te he pillado haciendo? Ha preguntado su voz al otro lado.&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;- Nada, ahora quería leer algo, o ver algo en la tele, o escuchar algo. Algo.&lt;br /&gt;- Mmmmm, ¿Ya has escrito la carta romántica para el programa de la SER?&lt;br /&gt;- Claro, hace un rato la he terminado&lt;br /&gt;- Qué bien, pensaba que no lo harías&lt;br /&gt;- También yo lo pensaba&lt;br /&gt;- ¿Le has escrito a Andrés diciéndole lo que te ha parecido su disco?&lt;br /&gt;- Claro, hace un rato se lo he mandado&lt;br /&gt;- Vaya, estás desconocido, escribiendo cosas románticas y observaciones musicales&lt;br /&gt;- Lo estoy, no me reconozco, voy a por un café mientras espero que regrese mi yo, creo que alguna musa lo está poseyendo.&lt;br /&gt;- Jajajaja. Me entra la risa, pero que sepas que me gusta que hayas escrito algo en lo que las protagonistas no sean tetas, ni cafés ni gatos. ¿Ves cómo todo cambia? –Ha añadido con un deje de duda.&lt;br /&gt;- Ya, pero yo no pensaba en cambiar. Pensaba en escribir, o hacerlo más, lo de escribir, digo. Eso ya sería de por sí y para mí, una novedad.&lt;br /&gt;- Pero sigues siendo tú, teta arriba, teta abajo, sólo que Andrés y ese concurso necesitan otro punto de mirada tuyo.&lt;br /&gt;- Cierto, debería estar contento por haber hecho lo correcto.&lt;br /&gt;- Bueno, voy a preparar la cena y las clases de mañana&lt;br /&gt;- Bien, hablamos luego, o después de luego.&lt;br /&gt;- ¿Qué vas a hacer ahora?&lt;br /&gt;- Esperar que vuelva la marea.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-7605683960150950639?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/7605683960150950639/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/12/12-canciones.html#comment-form' title='37 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/7605683960150950639'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/7605683960150950639'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/12/12-canciones.html' title='12 CANCIONES'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-zS25kbettQQ/TuOLPwQ4f6I/AAAAAAAAEws/jthjoRXLAvc/s72-c/la%2Bfoto%2B%25283%2529.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>37</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-4330302308550041038</id><published>2011-09-24T18:00:00.004+02:00</published><updated>2011-09-24T18:00:00.212+02:00</updated><title type='text'>ESTÁ PASANDO</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-RWbZIpr5Lac/TnxqelBghmI/AAAAAAAAEto/oQFaIv1TUhs/s1600/forges-etica.gif" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 222px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-RWbZIpr5Lac/TnxqelBghmI/AAAAAAAAEto/oQFaIv1TUhs/s320/forges-etica.gif" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5655512305637557858" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Dedico este relato a OPin, un buen amigo, aunque él no lo sepa, un mejor socio, aunque no le corresponda como merece, un buen y apreciativo lector, buen escritor; domador de verbos, representante de sujetos y excelente comunicador, motivo por el que yo sigo aquí, entre otras razones y otros sabores.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;***&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;span&gt; &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Todo lo que se leerá a continuación es real; tan real como la vida, como las emociones y sus llantos y sus risas, tan real como la crudeza y sus daños colaterales, tan triste como el llanto de un niño, tan vivo como la muerte, tan verdadero como la mentira y tan amargo como las canciones que bombean corazones abonados al abandono.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Así que cualquier parecido con la ficción es mera coincidencia.&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;                                 ***&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Courier New'; "&gt;Los presidentes europeos se reúnen en &lt;a name="_GoBack"&gt;&lt;/a&gt;París, Madrid, Lisboa, Berlín, Roma, Barcelona, Londres. Los presidentes mundiales se reúnen en las ciudades de antes, además de Washington, Nueva York, Tel Aviv, Sao Paolo, Buenos Aires, Moscú, Tokio y algunos etecés de mundo primerísimo. Mi pregunta es: por qué coño no se reúnen en cualquiera de las urbes de Costa de Marfil, Somalia, en alguno de los campamentos del Frente Polisario, en Sudán del norte, en el nuevo e igual de pobre Sudán del sur o en la devastada Puerto Príncipe. La respuesta, asevero, es porque se la sudan estas situaciones. No pueden ir a Somalia puesto que tendrían que repartir su opípara comida con los más pobres del lugar y de los lugares conocidos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;La hipocresía política que amamanta y ensucia la sociedad, sube más que el precio de la vida, allá donde exista vida. El mundo se muere de hambre y los políticos se mueren de risa repartiéndose el pastel libio. Se frotan las manos para exorcizar el frío de la culpa mientras se comen un país y cuentan veinte hasta asediar con sus fichas nuevos objetivos. Acojonante. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Y en esa subida de telón se ve a un puntilloso presidente francés y su séquito, a un presidente español y su resucitada Trinidad, a una canciller alemana, amarga como el culo de un pepino y sus colaboradores y a un presidente italiano escoltado por una docena y media de secuaces de la &lt;i&gt;dolce vita&lt;/i&gt;. Digo yo que si han de reunirse los mandatarios, que lo hagan solitos, sin miedo a nada. Que no tiren de cortejo festivalero. Porque si les preguntas, puede que te contesten que donde come uno, comen dos, y donde lo hacen dos, comen tres. Esto, por ejemplo, no saben aplicarlo a Somalia. Si allí lo hicieran extensivo, más de uno tendría algo que llevarse a la boca. Pero Somalia, como otros países, ha sido excluido del atlas de la bondad humana. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Mientras tanto, los telediarios continúan emitiendo en directo desde Madrid, cuando el papa de los &lt;i&gt;persignaos&lt;/i&gt; llega besando suelos y recogiendo llaves. Y emiten en directo desde el estadio donde se descerebra una final deportiva. Y se desplazan a la puerta del sol a radiar desde la entrada del nuevo año. Y hacen su agosto emitiendo miedo mediático desde ese pueblo asolado por la ira de algún Dios impío. Y apostan sus medios técnicos y humanos en una basílica para retransmitir en riguroso directo una irreal boda real.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Y los noticiarios se olvidan pronto de Haití, de Somalia, de los Sudanes de antes, de los polisarios y sus frentes, de los que, ebrios de pena, mueren de hambre y sed.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;En fin, antes, cuando comía frente a la tele y las moscas de un cuerpo abierto en canal amenazaban con colarse en mi dieta cambiaba de programa. Ahora lo hago cuando un Rajoy enardece; cuando un Zapatero languidece ahogándose en su propia mentira; cuando una Aguirre no ofrece esperanzas a los que educan, vengándose de los que la reprendieron por no llevar hechos los deberes; cuando una ministra de defensa, otrora pacifista, estrecha manos y declara guerras de intenciones; cuando un Chávez no da un chavo por sus ciudadanos; cuando un comunista olvida que los pueblos necesitan realidades sociales y no utopías; cuando &lt;i&gt;los verdes&lt;/i&gt; sólo defienden el color de los euros que tapizan valles; cuando los nacionalistas se dan de hostias por representar a su partido en Madrid alojándose en hoteles de &lt;i&gt;plazas Españas&lt;/i&gt; de cinco estrellas y desayuno con diamantes de por vida; cuando un Gallardón guiña a los de centro izquierda con el ojo tuerto; cuando, en definitiva, unos anuncian recortes y otros subidas que alejen de nosotros la posibilidad de alcanzar un nivel de vida digno.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;La sanidad está en fase terminal, la enseñanza declina y deviene en añoranza porque cualquier tiempo enseñado fue mejor. Los profesores se alzan en armas de colores y gritos conjugados contra aquellos que quieren aniquilar la docencia empuñando la indecencia lectiva. Los comedores sociales se colman de bocas que suplican un bocado. Los ricos amenazan con manifestarse si les suben los impuestos y los pobres y sus sueños duermen en camas separadas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Mientras todo lo anterior acontece, los políticos estrenan campaña tendiéndonos la mano para cercenarnos los dedos cuando guarezcamos nuestros cinco lobitos entre sus promesas de bajo coste y huera intencionalidad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Voy a cenar, ahora que el telediario ha anunciado lluvias que nunca arreciarán. Otros, los del tiempo…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;A la una y media de la madrugada no puedo dormir. No quedan ovejas suficientes en el rebaño. Me levanto con la intención de conectar el ordenador y hablar de algo a alguien o combatir mi soledad insomne con algún “ciberalma” gemela al otro lado del muro que la tecnología ha levantado y que escalamos una vez sí y otras también para darnos a desconocer. Pero hoy no hay nadie en ningún sitio. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;En cada poro de mi piel estallan las bombas informativas del telediario de la franja nocturna. Los fotogramas de la serie que he visto después pasean por mi memoria y las canciones que he disfrutado mientras le daba esquinazo a Morfeo, vuelven a sincronizarse conformando una banda sonora desolada. Últimamente creo que todo a mi alrededor se apaga, que la crisis mundial ha inoculado su veneno en mi cuerpo, que me está venciendo el temor a no ser nada de lo que un día me propuse ser. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Me he preparado un café y he sentado a Alonso junto a mí. He encendido la tele con el propósito de quedarme dormido junto al gato y frente a las noticias asesinas o las chicas ligeras de ropa que desfilan por mi pasarela catódica. Pero ni noticias asesinas, ni chicas reclamantes de mi excitación, ni teletiendas, ni anuncios con músicas pegadizas, ni series mil veces repetidas. No. En la pantalla se anunciaba en letras azules: “&lt;i&gt;Anvil, el sueño de una banda de rock&lt;/i&gt;”. He pensado que qué bien, que no me iría nada mal un documental para señalarle el camino a mi cansancio irreverente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Pero mis ojos se han abierto como platos, mi alma se ha contraído un poco más, si cabe, con esa historia. Una crónica de superación, de perseverancia, de buscar y hacer; de buscar hacer lo que uno realmente quiere en la vida. De no dar el brazo a torcer ni la partida por perdida. La historia, que es real como la que estoy escribiendo, nos presenta a un grupo de rock canadiense que por los caprichos de un destino cabrón acaba no haciendo nada. No triunfan, no venden discos, no hacen giras multitudinarias, no encuentran discográfica, no se escuchan en el hilo musical de los supermercados mientras hacen la compra a duras penas con lo que se sacan trabajando de repartidores, unos, de profesores, otros, de nada, los demás. Pero no ceden. No venden sus sueños, no queman sus naves. Viven recordando la gira que les hizo famosos en Japón durante unos meses. Recuerdan que entonces los germánicos Scorpions empezaron&lt;span&gt;  &lt;/span&gt;su cuenta atrás hacia la gloria, y el roquero Bon Jovi se hizo infinito en el escenario y saltó hacia el número uno en las listas de venta de discos. Todos ganaron cantando, tocando y musicalizando sus historias. Todos sembraron y recogieron. Todos, excepto ellos: los Anvil, cuya música quedó en barbecho durante décadas. Nadie se explica qué pasó, en qué momento desparecieron del radar del éxito efímero, ni cuándo la ventura decidió soltarles la mano y ponerles la zancadilla. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Han sido casi dos horas de cine. De cine emotivo, sensitivo. De cine, en todos los sentidos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;He vuelto a emocionarme cuando preparaba un café y evocaba la epopeya musical que acababa de ver, esa hazaña del quiero sobre el puedo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Con la taza en la mano he ido hasta el ordenador. Necesitaba una historia. Porque cuando llevo días sin escribir, el cuerpo me pide letras, la sangre se me transforma en tinta y mi cabeza gira en torno a lo que deseo contar. Es entonces cuando en los semáforos en rojo se me aparecen los recuerdos que piden ser plasmados en este lienzo fluctuante. Y es al compaginar la conducción con la audición de mis músicas, cuando tengo la certeza de que los pájaros que me anidan pueden alzar el vuelo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Así que me he sentado delante del portátil sin saber qué capítulo iba a continuar. Y no fluía nada. Y el folio catódico, cuadriforme y apantallado seguía virgen. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;He acabado releyendo un &lt;i&gt;correo-e&lt;/i&gt; de una amiga que se está construyendo una casa, pero no una casa cualquiera, no; la casa de sus sueños. Está cimentando su futuro ladrillo a ladrillo. Simultanea el trabajo en una clínica con la colocación de piedra sobre piedra. Se ha dado cuenta de que las piedras, una vez dejas de tropezar con ellas, son útiles si quieres sacarle partido a tus deseos. Y una casa, embajada para tus ilusiones, puede ser el mejor de los futuros presentes. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;He buceado por mi biblioteca musical mientras buscaba información y contrastaba lo que había visto hacía poco rato en la tele con lo que me ofrecía la red. Y todo concordaba. Los Anvil no sólo existieron sino que existen. Que actualmente son más el resultado de la exhibición de ese documental en las salas de todo el mundo que la concesión a sus deseos formulados cada vez que soplaban las velas de un pastel de aniversario. El cine, al parecer, les ha dado una segunda oportunidad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;He acabado poniendo a buen recaudo toda la información obtenida por si un día decido escribir sobre ellos. He abierto una página erótica y otra, y otra. Y tras erotizar mis horas nocturnas y vestirme de caricias, he preparado otro café, sintiendo que más cansado no puedo estar. Que las noticias funestas del último telediario, que la carga emocional de los viejos roqueros que nunca mueren, que rendirme sin lograr derramar una sola letra ante la invitación de un folio, que asomarme, taza en mano, a mi madrugada y masturbarla porque lo de contar ovejas no funciona, provocará que duerma con un angelito con sexo, o harto de él. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Las seis y media de la mañana. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Me siento en el sofá desde el que contemplo las vías del tren. Un convoy cargado de mercancías se acerca a la estación de Girona. Otro, cargado de cuerpos adormecidos, silentes, nace de ella. Se dirige a la ciudad Condal con los primeros pasajeros; estudiantes universitarios, hombres de negocios, y desempleados que se echan a la calle buscando dejar de estarlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;El cielo preña de una claridad incendiaria el horizonte y el amanecer motea las fachadas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Desde mi rincón escucho la señal horaria de las siete. La vida contemplativa engulle mis horas y el insomnio se la tiene jurada a mi reloj biológico. Algo así debe ser. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Vuelvo a la tele apurando los últimos sorbos y prometiéndome que intentaré descansar en breve. En el avance informativo hablan de los presidentes europeos que se reúnen en París. Que los últimos bastiones gadafistas están al caer, que lo que ayer era bueno para algunos hoy es malo para todos, que el pan sube, que el hambre se dispara, que la suerte de la vida está echada, que el destino está escrito con faltas de ortografía, que el futuro se frota las manos cuando ve lo que se le viene encima… &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Casi las ocho de la mañana cuando desconecto todo. Nada he escrito hoy. Deposito la taza en el fregadero, dilucido si fregarla, pero acabo respondiendo al refrán “si lo puedes hacer mañana, para qué ocuparte hoy”. Acaricio mi gato que ronronea mi tacto, atranco puertas y ventanas para barrer el paso a un sol voraz.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Me tumbo sobre la cama con el sabor del café en el cielo de mi boca, con el olor a sexo autónomo en mi diestra, con la canción “metal on metal” sonando en mi interior y, tras cambiar ovejas por ladrillos, empiezo a contarlos y apilarlos, a ver si así ayudo a construir esa casa allende los sueños.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;Y amanece, que no es poco, justo cuando mis ojos se cierran y resucitan este texto. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;span style="font-family:&amp;quot;Courier New&amp;quot;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNoSpacing" style="text-align:justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-4330302308550041038?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/4330302308550041038/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/09/esta-pasando.html#comment-form' title='36 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/4330302308550041038'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/4330302308550041038'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/09/esta-pasando.html' title='ESTÁ PASANDO'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-RWbZIpr5Lac/TnxqelBghmI/AAAAAAAAEto/oQFaIv1TUhs/s72-c/forges-etica.gif' height='72' width='72'/><thr:total>36</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-7107643168138978186</id><published>2011-07-23T17:00:00.005+02:00</published><updated>2011-07-27T19:24:07.872+02:00</updated><title type='text'>LA SIESTA</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-yx36Dnvv8MY/TilfUX68__I/AAAAAAAAETg/yqHY4aVefu4/s1600/LA%2BSIESTA%2BIMAG.jpg" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"&gt;&lt;img style="display: block; margin: 0px auto 10px; text-align: center; cursor: pointer; width: 320px; height: 210px;" src="http://1.bp.blogspot.com/-yx36Dnvv8MY/TilfUX68__I/AAAAAAAAETg/yqHY4aVefu4/s320/LA%2BSIESTA%2BIMAG.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5632137612626821106" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las tardes de verano eran tardes de siesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dormir después de comer, durante la canícula, era una manera de combatir la agresividad solar que se cernía sobre la vega granadina en las primeras horas de la tarde. Desde  mediodía, el sol se desplomaba sobre cualquiera que anduviera en los campos, o en las aceras, o esperara el autobús en las marquesinas de las líneas urbanas. Un astro rey inmisericorde que mataba poco a poco, rayo a rayo, a cualquier súbdito que se atreviera a desafiar su toque de queda.&lt;br /&gt;Las calles quedaban desiertas, las gentes se resguardaban de la furibunda naturaleza tal cual lo hacían de las tormentas que descendían de la sierra descerrajando misiles pluviales sobre la ciudad Nazarí. En ambos casos los pueblos se mostraban abandonados y fantasmales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada domingo, mis hermanos y yo nos desplazábamos al pueblo vecino. Mi abuela paterna nos recibía con los brazos abiertos, la boca llena de besos y la mesa puesta y dispuesta para que sus nietos se encontraran como Pedro por su mansión de fantasía y color. Además, ahí, a la hora de la siesta teníamos vía libre para cumplir con ese ritual o dedicarnos a otros menesteres. Por lo general, cuando estábamos bajo la supervisión de mis padres, no había manera de escaquearse. Era obligado sestear, llegado el momento, cuando el sol lo dictaba. Así que entre las cuatro y las seis, y a veces hasta más tarde, teníamos que tumbarnos en la cama y dormir, o leer, o estudiar, o hablar por lo bajini entre nosotros para no perturbar el descanso de los durmientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En casa de mis yayos era diferente. Después de almorzar consentían que viéramos la tele o que jugásemos, incluso me permitía el lujo de explorar la casa, mil veces explorada, en busca de no sé qué secretos, escondrijos nuevos, y pequeños tesoros de bohardilla. Todo con tal de no tenderme en la cama y lidiar con un Morfeo iracundo por  trabajar en horario intempestivo.&lt;br /&gt;Y ahí estábamos los tres hermanos. Mi hermano mayor con sus lecturas, simultaneando a esos ases patrios del acero más cortante; el capitán Trueno y El Jabato, mi hermana menor con sus divertimentos y juegos que mis abuelos tenían para ella, y yo, claro, viendo la tele o no haciendo otra cosa que no hacer nada. Me movía de un sitio para otro sin rumbo fijo. Me gustaba mirar la calle inhóspita bañada de sol, admirar los pájaros que surcaban los cielos sin miedo a quemarse mientras esperaba la hora para ver por la tele las aventuras y desventuras, los vuelos y aterrizajes forzosos de “El gran héroe americano”. O proyecto de héroe que necesitaba brincar mientras contaba hasta tres para alzar el vuelo, manteniéndose con más pena que gloria en los radares de la cordura. Era una de las primeras series a las que teníamos acceso. Así que las sobremesas dominicales de aquel verano eran sinónimo de libertad para hacer y deshacer, para ir y venir, para buscar y encontrar y para acudir a la cita con ese personaje, torpe heredero de “supermanes” y demás combatientes alados del mal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero un domingo, al poco de cumplir once años, descubrí los pormenores y, sobretodo, los “pornomayores” de no acatar esa marcada doctrina una vez más.&lt;br /&gt;Llegamos a casa de mis abuelos paternos a la hora de comer. Mi abuela nos agasajó con una paella en la que no se avistaba verdura por ningún sitio, refresco, pan blanco y de postre, helado de vainilla y chocolate cortado en un cuadradito y protegido por dos galletas de canela. Como de costumbre, todo estaba saliendo a pedir de boca. Y así seguiría durante las siguientes horas.&lt;br /&gt;Ese día sufrí mi primera contraprogramación en la tele. No había gran héroe americano, ni otra serie en la que fijar mi atención o adecuar mi banco de imaginaciones. Así que mi hermano se ocupó de sus héroes novelados, mi hermana desapareció bajo un alud de juguetes y yo quise pasear las aceras cual héroe tocado del ala y sin miedo a que mi capa quedara a merced de ese sol que pegaba con una mala leche exacerbada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los vecinos de mis condescendientes ancianos eran de etnia gitana. Juan, el cabeza de familia, trabajaba en la construcción, la madre laboraba en las tareas del campo junto a otros lugareños, y las hijas se dejaban llevar por la desidia estival. Pasaban los días deambulando de un sitio a otro, cuidando la casa, alimentando unas cuantas gallinas y vigilando el palomar.&lt;br /&gt;En aquella época, las casas permanecían abiertas, las puertas no se ajustaban a sus quicios hasta que la noche mitigaba el infierno veraniego.&lt;br /&gt;Ese día en el que mi gran héroe decidió tomarse el día libre, pasé por delante de la casa del gitano. La cancela, abierta. La curiosidad mató al gato, sí. Y según mi hoja de ruta exploratoria y el refranero popular, tendría que haber acabado conmigo. Pero no fue así. Mi curiosidad me llevó a conocer otros parajes recónditos a los que, a día de hoy, sigo peregrinando cuando entorno los ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primogénita, Belén, estaba tumbada en el sofá. No la distinguía desde la entrada. Pero supe que ella a mí sí cuando mentó mi nombre conminándome a acercarme. Obedecí yendo hasta donde estaba tendida. Me asió por las muñecas y me preguntó cómo era que no estaba echándome una siesta. No supe qué contestar porque mi lengua estrellaba los vocablos contra mis dientes ahogándolos en una ciénaga salival. Estaba inmóvil, cegado por un nuevo y singular calor. Belén mostraba su cuerpo rendido al descanso sobre un sofá cama en una habitación casi a oscuras. Sólo una camisola abierta en canal por la que despuntaban sus pechos la vestía. La cabeza, en primera instancia, me dolió, alineándose con mi boca que seguía sin encontrar palabras ni formulismo cualquiera que me ayudase a salir del paso.&lt;br /&gt;Tenía mis once años apuntando hacia esos pezones de color del café helado que tomaba mi madre. Estaba petrificado, como si me encontrase frente a mi kriptonita particular.&lt;br /&gt;Ella me miraba observarla. Al cabo de un rato ya teníamos las manos entrelazadas, ocupándose las suyas de que la recorriera con la mirada. Me guió por su cuerpo. Cien gestos y ni una palabra en poco más de quince minutos. No tuve miedo al notar mi excitación. Ahí estábamos; un héroe a punto de colgar los hábitos, y ese cuerpo de veinte años gritándome que no sólo de pan y héroes vivía el hombre. La niña mujer me exhortó a entrar en contacto con su cuerpo. Y tímidamente posé mi nariz sobre sus pechos, y tímidamente posé mis manos sobre su vientre, y tímidamente abrí la boca para respirar y las aletas nasales temblaron cuando el olor de su piel erizó la mía y erotizó mi conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salvo el saludo inicial y ese querer saber por qué no estaba durmiendo la siesta, no existió conversación alguna. Hablaba su cuerpo y respondía el mío. Sus dedos jugaban con mi pelo, masajeaban mi cabeza y sentía la presión de sus uñas arañando mis pensamientos, rescatándolos, apaciguando mi travesía.&lt;br /&gt;Durante un cuarto de hora me limité a seguir sus indicaciones. Pon la mano aquí, me decía. Ponla allí. Colócala entre aquí y aquí. Ven, posa tus labios aquí. Mira, huele aquí. Y así me ayudaba a explorar sus recovecos. Sin saber cómo me descubrí sembrando de besos ese cuerpo mientras el mío desanclaba su infancia.&lt;br /&gt;Ella se retorcía, culebreaba, otorgándome honores de protagonista en su simulado juego. Se movía con gestos rápidos y miradas que destellaban en la oscuridad del habitáculo. Suspiraba fuerte mientras escondía los dedos entre sus piernas. Ante tanto gemido, ante esa figura que se doblaba como una hoja, temí que le estuviera pasando algo. Alcé mis manos, rindiéndome al enemigo, queriendo abandonar ese campo minado de deseo mientras ella exclamaba que no, que no, -deja las manos ahí, que se diviertan-. Y las manos se divertían conduciendo mi estremecimiento y mi boca se hacía agua cada vez que se posaba sobre su abrevadero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vete- me dijo. Dejó de temblar justo cuando mi sexo empezaba a experimentar una especie de descarga eléctrica. Me advirtió que ese juego era sólo nuestro. Que fuese a verla cada vez que quisiera. Y quise muchas tardes dejarme caer por su casa, primero, y por su cuerpo después. Ese tesoro corpóreo que respiraba la oscuridad de la habitación, a la hora de la siesta, al ausentarse sus padres. Esa fragancia que invocaba mi anhelo cuando éste se manifestaba en contra de la siesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los demás domingos de ese verano seguí frecuentándola y memorizando su anatomía. Era obediente como no lo era con nadie. Si me decía ven, lo dejaba todo, fuera lo que fuera todo, incluidos héroes americanos, juegos variopintos y demás delicias infantiles. Me postraba ante ella, junto a ese sofá, oasis del pecado. A su señal, comenzaba el recreo; las exploraciones, el tacto en la piel y la piel desnuda lamiendo el silencio, besando las voces quedas que se escapaban entre los labios apretados. Aprendimos a disfrutarnos a lo largo y ancho de ese estío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después, durante el invierno, la entrada a su casa y por ende a su desnudez, permaneció cerrada a cal y canto. Su padre seguía trabajando en “la obra”, su hermana aprendía a crecer y su madre las vigilaba de cerca convirtiéndose en la centinela de mi castillo cañí.&lt;br /&gt;Como le sucede a todo niño, me venció la impaciencia. Me aburrí aguardando una ranura por la que colarme y volver a embriagarme con su olor a vainilla. Me cansó la demora y darme de bruces contra las puertas cerradas. Mis juegos se disiparon como por arte de magia negra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado cinco mil años, como reza la canción de Pedro Guerra. A menudo me viene a la cabeza Belén y sus maniobras orquestales en la semioscuridad de aquella casa.&lt;br /&gt;Entonces evoco mi sexualidad naciente a esas horas en las que las personas descansaban, el sol quemaba y mi gran héroe americano surcaba los cielos a ras de suelo. Intento recordar cómo regresaba donde mi abuela, qué pretexto utilizaba para explicar mi ausencia, cómo era recibido, qué me decían. Es esto lo que me conmueve. Mi memoria ha dejado escapar algunos datos. O no los necesita porque sabe que no son necesarios para que pueda narrar aquel hecho. Sé lo que sucedía antes, a lo que me enfrentaba durante, pero no lo que acontecía cuando finalizaba el camino de regreso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me consuelo pensando que quizá es sólo una historia más que mi mente ha gestado. Que nada de aquello sucedió. Que es mi cuerpo el que necesita esos calambres adolescentes cada vez que dormito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta el día de hoy no había vuelto a dormir la siesta. Acabo de regresar a la realidad. Lo último que recuerdo es la voz del hombre del tiempo anunciando lluvias que nunca arreciarán.&lt;br /&gt;Al despertar he notado el peso de la memoria golpeando mi sien. Mi frente se ha perlado de sudor cada vez que mis ojos y mis labios deletreaban el nombre de mi gitana. Su recuerdo ha sobrevolado la estancia dejando un reguero de letras para que las saboree, las ordene, las rememore y las dibuje sobre este lienzo catódico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me siento en el borde de este desvencijado sofá. Acaricio a mi gato que se despereza y ronronea y opta por seguir durmiendo.&lt;br /&gt;El café se ha quedado frío, qué curioso, no he probado ni un sorbo. También esto es novedoso. Estudio la taza, la muevo en círculos como hacen algunos santeros que quieren decirte lo que te deparará el futuro a través de los posos. Pero a mi futuro no le gusta el café y sus dotes adivinatorias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pongo un cedé en el equipo de música. Dejo que Pedro Guerra y Serrano hagan trinar los pájaros que anidan en mi cabeza.&lt;br /&gt;De la cocina vuelvo con una copa de oporto en una mano y una historia con sabor a vainilla en la otra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y mis dedos descienden, acarician el teclado con la misma suavidad e idéntica soltura con la que reptaban su impudicia, ascendían sus dunas y se zambullían en ese acuífero que ahora provoca que mis glándulas salivares estallen su sabor en mi boca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Belén se hace letra…&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-7107643168138978186?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/7107643168138978186/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/07/la-siesta.html#comment-form' title='34 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/7107643168138978186'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/7107643168138978186'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/07/la-siesta.html' title='LA SIESTA'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-yx36Dnvv8MY/TilfUX68__I/AAAAAAAAETg/yqHY4aVefu4/s72-c/LA%2BSIESTA%2BIMAG.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>34</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-3528845545714029933</id><published>2011-06-04T16:00:00.002+02:00</published><updated>2011-06-04T16:00:03.721+02:00</updated><title type='text'>CORAZONADA</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-hVFHZmpMB6s/TeomgZS4w6I/AAAAAAAAESE/Vbfc-u627Sc/s1600/YA.jpg" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 300px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/-hVFHZmpMB6s/TeomgZS4w6I/AAAAAAAAESE/Vbfc-u627Sc/s320/YA.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5614342223458517922"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;font style="font-weight:bold;"&gt;“y en cuanto acabó de zurcir las heridas de&lt;br /&gt;las noches mal dormidas llegué yo&lt;br /&gt;y le llené de flores el jergón para los dos,&lt;br /&gt;sin espinas de colores, que se rieguen&lt;br /&gt;cuando llore y cuando no, las sulfatamos&lt;br /&gt;con nuestro sudor,&lt;br /&gt;y me confesó, cuando quieras arrancamos que&lt;br /&gt;en las líneas de la mano lo leyó,&lt;br /&gt;que se acabó el que la quemara el sol,&lt;br /&gt;pero se asustó, ¡cómo te retumba el pecho!,&lt;br /&gt;tranqui, solo es mi maltrecho corazón,&lt;br /&gt;que se encabrita cuando oye tu voz” &lt;/font&gt;&lt;br /&gt;                                              &lt;br /&gt;&lt;font style="font-style:italic;"&gt;                                                                         CORAZÓN DE MIMBRE. MAREA&lt;/font&gt;&lt;br /&gt;                         &lt;br /&gt;                                                        &lt;br /&gt;                                                                    &lt;div&gt;                                                                      ***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;font style="font-weight:bold;"&gt;-Pálpito, decía mi abuelo.&lt;/font&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He abierto los ojos a las nueve menos cuarto. Ayer tardé en conciliar el sueño, las ovejas, hartas, huyeron despavoridas a pastar en otras mentes. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Alargando el brazo he sintonizado una nueva emisora. Quería escuchar a la gente, quería noticias frescas. Pero al final la gente se enzarza en guerras dialécticas y las noticias pasan de la frescura de la vida a la tibiez de la muerte. Guerras de todo tipo dibujan su campo de batalla en el desayuno de las ondas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La habitación vuelve a quedar en silencio. Adivino el sol que lucha por colarse buscando una rendija para amanecer a este lado. Me desperezo aún en la cama, junto los pies acariciándome las piernas con los dedos. Doy por acabadas estas maniobras orquestales en la oscuridad cuando me estiro emitiendo un quedo bostezo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sentada sobre el borde, busco entre los claroscuros el rincón donde anoche esparcí mi ropa interior. Salto de la cama con el móvil en la mano. Desde hace tiempo es un apéndice más. Es ahora cuando recuerdo que he soñado. Es ahora cuando sabiendo que he soñado, ignoro el contenido. Vislumbro personajes que no consigo etiquetar, no logro adivinar qué calles son por las que transita mi subconsciente y sus devaneos nocturnos. Sólo sé que  cuando me he incorporado mis pies no temblaban, no me faltaba el aire y una sonrisa se abría paso en mi rostro. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Preparo un café que saboreo mirando por la ventana. La calle está desierta. Nadie se acerca a mi portal. Me acuerdo, otra vez, de mi apéndice electrónico. Miro la pantalla: ningún mensaje, ninguna llamada. La felicidad, a veces, dista sólo un par de tonos; un aviso con ese mensaje que tanto anhelas descifrar. Esa comunicación privada que se crea entre tú y quien tú quieres. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras la taza viaja a mis labios, rememoro el sueño. En él mi abuelo me dice que cada vez que sentimos que algo bueno está a punto de sucedernos, se trata de un pálpito. Pero es la voz de mi abuela la que lo contradice jovial,  diciendo que eso no es así. Que no se llama pálpito. Que la verdadera expresión de futuros alegres es otra palabra que no consigo descodificar, quedando atrapada entre las sombras de mi somnolencia. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Eso ha sido lo que ha hecho que deguste con más intensidad este café. Ha sido el saber que quizás algo bueno está a punto de sucederme. Que la alegría volverá en forma de llamada, que la llamada se producirá de un momento a otro, que algo puede cambiar. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Beso el borde y el café amargo alcanza mi boca inundándola de placer. Es un beso en toda regla. Como esos besos pretéritos que quieres que regresen, que quieres volver a sentir, necesitando que se posen como mariposas sobre tu sexo, sobre tu cuerpo, sobre tus labios. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me noto cansada. Cansada y tediosa. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En la ducha tengo que sentarme en el taburete colocado ahí para hacer más distraídos estos momentos y darle esquinazo a la soledad. Mientras el agua resbala por mi desnudez escucho de fondo la radio y, tras la ventana, una vecina llama al orden a los gatos callejeros que anidan las cornisas. Las voces se confunden con el ruido relajante de mi baño. Cierro los ojos y separo los labios. El agua se cuela en mi boca, la aguanto y la termino escupiendo cuando noto que me falta el aire. Acaricio mi cuerpo, las manos recorren cada rincón y las yemas se distraen trazando caprichos en la piel. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando regreso a la cocina ya tengo otra vez el móvil en la mano. No hay descanso para la espera. Es mi nexo con la realidad, con la necesidad, con lo imposible. Porque mientras avanza la mañana empiezo a estar convencida que no va a sonar. Que no emitirá señal alguna que dé la razón a mis sueños, al pálpito definitorio de mi abuelo. Y todo quedará como está. Todo menguará y la felicidad alimentará mi pasado, resistiéndose a mi futuro. Miro por la ventana, otra vez. El sol lame las aceras y los escaparates se llenan de anónimas sombras y de parejas de amantes donantes de placer. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Necesito cobijarme en la lectura del último libro de Marías. Me enamoro fácil y eso, en mí, es un problema. No hay corazón que aguante tantos amores. Compagino la lectura con la audición del nuevo trabajo de ese viejo cantautor que una vez le canta a sus musas y otras le escribe letras de neón a su Magdalena. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De vez en cuando consulto la pantalla del teléfono. Temo no haberme percatado del aviso. Quizás mi hilaridad aguarde en la bandeja de entrada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En días como hoy me visita todo mi pasado. Ha empezado por mis abuelos, dejando que pueblen mis fantasías oníricas. Y ahora acabo de descubrirme pensando en él, preguntándome qué andará haciendo ahora, y con quién andará haciéndoselo. Entre pasado y futuro se cuelan ilusiones y realidades. Es como cuando estás al borde de la muerte, que toda tu vida cruza ante tu mirada en un minuto. Debe ser lo que le acontece al suicida, que una vez aprieta el gatillo sólo le queda tiempo para morir, si es certero. Pero si la torpeza que lo lleva a esa situación insiste en acompañarlo al más allá, le dejará tiempo para que se arrepienta, para que esos pensares se posen como alas en las retinas por las que la muerte le guiñará un ojo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tornan a mi cabeza esos mensajes furtivos y esas conversaciones que hacían de la noche nuestro refugio. El teléfono ardía y los oídos sudaban. El sexo hervía y la voz empapaba el deseo. Acabábamos a las tantas, febriles, y al día siguiente buscábamos otra vez la conexión, el punto de partida, el kilómetro cero para nuestra ventura. Resuena en mi interior “corazón de mimbre” del grupo que tanto le gustaba. Insistía enfáticamente en que me dejara seducir por la voz ajada del cantante. Me cercioro que mientras tarareo esa canción necesito exhumarla y la busco con ansia entre mi biblioteca musical. He perdido la cuenta de las veces que me la envió en MP3 hasta que consiguió mi capitulación ante su corazón mimbrado. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nos reíamos cuando escuchábamos esas noticias que advertían del uso abusivo de los celulares. Podían provocar cáncer, o daños cerebrales, o cosas por el estilo. Y tras las risas, los besos, y tras los besos, el amor nos hacía y nosotros lo convertíamos en sexo, y tras el sexo, la conversación infinita, y tras ese infinito hablado, el silencio, y tras el silencio, la aciaga despedida, y tras la despedida, la vuelta al hogar dulce hogar donde otro mundo, otra vida, otros protagonistas nos esperaban ofreciéndonos cotidianidad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero el teléfono enmudeció. Mi cuerpo dejó de responder a sus caricias y sólo se manifestaba, cada vez menos, cuando su recuerdo se enquistaba en mi cabeza. Entonces, el placer, aunque distante, volvía a consumirme. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sentada frente al portátil, mientras me dejo acariciar por la inconfundible voz de Kutxi Romero, pienso en mi carrera, truncada en mil carrerillas por la falta de posibilidades. Al final, esas oposiciones me salvaron, y conseguí una plaza en la diputación provincial donde lo conocí. Me doy cuenta, mientras vivo este día, que mi memoria recurrente se ha aprendido su nombre. Y lo evoca, jugando conmigo, trayéndolo, postrándolo ante mí. No puedo evitarlo: estas ganas de nada menos de él, que cantaría el de amante de las musas, me hieren. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Termina la canción. La he escuchado tres, cuatro, varias veces. Necesito estirar las piernas. Y las estiro lo justo para recuperar el teléfono que se había quedado rezagado junto a los enamoramientos de Marías. Miro la pantalla, la miro mucho, como si la insistencia de mi mirada consiguiera que se iluminara anunciante. Pero el teléfono, como la vida del suicida, parece que ha expirado. Que ese pálpito sólo ha sido una falsa alarma. Un tsunami que nunca alcanzó la costa. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A la hora de comer enciendo la tele. Supongo que no tengo bastante y necesito la camaradería de un telediario sembrado de noticias funestas: De hundimientos de bolsas, de explosión de burbujas, de salarios congelados, de niños quemados por el sol y abandonados por la vida, de terremotos en zonas pobres donde ningún dios tiene segunda residencia, de asesinatos a sangre fría, de revueltas contra el sistema, de sistemas de represión contra esos indios que se niegan a abandonar sus selvas para que las autopistas a ningún cielo las atraviesen, de un accidente múltiple en el que han perdido la vida no sé cuántos que venían de celebrar un ascenso a primera división y de las protestas de esos trabajadores abocados a vagar como alma en pena buscando una oportunidad que ilumine el crepúsculo de su vida laboral. Hoy, ni a la hora del tiempo hay buenas nuevas. Un frente se cuela por el norte peninsular amenazando esta primavera que aún no ha tenido tiempo de curar el invierno. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las cinco preparo un descafeinado y vuelvo a sintonizar una emisora. Por la ventana de las ondas, un locutor de moda que abandonó la jungla urbana de su Venezuela represiva para instalarse en los  programas nocturnos donde contertulios jugaban a ver quién insultaba con más elegancia, habla de corazones llenos de alegría. Dice que el suyo, de tanto amor, de tanta dicha, está a punto de reventar. Que amenaza con romper su pecho y surcar campos de claveles bombeando placer. Repite una y otra vez que está agradecido a España, que lo recibió con los brazos abiertos y los armarios clausurados.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Menudo imbécil, qué sabrá de corazones, qué de felicidades. Cierro los ojos y lo insulto mentalmente, los aprieto hasta el dolor y asesino su buenaventura. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me falta el aire y termino consultando el móvil. No, no suena, no está por la labor. Compruebo la batería, toco las teclas, hago una llamada a mi mejor amiga para comprobar que aún funciona. Me pregunta si va todo bien, si necesito hablar, quizás. No, sólo quería saludarte, escucharte un momento. Un hola y un adiós a modo de SOS. Se me pasa por la cabeza llamarlo a él, a ver qué tal está. A despedirme, quizás, a escucharlo una última vez. Pero me freno. Le prometí no importunarlo nunca más cuando se bajó de nuestra historia y los viernes se vistieron de luto. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En la cocina preparo un vaso de agua en el que diluyo un ibuprofeno. Desearía mezclarlo con agua de lluvia. Acercar el vaso a una nube preñada de invierno y combinar medicina y naturaleza en estado puro. Claro que con mi suerte, acabaría partida por un rayo. La cabeza amenaza ahora con estallarme, y no de felicidad precisamente. Apago la radio y el apartamento queda silente. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dirijo mis pasos hacia la terraza y atisbo la plaza de aparcamiento vacía. Miro las plantas y huelo la huella que la vida ha depositado en los tiestos. La tarde declina y el sol empieza a lamer edificios en su peregrinar hacia el ocaso. Pienso en la suerte del astro rey. Se pasa el día lamiendo. Lame cualquier manifestación de vida en la tierra desde que sale hasta que se pone. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me gustaría llamar a mi madre, a mi hermana o a alguna de mis amigas. Hablar largo y tendido. Pero supongo que la esperanza sigue siendo lo último en perderse. Y quiero, sobre todas las cosas y a cambio de todos mis sueños restantes, esa llamada redentora. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Descanso mi cuerpo en el sofá, junto a la “literaturiedad” enamoradiza de Marías. Dejo que sus letras me acompañen hasta la hora de cenar algo presuntamente sano.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me siento en la mesa. Dispongo el cubierto, una copa con agua mineral, un plato con una sopa de verduras y el teléfono cerca, próximo a mi corazón, a mi alma, a mis ojos acristalados. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las nueve, mientras desvisto un kiwi, el móvil emite un sonido: llamada entrante. No es él. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La voz de mi mejor amiga, disfrazada de jovialidad, irrumpe: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¿Qué? ¿alguna novedad?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- No, ninguna. Todo sigue igual. Este teléfono no está concebido para las noticias buenas, ni para los acercamientos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tras una brevísima conversación, finiquito la llamada. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vuelvo a mi rutina, a mi espera cotidiana. Necesito llorar y no lo consigo. Las lágrimas se declaran insumisas y no descienden, como en anteriores ocasiones, por el eslalon de mi tristeza. Tras apagar las luces de la casa, casi a tientas, pongo un cedé en el equipo de música. La voz de Mariza acapara mi atención e invoca mi descanso.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Abro los ojos de par en par. Mi punto de mirada se abre paso a través de la espesa negrura. No sé qué hora es ni cuánto tiempo habré permanecido mecida por los latidos de Morfeo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero el teléfono suena con la insistencia de las prisas, irreverente. No cesa hasta que lo alcanzo. Mientras, mi corazón desbocado amenaza con huir sin esperar segundas oportunidades. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Es él.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Es él. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Es él y su voz suena dulce como la miel, tranquila como la de un domador de canciones.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Si te llamo a estas horas sólo puede ser para darte buenas noticias. En una hora pasará una ambulancia a recogerte. Tenemos un corazón para ti. ¿No te morías de ganas de tener una cita con la vida?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tras colgar el teléfono, la voz de mi abuela emerge de entre los sueños para corregir a mi abuelo: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;-&lt;font style="font-weight:bold;"&gt; Corazonada, se llama corazonada.&lt;/font&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-3528845545714029933?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/3528845545714029933/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/06/corazonada.html#comment-form' title='45 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/3528845545714029933'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/3528845545714029933'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/06/corazonada.html' title='CORAZONADA'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-hVFHZmpMB6s/TeomgZS4w6I/AAAAAAAAESE/Vbfc-u627Sc/s72-c/YA.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>45</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-626686267350320386</id><published>2011-04-30T19:10:00.005+02:00</published><updated>2011-08-05T11:15:01.441+02:00</updated><title type='text'>DIOS MEDIANTE</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-wZNLMwIj3X0/TbxC90R5bfI/AAAAAAAAEO4/Crn-Uf5PPEM/s1600/CHRISTIANAMERICA5.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; width: 320px; height: 280px; text-align: center; display: block; cursor: pointer;" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5601425666315218418" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-wZNLMwIj3X0/TbxC90R5bfI/AAAAAAAAEO4/Crn-Uf5PPEM/s320/CHRISTIANAMERICA5.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Subió al autobús de la línea 5 que conecta norte y sur de la ciudad.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acababa de levantarse hacía poco rato y aún andaba medio aturdida. Se dirigía a su misión. Misión humana, misión religiosa, misión a la que se encomendó cuando llegó de Perú y decidió que Dios era su él, y que él era su casa, y que su casa sería su vida.&lt;br /&gt;Su indumentaria no dejaba lugar a dudas; era una futura hermana del Sagrado Corazón del buen Pastor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De niña fue una niña normalísima. Quería crecer y acercarse a los demás. Buscó el calor en el fragor de la batalla cuerpo a cuerpo. Tonteó con niñas y niños y mordió, amparada por la inocencia, la manzana del pecado en los labios de un primo lejano suyo. En aquella época jugó con muñecas, con muñecos, con peluches de todo tipo y con toda clase de juguetes que la mantenían en el cauce natural por el que discurre la infancia.&lt;br /&gt;También cumplía, una vez por semana, en misa, junto a sus mayores y en la catequesis con sus compañeras de vestidos poco primorosos aunque decorosos. Después de su primera comunión, asistía a las reuniones vecinales para hablar de las procesiones y actos futuros en honor a la patrona.&lt;br /&gt;Poco a poco fue creciendo al lado del párroco y de las hermanas que asistían en la eucaristía. Las ayudaba en esos quehaceres en la casa del Señor: Regaba las plantas, reordenaba las flores depositadas junto a los santos y limpiaba la sacristía después de cada oficio.&lt;br /&gt;Sucedía que cada vez que pasaba por debajo del que murió para salvar a los hombres en la tierra, se quedaba mirando el torso desnudo y el costado abierto por una lanza inmisericorde. Se zambullía en los ojos abatidos aunque plenos de luz. Se preguntaba si él habría llorado al presenciar el mundo que, sin piedad, le condenaba. Ese mundo para el que reclamaba el perdón de su padre porque no sabían lo que hacían. ¿Habría llorado al saber de ésos, escondidos por las esquinas, abrazados al mal y jurando una, dos y hasta mil veces que no sabían quién era ése que se hacía llamar Cristo? Mientras conjeturaba, no apartaba la vista de sus pechos dorados de sol, de lo infinito de su mirada, de las espinas incrustadas a modo de corona macabra, de su pelo enmarañado, de sus pies clavados al madero, de la tersura de su piel, de su boca entreabierta mostrando una dentadura nívea, de sus muñecas inmovilizadas por tomizas, de sus manos estiradas abarcando el aire, la vida y las fuerzas como si supiera que iba a necesitarlo todo si quería regresar al tercer día de entre los muertos. &lt;br /&gt;Al cabo de un rato una voz la sacaba de sus tribulaciones. Alguna Hermana la mandaba a  casa pues se hacía tarde. Y ella, con un hilo de voz casi inaudible, se despedía del hijo de Dios hasta otro día. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras los estudios secundarios, ingresó en la universidad pontificia para cursar teología.  Allí le llenaron la cabeza de pájaros litúrgicos, de ángeles del bien, de las bondades de la religión cristiana y de lo poco bondadoso de algunos dogmas que se cernían sobre la tierra cubriéndola de pecados.&lt;br /&gt;Tenía la certeza de encontrarse más cerca del Altísimo y más alejada de su familia terrenal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunas madrugadas se despertaba empapada en sudor. Soñaba que Jesús, su crucificado, se liberaba del castigo al que lo tenía sometido la eternidad y se sentaba, desnudo, delante de ella. Asía sus manos entre las suyas, las apretaba, la escrutaba y dejaba caer una lágrima anegando la orilla de su conciencia. No podía apartar la mirada de sus ojos, de su costado herido y sangrante. Se deshacía de esas manos y recorría su cuerpo embadurnándose con la sangre que emanaba de la herida. A veces despertaba sobresaltada, jadeante y febril, angustiada por ese sueño, esa pesadilla, o ese pecado. A veces era a menudo, a menudo era cada vez con más frecuencia y la frecuencia acabó siendo diaria.&lt;br /&gt;Tenía el convencimiento de que aquellas fantasías formaban parte del proceso, de ese ritual de acercamiento, de la materialización física y emocional del credo.&lt;br /&gt;Se lo comentó al profesor de Ética Cristiana y éste le dijo que lo mejor, ahora que estaba en segundo curso, era que hablara con una amiga suya, hermana superiora de las Clarisas en el distrito de Miraflores.&lt;br /&gt;Así lo hizo. Le confesó sus sueños, le ambientó sus dudas, le descifró con palabras lo que sentía ante la imagen tallada en madera de nogal cada vez que en la iglesia de su barrio se topaba con su mirada.&lt;br /&gt;La Hermana le sugirió que ingresara en la orden de las hermanas del Buen Pastor, que tendría incluso la oportunidad de viajar, pues en algunos países como España, Italia y Grecia necesitaban novicias. Que así dispondría de tiempo para pensar, para recapacitar, para saber si el camino que se abría ante ella convergería en una vida entregada a los demás. Y si no fuera así, seguro que llegaría esa señal, ese detonante que la devolviera al anonimato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No necesitó hablarlo con nadie más. Preparó el ingreso en esa hermandad al comprender que su destino, cual penitencia, estaba lejos de su iglesia, más aún de los suyos. Su familia no discutió con ella sobre estos temas porque era entrar en una lucha dialéctica en la que jamás conseguirían disuadirla. Su testarudez  no conocía límites ni orden.&lt;br /&gt;A las pocas semanas se despedía de sus allegados en el aeropuerto internacional Jorge Chávez&lt;br /&gt;Los lagrimales se desbordaron en unos y en otros. Su madre hipaba y lanzaba proclamas para que el de más arriba velara por su seguridad. Su hermana pequeña entornaba los ojos y se preguntaba qué haría tan lejos de casa. Su padre, un hombre curtido en mil batallas labriegas, la abrazaba haciéndole crujir hasta el alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al llegar al aeropuerto de El Prat, en Barcelona, un cortejo de la congregación la esperaba.&lt;br /&gt;En el tren que la trasladaba hasta Girona recordó que también en el vuelo entre los dos países había soñado con Él, esta vez sin despertar aturdida y con el corazón a punto de estallar. Mientras la cosían a preguntas, regresaba a su sueño sin dejar de mirar por la ventana. Se acordaba de su gente allá; de su padre arando el campo, de su madre invitando a su hermana a portarse como la que acababa de irse. Adivinaba esos rezos maternales a los pies de la cama, como una figura viviente tallada en fe. Mientras la cosían a preguntas no dejaba de vivir su sueño, de sentir la mirada profunda, de notar el calor de las manos santas que cubrían las suyas. Esta vez el dolor no asomó por ningún lado. Y no tuvo, por primera vez, miedo a dormirse. Todo lo achacó al cansancio para restar importancia a un asunto cada vez más notable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La alojaron en una residencia de estudiantes que el obispado había provisto para las novicias de la congregación del Buen Pastor. Disponía de una celda para ella. Una habitación austera en la segunda planta; una cama, una silla junto a una mesa para poder estudiar, una estantería con el nuevo, el viejo Testamento, una biblia y un diccionario de catalán-castellano y viceversa. Y un Cristo crucificado mitigaba su soledad.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su cometido era sencillo. Cada día, tras levantarse, orar, desayunar y ayudar en algunas tareas, tenía que ir a la otra punta de la ciudad y proseguir con su preparación para ser en un futuro cercano una monja, dedicándose a los débiles, a los pobres, a los ancianos, a los afligidos, entregándose en cuerpo, alma y corazón a Dios. Y en sueños a su hijo, se atrevía su subconsciente a vaticinar.&lt;br /&gt;El geriátrico era su lugar de trabajo y aprendizaje. Allí se encontraba con ellos, sus viejitos. Los atendía, los cuidaba, los escuchaba, les leía en voz alta, de manera pausada para  poder contestar las preguntas sobre éste o aquél personaje. Cada dos horas, y después de las comidas, una Madre supervisaba su trabajo y la mandaba a la capilla para encomendarse a Dios. Con Dios iba, postrándose ante él. Y ante él cerraba los ojos. Y a los ojos le venían las imágenes del crucifijo que se quedó en su primera iglesia. Se sentía turbada la mayor parte del tiempo que estaba en esa situación. No encontraba el camino de la oración y, cuando lo hallaba, no lo seguía, conduciendo sus pensamientos hasta su habitación. Allí quería ir, a rezar, a encontrarse a solas con Él, a intentar expiar sus pecados esculpidos sobre elucubraciones que escapaban, cada vez con más frecuencia, a los sueños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las semanas transcurrieron veloces. Cada sábado, después de los oficios, telefoneaba a su madre para escucharla llorar, a su hermana para escucharla alegre ante una nueva aventura con un chico de su clase y a su padre rogándole que mediara con el Señor para que preñara las nubes y abasteciera los acuíferos. De lo contrario, el campo y los animales serían pasto de la sequía y acabarían muriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A diario observaba a los parroquianos que, junto a ella, cruzaban la ciudad en transporte público. Delante se sentaba día tras día un hombre de unos cuarenta años. Un señor, pensaba, al que le faltaba pelo y le sobraban kilos, pero que tenía una mirada tan honda como bondadosa. Frente a él, una joven con un vestido de moda, con una sonrisa de moda, con unos pantalones a la última moda, con un escote por el que un crucifijo plateado se balanceaba sobre el abismo de unos pechos amenazando con destrozar cualquier ley de relativa gravedad.&lt;br /&gt;El cuarentón no apartaba la vista de la chica que se sentaba enfrente. La joven no levantaba la mirada de la revista que tenía en su regazo. Y ella no dejaba de estudiar esos puntos de mirada hasta que terminaba apoyando la cabeza en el cristal y se dedicaba a contemplar el paisaje unas veces, o a contar las gotas de lluvia que se deslizaban en una carrera loca, llena de obstáculos invisibles, otras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días se sucedían intranquilos. Los sueños que la visitaban de madrugada insistían en acompañarla el resto de la jornada. Peregrinaba a su lugar de aprendizaje y lo hacía sentada en ese autocar que cruzaba las calles devorando tiempo y espacio. A veces la música, otras veces la ausencia de la chica del escote de oro y la del señor cuarentón y sus incursiones, la sumían en un estado soporífero. Entornaba los ojos mientras la ciudad se diluía entre bostezos. Al cabo de un rato se despertaba sobresaltada. El corazón, indómito, la golpeaba y sus pulmones necesitaban bocanadas de aire para restablecer el pulso. Se miraba las manos, se atusaba el pelo, se recomponía el hábito arrugado, y volvía a mirarse los dedos. No había rastro de sangre, estigmas de su pecado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con el transcurso de los meses, se dedicaba cada vez más en cuerpo, cada vez menos en alma, a las personas viejas, donantes de abrazos y reclamantes de atención. Dormía menos para evitar expediciones por la senda onírica del pecado. Estudiaba y leía en la cama. Pero a veces el cansancio la vencía y Morfeo la encontraba con los libros desparramados por el suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día se levantó como de costumbre, oró con las hermanas, las ayudó en su cotidianidad y se dirigió hasta la parada del autobús. Al subir se cercioró de la ausencia de sus compañeros de ruta: La joven, al parecer, no tenía cita con ese amigo que la esperaba efusivo en una de las últimas paradas. El cuarentón, ese día,  decidió no bucear el escote hipnótico que amenazaba con paralizarlo.&lt;br /&gt;Apoyó la cabeza en la ventanilla.&lt;br /&gt;Recorrió con la mirada los asientos desiertos. Curioso; era la primera vez que no subía nadie. Solos, chófer y ella. Por el hilo musical alguien cantaba que últimamente andaba algo perdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz del conductor la puso en alerta:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Perdone Hermana, ¿hoy no va donde los ancianos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se incorporó de golpe. Se cubrió la frente, perlada de sudor, y sus manos recogieron el rocío de la culpa. Acababa de pasarse su parada. Lo que más le dolió, fue darse cuenta que no estaba dormida. Sólo viajaba con Él. Sólo pensaba en Él mientras su cuerpo se contraía, se dilataba el deseo, se minimizaba la angustia.&lt;br /&gt;Ella, con la dulzura atiplada de su acento, mintió diciendo que tenía que hacer un recado y después volvería andando al hogar de la tercera edad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al acabar la jornada, regresó andando a la residencia. Penitente, quizás, pensante, también. Esa noche tras cenar con las hermanas se retiró a su aposento sin más dilación.&lt;br /&gt;Recogió sus pocos enseres y los colocó junto a la puerta. Se tiró encima de la cama y mirando el crucifijo exclamó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tenemos que hablar. Necesito que me digas algo. No sé, una palabra, una indicación, algo que baste para sanarme de una  vez  o condenarme del todo. Háblame- Imploró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durmió de un tirón. No se despertó sudando ni buscando la protección de la luz. Por la mañana, el sol rociaba de calor su cuerpo. Fue una noche sin sueños.&lt;br /&gt;Aún sobre el lecho, recordó sus juegos de niña, sus idas y venidas a su primera parroquia en compañía de sus amigas. Regresó a su clase, a sus primeros profesores, sobrevoló la huerta de su padre donde las tomateras pedían agua y los girasoles perseguían al sol. Contempló a su hermana, cazadora de sueños, consagrada a la diversión terrenal. Tornó a las indicaciones maternas para conseguir el punto de dulzura de los horneados. Habitó su calle, pobló de personas, de sensaciones que creía extinguidas, su ahora. No había lugar a dudas, su sitio estaba lejos de donde se encontraba. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desayunó por imperativo. No tenía apetito.&lt;br /&gt;Habló con la Madre superiora y con su supervisora. Les confesó que no podía seguir esa senda. Que no era digna de esa casa, tampoco de Dios.&lt;br /&gt;La emplazaron a meditar, a concienciarse de lo que estaba a punto de hacer. El cielo, decían, algunas veces no sabe de esperas. No habló, sólo asentía, sólo lloraba, sólo quería no sentirse culpable de sus sueños, sus deseos o sus pensares.&lt;br /&gt;Le dieron permiso para despedirse de los ancianos a los que atendía desde su llegada.&lt;br /&gt;Mientras, prepararían los trámites para facilitar el retorno a su vida anterior.&lt;br /&gt;Subió a su habitación, que era la veintidós, y encontró la maleta. Y sobre ella, la ropa de calle que creía olvidada y que dudaba cómo le quedaría.&lt;br /&gt;Antes de abandonar la estancia, descolgó el crucifijo, pasó las manos por los costados de Jesús, recorrió cada pliegue de la figura y lo guardó en uno de los bolsillos exteriores de la bolsa de viaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Subió al autobús de la línea 5 que conecta norte y sur de la ciudad.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su indumentaria no dejaba lugar a dudas; era una pasajera más. Vestida de anonimato se sentó al lado de la chica encajada a la última moda y frente al cuarentón al que notó más delgado.&lt;br /&gt;Se encontraron las tres miradas en un punto intermedio. Una mirada interrogaba, la otra exploraba, y la suya reflejaba un alma, por vez primera, feliz y libre.&lt;br /&gt;Cada uno volvió a sus asuntos. La dama de moda, a sus modas, el cuarentón a sus plegarias concupiscibles y ella confinando su dolor y cruzando las manos, sonrió a ese hombre que amén de mirarla de manera condescendiente, la interrogó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No habrá boda, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                                                                                         MARIO CASTILLO ROS&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-626686267350320386?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/626686267350320386/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/04/dios-mediante.html#comment-form' title='34 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/626686267350320386'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/626686267350320386'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/04/dios-mediante.html' title='DIOS MEDIANTE'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-wZNLMwIj3X0/TbxC90R5bfI/AAAAAAAAEO4/Crn-Uf5PPEM/s72-c/CHRISTIANAMERICA5.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>34</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-7613428913219640639</id><published>2011-03-12T21:30:00.004+01:00</published><updated>2011-08-19T10:36:55.041+02:00</updated><title type='text'>VÍA LÁCTEA</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-zp3ZekS6wII/TXvYvB6ynhI/AAAAAAAAENs/WCM66lg3AqM/s1600/la%2Bfoto1.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 302px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-zp3ZekS6wII/TXvYvB6ynhI/AAAAAAAAENs/WCM66lg3AqM/s320/la%2Bfoto1.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5583294465536335378" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Lo mío con el erotismo viene de lejos. Arranca desde el más allá de mis fantasías de niño. Niño que creció a golpe de sorpresas que le dio la vida, a golpe de placeres que recibió de la misma o a correctivos que ésta le arreó a manos de sus mayores cuando proyectaba su mirada hacia escotes infinitos o se quedaba prendado de cualquier manifestación de gastronomía mamaria. Todo tiene un comienzo, lo sabemos. Y el mío, que no podía ser de otra forma, empezó a forjarse en cuanto cesó mi alimentación materna. El destete coincidió con el destape emocional y “sexitivo” por todo lo que tuviera que ver con el pecho femenino. Claro que todo es relativo, que la conjetura está ahí, sembrando de dudas el nacimiento, el efecto y la causa que me han llevado, de la mano, hasta el oasis donde busto y gusto se miran de reojo definiéndose y conjugándose.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fue en el Virgen de las Nieves, mi colegio, donde aconteció mi primer encuentro fotográfico con la máxima expresión de feminidad. Expresión en el más orondo sentido de la palabra. Fue al descubrir la revista de aquel profesor cuando me di cuenta de la verdadera redondez del mundo. Pero no destapé nada más. No conseguí que volviera a castigarme, no me quedé nunca más solo en su despacho y se acabó el fisgonear entre sus cajones mientras él preparaba las clases del día siguiente. En esa misma época fue cuando me explicaron en clase de historia antiquísima lo de un tal Rómulo y su gemelo enzarzados en un banquete, mamando de una loba. También me maravillé ante la imagen. Qué grandeza, qué delicadeza, qué candidez, qué obra más bonita la de la naturaleza cuya sabiduría no conoce límites.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un viernes por la tarde, a los doce años, se produjo un cambio radical que dejaría atrás mi infancia. Empezaron a sonar trompetas, a ulular y girar los vientos, a alinearse los planetas, a completarse el relleno lunar, a balar de placer las ovejas que aguardaban la oscuridad dispuestas para ser contadas y recontadas  antes de sumergirme en ese océano onírico y remar a brazo partido con Morfeo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Buscando excusas que justifiquen mis pautas de comportamiento, siempre esgrimo la razón de mi preferencia por los gatos. Estos animales son curiosos, merodeadores, exploradores de lo ajeno, como yo. A mí también me es aplicable aquello de que la curiosidad mató al minino. Y si no, tiempo al tiempo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero volvamos a ese viernes, ese día de autos y tetas, ese día en el que crecí de golpe bajo la atenta mirada de Afrodita. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las cinco y media llegué de la escuela. Merendé, curioseé algún cuento de terror que mi hermano disponía para alimentar mis miedos. Vi la tele con aquellos dos únicos canales que la mayoría ya ni recuerda… Aburrido empecé a registrar los cajones del armario del comedor. Al abrir el que estaba justo debajo del mueble bar, me di de bruces con aquella revista gruesa, de tapas verdes en las que no se veía nada de nada… y nada hacía presagiar los paisajes apocalípticos que estaba a punto de transitar.  Se trataba de una publicación diferente a los botines obtenidos en incursiones anteriores. Lo habitual era encontrarme un hola, un diez minutos, un pronto, un hogar y punto, o un catálogo de puntos para conseguir una sartén en algún supermercado. Las había visto de todos los colores que pueda aglutinar el óleo informativo de las publicaciones del corazón.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sostuve la revista entre mis manos. Manos pasivas aún. Dedos que guiaban mi mirada por la portada sin adivinar lo que se escondía entre sus páginas. Ahí estaba yo, en cuclillas, junto a la tele que emitía un serial sobre un bandolero que cuando cogía la faca se cegaba. De vez en cuando, mientras manoseaba la portada queriendo despejar incógnitas, miraba como se iba sembrando de cadáveres la segunda cadena. Todo eso acabó en cuanto me sumergí entre esas páginas. No sé cómo sucedió, pero se abrió justo por la mitad, como un melón maduro y frío en manos de unos comensales en pleno mes de agosto. En seguida noté que algo se agitaba en mi interior. No comprendía bien qué estaba viendo, tampoco lo que me sucedía. Los temblores se posaron en mis mejillas, los colores se tornaron calores, mis dedos se movían nerviosos buscando una esquina por la que pasar página. Observaba unos cuerpos encima de otros. Unos pechos desafiando la ley de la gravedad, una gravedad, la mía, que escogía el sentido contrario a cualquier física conocida. Observaba unas ubres por las que rivalizaban una legión de rómulos y remos entrados en años. Observaba atónito esas vergas que jugaban a ser lanzas en ristre apuntando hacia una ristra de pezones beligerantes. Observaba gente lanzándose a los brazos entornados de otras personas que los recibían con los ojos cerrados a cal y canto y las piernas abiertas de par en par. Observaba unas bocas naciendo de otras bocas, bocas sembrando besos en otras. Observaba unas manos recorriendo un atlas copado de montes venusianos explotados por otras lenguas que se habían adentrado cual exploradores en las minas del rey Salomón del placer. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hacía rato que no atendía las aventuras de Curro Jiménez ni el Algarrobo ni sus luchas por esos montes de dios, contra esos franceses del demonio. Sólo tenía ojitos para esa galería repleta de cuerpos que representaban un Guernica concupiscente, un tapiz de la creación libertino, el mundo en sus primeros días cuando Adán y Eva comían sin pecado y vestían desnudos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Continuaba agachado, trémulo como una hoja mecida por el viento. Una hoja a punto de caerse; ocre, encendida, quemada por los caprichos de la naturaleza. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cesé mi actividad contemplativa al escuchar la voz de mi abuela, sus requerimientos para atender un recado. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Devolví el botín a su escondite. Atravesé el patio que dividía las dos casas, la de mis padres y la de mis abuelos. Mientras, los gatos en las cornisas, se despedían del sol. No podía dejar de pensar en lo que acababa de ver. Eso no podía ser bueno. O eso, simplemente, no podía ser. Notaba cómo me ardía la cara, cómo me castañeaban los dientes por el frío del pecado. Las cuerdas vocales tenían secuestrada mi voz. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi abuela me pidió que fuera donde Enrique a por dos litros de leche. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cogí dos lecheras y me dirigí hasta la vaquería del pueblo. Durante el recorrido seguía dándole vueltas a lo que acababa de acontecerme. Me sentía raro, extraño por lo que había visto. Supongo que un descubrimiento así sólo sucede una vez en la vida. Y esa extrañeza, esa sensación, era dolorosa. Me creía en pecado mortal. Que algo malo me sucedería. Hice el firme propósito de no reincidir, de no mirar más tetas en ningún sitio, de no aventurarme en la playa, en los meses estivales, a la caza ocular de la turgencia femenina. Lo prometí en voz alta para que el arrepentimiento que me sacudía, me concediera una tregua… Pensé que el próximo sábado de misa, le confesaría al cura todos mis pecados, sin dejar ni uno en el tintero, sin obviar detalles, sin ocultación alguna. Quería que todas las aguas volvieran a sus cauces. Claro que todo eso lo pensé de camino a la vaquería, y empecé a desecharlo tímidamente durante la vuelta a casa. La fragilidad del alma no conoce límites, la debilidad del cuerpo, tampoco. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al llegar a la granja, Enrique, su hermano y su padre ordeñaban las vacas. Acariciaban esas tetas enormes ante mis ojos y, como premio a tanto masaje, obtenían la leche que poco después y tras hervirla, mi madre me daría para merendar, para desayunar, para ayudarme, en definitiva, en mi crecimiento… ese crecimiento que más hubiera valido desarrollar con menos leches… &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Regresaba a casa una versión diferente, conocedora del pecado y del cuento de la lechera.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras caminaba, mi memoria recurrente hacía y deshacía la senda del pensamiento. Me enfrentaba, otra vez, a ese campo de batalla carnal poblado de sexos entrelazados que había contemplado hacía poco rato, a esas mamas bovinas que padre e hijos ordeñaban con maestría para el buen alimentar de los muchachos del pueblo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El camino hasta mi hogar estaba poblado de chopos de hojas plateadas que silbaban cuando el aire ya gélido de la sierra agitaba sus copas. El trayecto estaba sembrado de piedras que otrora habían descansado en el lecho de un mar sin nombre. Mis ojos se fijaban en las ramas de los árboles que montaban guardia y se erguían a mi paso. Mis pies perseguían esas piedras y azorado por el arrepentimiento, no hacía otra cosa más que intentar darles fuerte y lanzarlas contra el olvido. Pero el olvido es rencoroso, un príncipe destronado del tiempo y el espacio. No conseguía desterrar esas imágenes de mi mente. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi cabeza amenazaba con entrar en erupción. El sentimiento de culpa amagaba con levar anclas y mis ojos se centraban en el follaje arbóreo mientras la punta de mis deportivas para penitentes ávidos, golpeaban todo guijarro que se interponía entre mi delito emocional y mi sexualidad emergente. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me prometía una y otra vez que no volvería a hurgar en cajón alguno. Que cejaría en mis exploraciones. Que me pondría a ver la tele, como cualquier niño, y que le daría fuerte a los estudios en detrimento del descubrimiento anatómico. Pero no dejaba de recular, de ver esas imágenes, de estremecerme cada vez que mi pensamiento se posaba sobre esos contorsionistas del amor. En mi interior se alternaba remordimiento y culpa con deseo de reincidencia. Ansiaba llegar  casa para esconderme en mi sofá, bajo las palabras sedantes de mi abuela. Necesitaba arrullarme junto a mi abuelo y ser testigo de su conversación meteorológica con la luna. Anhelaba cenar, acostarme, olvidar. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No me di cuenta: las cántaras fueron bailando los pasos, columpiadas por el viento de mis cavilaciones, y la leche había ido dejando un reguero, como una vía láctea por la que se alejaba mi niñez.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Llegué a casa desvanecido, pasto de la angustia. Mi abuela, asustada, exclamó: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Hijo, ¡qué te pasa! estás coloradísimo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No podía articular palabra. Sólo gimoteaba al comprobar la poca leche que quedaba. Una mezcolanza de sentimientos de culpa y vergüenza, unas ilustraciones que se habían enquistado en mi cabeza, una sexualidad que empezaba a dolerme y a interrogarme, unos hechos que no habían hecho nada más que empezar, martilleaban mi alma. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Abuela, la leche se ha derramado. Apenas queda nada –balbuceé- &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Debe ser por lo mal que estás. Tienes fiebre. –dijo mientras descansaba su mano en mi frente&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Te libras de volver donde Enrique. –Anda, ve a ver a tu madre y métete en la cama, añadió.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me satisfizo la idea de no volver. No hubiera soportado más tetas ese día. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al día siguiente no fui a la escuela. Mi madre dijo algo así como que prevenir es curar. Tampoco desayuné un vaso de leche. Al terminar de rebañar el desayuno, me senté en el sofá junto a la gata enferma de tiempo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En ese  momento mi mirada se fijó en el mueble que tenía enfrente. Mi cuerpo se erizó como el de un felino encelado. Fui hasta el cajón y cogí la revista de tapas anodinas y verdes, esa publicación culpable de mi primer gran pecado y mi primera gran ratificación. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Han pasado veintisiete años. Mientras evoco esta historia, la revista está justo debajo de la taza de café que humea, como mis recuerdos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ahora, cuando descanso tras una lectura, cuando hago un receso en mis paseos por la intrincada jungla del lenguaje, permito que mis dedos acaricien la revista. Y siempre sucede: se abre justo por la mitad, como un melón maduro y helado en plena canícula estival. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;                                                                                                                &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;MARIO CASTILLO ROS&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-7613428913219640639?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/7613428913219640639/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/03/via-lactea.html#comment-form' title='39 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/7613428913219640639'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/7613428913219640639'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/03/via-lactea.html' title='VÍA LÁCTEA'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-zp3ZekS6wII/TXvYvB6ynhI/AAAAAAAAENs/WCM66lg3AqM/s72-c/la%2Bfoto1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>39</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-8649940927279618412</id><published>2011-01-22T13:16:00.007+01:00</published><updated>2011-08-19T10:35:02.796+02:00</updated><title type='text'>2:14 Am</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/TTrL-fWiBUI/AAAAAAAAEFk/4ZclA7tVwQA/s1600/Imagen%2B191.jpg"&gt;&lt;img style="text-align: justify;display: block; margin-top: 0px; margin-right: auto; margin-bottom: 10px; margin-left: auto; cursor: pointer; width: 320px; height: 320px; " src="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/TTrL-fWiBUI/AAAAAAAAEFk/4ZclA7tVwQA/s320/Imagen%2B191.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5564984563998000450" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Abro lo ojos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El reloj de la mesita de noche marca las dos y catorce minutos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me levanto para ir al lavabo. Mi vejiga no falla. Con el tiempo, fisiología y anatomía se han puesto de acuerdo. Incluso a las horas intempestivas, van de la mano. Si tengo que ir al baño, abro los ojos de par en par, alargo el brazo para levantar el despertador, pues lo dejo bocabajo para que su luz no entorpezca mi descanso. Miro la hora, y salto de la cama buscando las zapatillas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero no están en su sitio. Sonrío. Sonrío porque soy un desastre. Porque olvido, incluso, cuántas ovejas conseguí contar antes de caer bajo el yugo soporífero. Nunca recuerdo qué  he soñado. Nunca recuerdo si he soñado, cuando alguien me pregunta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Estarán en el lavabo. Las dejaría anoche tras cepillarme los dientes. O estarán debajo de la mesa de mi despacho. Las abandonaría ahí tras alguna de mis incursiones en la red. O en el comedor, o en la cocina, o en algún sitio que mi gato, seguro, se encargará de descubrir. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salgo de la habitación. El silencio es ensordecedor. Una quietud que amenaza mi noche y sus frutos. No me topo con Alonso. Hasta hoy, al mínimo ruido, abandonaba su nido felino y se acercaba rompiendo con sus ronroneos quedos el sosiego de estos setenta metros cuadrados que mi alquiler costea. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ni zapatillas ni gato, pienso. Extrañado, pero priorizando, voy hacia el lavabo. La puerta está abierta, como todo en mi noche, como casi todo en mi vida. Las puertas, en mi caso, se inventaron sólo para abrirse. Ana sostiene que nunca sé cerrar, que se me olvidó algún día. O que el paisaje que dibujan armarios ofrecidos, puertas fuera de sus quicios y cajones mostrando su contenido, me satisface sobremanera. Por donde paso, dejo aperturas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No levanto la tapa del retrete. Ya está izada. Es una bandera que me dirige en mi noche. Un faro que orienta mi meada. Mientras dirijo el chorro contra la blancura nívea del inodoro, escucho un maullido en alguna parte del piso. Y otra vez silencio. Ha sucedido muy rápido. Mi pis se ha cortado, me he manchado el pijama de rayas que me regaló alguien creyéndose un amigo invisible y que pensó que nunca descubriría que era él y sus intenciones de convertirme en un preso esclavizado de Morfeo. Lo he puesto todo perdido, pero son los latidos de mi corazón los que amenazan con estallar mi pecho, los que están a punto de romperse en mil pedazos y tintar con mi miedo todo este aseo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aterido de esa frigidez que el terror ha derramado por mi cuerpo, entro en la cocina. Ni rastro de mi mascota. Lo llamo y no responde. Le grito que si quiere comer algo. Agito la lata que contiene su compuesto de comida para llamar su atención y atraerlo, cual aprendiz de Paulov. Por lo general es escuchar ese sonido y volar. Pero no acude. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Otro maullido aterrador y una sucesión de golpes en el salón hacen que dirija mis pasos hasta allí. Cuando arribo, silencio. No se oye un ruido. Vuelvo a pronunciar su nombre. Coloco mi cuerpo a ras de suelo, en cuclillas. El frío muerde mis pies desnudos. Me acuerdo de las zapatillas que aún no he encontrado y que ya empiezo a echar de menos. Miro en derredor. Nada. La tele, silente, está detrás de mí. Oteo la oscuridad, intentando toparme con los ojos familiares, con la brillantez púrpura y felina.  Apoyo la espalda contra las treinta y dos pulgadas catódicas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ahora sí. Nuestras miradas colisionan. El pelo erizado y su figura arqueada  indican que algo no encaja. Lo llamo, dulce, con toda la dulzura que el pavor me permite.  Dicen que lo peor que puede suceder cuando te encuentras ante un animal acorralado, es que huela tus estertores de puro terror.  Justo cuando levanta su cuerpo de gato entrado en quilos, veo mis zapatillas que protege como si fuese la descendencia hierática de algún ser mitológico. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi compañero de piso se acerca renqueante, dibujando sigilosas coreografías sobre el suelo. Al llegar a mi lado, agacha la cabeza y topa su hocico frío contra mi rodilla. Recorro su lomo, me entrega su cuerpo y emite unos ronroneos en respuesta a mis caricias. Miro su cara y la apreso entre mis manos. Le digo que me ha asustado. Qué te pasa, le pregunto. Por qué esos bufidos. Me vas a matar de miedo. Olvidas que me asusta hasta la felicidad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se zafa de mí y vuela a su refugio. Me temo otro ataque, pienso que quizás se esté volviendo loco. No sólo los humanos perdemos la cabeza, asevero. Pero no, torna de su escondite con las zapatillas en la boca. Descargo una lluvia de arrumacos y le doy las gracias pues mis pies acusan el cansancio gélido de la búsqueda. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Regreso a mi habitación. Inicio mis pautas de conducta para reconducir el sueño: inclino el despertador para que su luz no entorpezca mi travesía hacia el amanecer. Programo diez minutos de música para que amanse la fiera asustada que me habita y que necesita una sobredosis de descanso.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Abro los ojos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El reloj de la mesita de noche marca las dos y catorce minutos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De un tiempo a esta parte,  la apremiante necesidad de achicar las aguas sobrantes de mi cuerpo interrumpe mi descanso. Debe ser la edad, me diagnosticó el médico cuando le comenté mis nocturnas peregrinaciones. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las zapatillas no están donde deberían estar. Porque estoy seguro que las dejé al pie de la cama, delante del espejo del armario. No importa, estarán junto al wáter, o en la cocina esperándome para el primer café, o debajo de la mesa del despacho; en el sitio menos pensado. Mi despiste se permite inciertas licencias. Aunque es cierto, lo poco que ordeno, sin casi esfuerzo, son estas viejas pantuflas. Guardan un orden y velan mis sueños a los pies de la gran luna que cobija el reflejo de mi dormitorio. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Llego hasta el baño. Apunto al centro del volcán acuoso y mis pies empiezan a alimentarse de una frialdad que amenaza con paralizarme. Levanto el pie derecho, mientras el chorro pierde vigor y acierto. Acaricio la planta del pie contra la pernera de la otra pierna. Tengo los dedos entumecidos. Termino de mear y toco el suelo comprobando que está caliente. La calefacción funciona. El gres desprende calor. Pero mis pies desvestidos siguen temblando; se encogen. Muevo los tobillos girándolos hacia un lado, hacia otro. Crujen. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Enfilo el camino al dormitorio justo en el momento en que los lastimeros bufidos de Alonso me reclaman desde su escondite. Quedo paralizado. Poco a poco, mi cuerpo empieza a obedecer y dejar de lado el pavor que me embarga. Me agacho delante del plasma televisivo. Apoyo la espalda contra la pantalla proyectando mi campo de visión hasta debajo del sofá. Nuestras miradas coinciden en un punto intermedio y responde a mi llamada estirándose y bostezando, mostrando una fila de dientes pequeños, de afilada blancura.  Viene hacia mí. Sus ronroneos cadenciosos me indican que todo va bien, justo por el sendero de la tranquilidad necesaria para que el miedo no termine devorándome las entrañas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Lo dejo en su sitio, para que duerma, para que le maúlle a la luna; que haga lo que quiera con su noche. Yo sólo quiero llegar en mi sano juicio hasta el despertar. Y si sigue maullando así, no lo conseguiré. De pequeño, los gatos en celo que patrullaban los tejados me asustaban cuando bufaban y emitían esos quejidos de honda excitación. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando estoy a punto de meterme en la cama, deshago el camino. Vuelvo a mi agazapada posición delante de la tele. Él se muestra contento, levanta la cabeza y un suave y nimio gemido escapa de su boca. Me acerco hasta su refugio.  Acaricio su cabeza, rozo su nariz rosada y fría. Consiguen mis manos garatusas levantar su pesadez y atraerlo. Las zapatillas emergen debajo de su cuerpo. Sí, el objeto no identificado avistado hacía unos minutos eran ellas. &lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las cojo y las llevo conmigo, tras dedicarle una serie incontinente de carantoñas. Le indico con un hilo de voz musical que no son un juguete, que no se arranque por maullidos locos, que se tranquilice, que duerma, que no pasa nada, que el amanecer está a la vuelta de la esquina soñada. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De nuevo en mi cama. Sintonizo una emisora sin música. Quiero gente hablando. Sus voces, sus cacareos de tertulia a deshoras acompañándome en mi travesía... Restriego pie contra pie buscando calor. El frío ha escalado el muro de mi noche y se ha instalado en cada poro. Mis ojos pierden el contacto con el cansancio. No se apagan. La batalla se inclina del lado de la madrugada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Doy vueltas en mi lecho sin encontrar una postura dormitiva, le envío mensajes de auxilio al pastor del rebaño. Necesito ovejas somníferas que amortigüen mi duermevela. &lt;/div&gt;   &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Descanso la cabeza sobre mi brazo derecho. Respiro hondo, porque no puedo hacer otra cosa para invocar el ansiado reposo. En ese instante, la puerta del cuarto se abre empujada por las patas delanteras de Alonso. Su cuerpo encrespado, su blancura de peluche se desliza por el suelo. El reloj de mi cordura herida de muerte marca las dos y catorce minutos. El animal se sitúa delante del espejo al que lanza maullidos y bufidos encolerizados. Me invade un miedo críptico. No hablo. No muevo un músculo. Mi respiración agitada me hace convulsionar. Me revuelvo incómodo bajo el edredón. La algidez remonta mi cuerpo. Mis manos pinzan el nórdico y me cubro hasta la barbilla, como durante aquellos episodios de terror que padecí en mi infancia, cuando me asustaban las portadas de los cómics de terror que mi hermano guardaba en el cajón de la mesita a modo de catecismos diabólicos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Alonso gira la cabeza y descubre mi helamiento. No puedo decirle nada porque, que se sepa, una estatua no puede hablar, y el terror sólo conoce un idioma. De un salto trepa junto a mí. Muestra sumisión. Me acaricia golpeando su lomo contra mi rostro, restregando su cabeza contra mi cabeza. Su lengua áspera recorre mis dedos. Consigue arrancarme una caricia. Una caricia que interpreto como sinónimo de que todo vuelve a su sitio. Me planteo dejarlo ahí, a mi lado… justo en el momento en el que una sombra cruza entre nosotros posándose en el espejo. Sólo es una sombra, quiero decir, o quiero pensar, o quiero creer. Un haz de luz que huye de la calle. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El felino salta y se sitúa frente a la lámina acristalada. Mis zapatillas alineadas, esperando unos pies, están justo debajo, pegadas, reflejadas vagamente. Mi vista combate cuerpo a cuerpo, destello a destello, contra los bufidos coléricos y los zarpazos con los que Alonso reta al cristal. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Elevo la vista hasta toparme con unos ojos oscuros que refulgen de terror en medio de mi viaje demente. Una mirada que lanza un grito hondo provocando la huída de mi gato con las zapatillas en la boca. La manta levita encima de mi cuerpo mientras el miedo se ancla en cada rincón de mi piel. La cama ya no es un buen cobijo. Ni bueno ni seguro. Vuelvo a clavar la mirada en esos ojos tiznados de demencia. Mi voz no fluye, porque estoy ahogado, sin aire que rescate la vida secuestrada en mis pulmones. Mis brazos, que aún buscan infructuosamente la manta para cobijarme del  frío y del terror, tropiezan con el despertador que gime, invocando mi despertar. El reloj cae al suelo, como cada día a la misma hora cuando toca levantarse.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fin de la pesadilla.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Abro los ojos y en pocos segundos desplazo mi cuerpo cansado hasta el baño. Dejo correr el agua caliente mientras preparo los enseres para afeitarme tras una reponedora ducha. Ana dice que es una soberana tontería ducharse primero y afeitarme después. Pero el orden ilógico de las cosas no va conmigo. Vivo en un ordenado desorden. Ahora, con los objetos del afeitado, con el agua arreciando caliente sobre el piso de la ducha, voy hasta la cocina y prendo la cafetera. Todo sigue la hoja de ruta diaria… &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Alonso maúlla desde algún sitio. Lo llamo y acude buscando su desayuno. Lo acaricio, le pregunto si él no ha tenido ninguna pesadilla y sin hacerme el más mínimo caso, bien por la independencia gatuna, empieza a dar buena cuenta de su primera comida del día. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vuelvo al baño. La ducha elimina los últimos restos de la pesadilla que acabo de padecer. Me jode no recordar agradables sueños, no guardar el eco de alguna aventura que haya disfrutado mi inconsciente durante las horas nocturnas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mis dedos me recorren, se clavan en mi pelo que anuncia vejez. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El agua hirviente llena de vaho, convirtiendo en una sauna los escasos cuatro metros cuadrados. La toalla acaba con los vestigios acuosos en mi piel. Ahora, de pie frente al lavamanos, empiezo a esparcir la espuma de barbear por mi cara aunque ya no se refleja en el espejo, cubierto como está por una pátina blanca de vapores. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando dirijo mis manos para eliminar la película vaporosa, mi cuerpo sale despedido hacia atrás, tropezando con la pared que separa los espacios dentro del aseo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Unos dedos han pincelado el cristal, transformándolo en un improvisado óleo horario:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;2:14 Am. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Alonso, a mis pies,  maúlla colérico hacia la oscuridad pétrea de mi habitación.&lt;/div&gt;                                                   &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;                                                                                                                                 &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;MARIO CASTILLO ROS&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-8649940927279618412?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/8649940927279618412/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/01/214-am.html#comment-form' title='46 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/8649940927279618412'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/8649940927279618412'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2011/01/214-am.html' title='2:14 Am'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/TTrL-fWiBUI/AAAAAAAAEFk/4ZclA7tVwQA/s72-c/Imagen%2B191.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>46</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-1028698839290812056</id><published>2010-10-30T17:45:00.009+02:00</published><updated>2011-08-19T10:37:33.024+02:00</updated><title type='text'>CASTIGO DIVINO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/TMyZTzmgA4I/AAAAAAAAD-U/oBfh_dJ1Qrs/s1600/esta.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 301px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/TMyZTzmgA4I/AAAAAAAAD-U/oBfh_dJ1Qrs/s320/esta.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5533966607679751042" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Con diez años cursaba estudios primarios en el colegio mixto y público Virgen de las Nieves, en Las Gabias, un pueblo de la vega granadina. Digo mixto porque aceptaba niños, niñas y porque había dos patios para dos recreos: el masculino y el femenino. No compartíamos juegos, sólo clases. A la hora de la comida sucedía lo mismo; antílopes en su Gorongoro y gacelas en su Serengeti.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tenía tres profesores. Uno para historia, geografía y religión: Don Serafín. Otro para matemáticas y ciencias varias: Don Rafael. Y  otro para lengua española y lengua francesa: Don Francisco. Mis primeros pinitos en el país del queso oliente fueron con este último.  La primera vez que tuve conocimiento de un burro y su dueño que escribía sobre los dos y por los dos, también fue gracias a él. Aunque no son conocimientos con causa literaria lo único que le debo a este profesor. No. Le debo otras causas, o los motivos que acuñaron algunos de mis miedos aún imberbes. Y más cosas, otras cosas…&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Don Francisco era un profesor de la vieja escuela, de la vieja guardia y del viejo sistema político. Supongo no estaba muy conforme con la nueva situación educacional y los cambios que desestructuraron la enseñanza y la doctrina que a él había acunado. Fue el más severo de los profesores que me han tocado en suerte, o en desgracia, según se mire… y según quiera un servidor recordar. Pero esta vez es una mezcla de azares, una amalgama de sensaciones encontradas, una ambivalencia tan dura como pura la que me lleva a narrar esta historia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Porque lo peor que le puede pasar a un maestro severo es encontrarse con un niño cabrón y con pocas ganas de estudiar. Así que día tras día sólo buscaba camaradas becerriles para juegos y otras batallas, no compañeros estudiantiles para aprender lengua extranjera, y mejorar la nuestra. Mis derroteros me convertían en carne de cañón, situándome en el punto de mira del profesorado. Todos los niños temían a Don Francisco. Yo, claro, no era una excepción. Quizás le temiese más que a ningún otro y más que a nadie. Pero no podía frenar las incursiones en los campos de juego minados de travesuras, dando rienda suelta a mi imaginación galopante y tan indócil como el hontanar del que brotaba.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un viernes por la mañana amaneció nublado. Muy nublado en la calle y muy tormentoso en mi cabeza. Recuerdo con precisos detalles la hora del desayuno. Recuerdo a mi abuela insistiendo en que me acabara el tazón de leche y mi empeño en ennegrecerla con una sobredosis de colacao. Recuerdo estar esperando el transporte escolar y contemplar ese sol vencido por el invierno bañar la vega nazarí. Recuerdo Sierra Nevada, con sus hijos Veleta y Mulhacén, vestidos con las primeras nieves. Recuerdo, mientras escribo, o escribo mientras voy recordando, la hilera de aves posadas en el tendido eléctrico a la espera de otras compañeras para viajar a países con más calores y colores. Recuerdo ese día en especial, porque nunca he dejado de habitarlo. Muchas de mis horas presentes nacen ahí… y mueren cuando me topo con los puntos finales en las páginas que leo, cuando se baja el telón en los interludios de mi vida o cuando a ras de suelo, vuelo hacia mi  pretérito a lomos de las canciones que gobiernan mis emociones.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ese día subí al autocar aterido de frío, buscando calor en el fragor de la batalla y los juegos con el resto de mis compañeros. El “Virgen de las Nieves” distaba poco más de dos kilómetros. A las nueve menos diez ya estábamos formados en fila de a uno para ir entrando en el edificio. Pocos minutos después accedí al aula que más me enseñó, o que más me marcó durante una época, una época extensible hasta hoy. Porque de lo contrario no entiendo que lleve días pensando en la teta y el profesor. Porque la teta fue el premio que obtuve a cambio del castigo al que mi mala cabeza me condujo aquel día que amaneció hibernal, convergió en infernal y acabó en recompensa… &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Jugaba en clase y fuera de clase. Como yo, eran muchos los que no seguían las explicaciones sin saber con quién nos la jugábamos en lengua española… Platero pacía plácidamente en las dehesas literarias de Juan Ramón, mientras que nosotros, más borricos que su personaje, pacíamos cual jauría indómita, poniendo a prueba la mala uva, la frágil paciencia del profesor que nos tenía ojeriza. O que me tenía… porque casi siempre recibía yo. No fue una excepción ese día. Y cuánto me alegro.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La pimienta molida descansaba en la palma de mi  mano. Y la palma de mi mano, torpe como pocas, recibió mi aliento y mi fuerza. El polvo negro, ceniza cegadora… se posó sobre la vista de un compañero nublándosela. Todo el mundo mundial de la clase vio que había sido Mario. Y no hallé escapatoria ni compañeros que intercedieran por mí. Tampoco lo hubieran hecho con aquel profesor… No éramos valientes, ni valía la pena serlo… pues a cambio, las sacudidas correctoras que arreaba, cuando te sacaba al pasillo, no eran, precisamente, un premio al mal comportamiento.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En la galería; Don Francisco y yo. Yo, muerto de miedo. Él, iracundo. Yo, gimoteando, pensando lo que me esperaba. Él, susurrándome lo que me acontecería.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Mira niñato, estoy harto de tu comportamiento- Dijo mientras me cogía del cuello, y me lanzaba contra su cara.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Enmudecí. Sabía que además de la lluvia de estrellas que tanto disfrutaba en las noches estivales, existía la lluvia de hostias como panes que repartían en época invernal.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Puedo decir que a mí las cosas me pillaron por los pelos. Vamos, al cabo de pocos años no había profesor que pudiera tocar a un niño. Y ese niño, llegado el momento, tampoco haría el servicio militar. Yo sí lo hice, siendo el mío el último reemplazo obligatorio. Seguro: la vida me ha usado de conejillo en su laboratorio de productos alquímicos.  Pero eso es otra historia, o muchas… Volemos ahora, recuerdo mediante,  a  ese pasillo…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Temblaba como una hoja a punto de abandonar el árbol de la vida… adivinaba ese bofetón que me haría temblar la edad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Si vuelvo a sacarte al pasillo, te voy a dar de hostias hasta en el DNI. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y sí, fue cierto… recibí hostias como para varios carnés de identidad. Creo que en la foto de mi primer documento oficial, la palma abierta franciscana sombreaba mi sonrisa. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sólo hablaba él. Y sólo enmudecía yo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Mira, cuando termine la clase, te quedarás limpiando el aula, barriendo pasillos y recogiendo las hojas del patio. Cuando acabes, te llevaré en coche y hablaré con tus padres –añadió- &lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi condena concluyó a las siete de la tarde. La clase como una patena, el pasillo reluciente, el patio, estepario.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando cumplí con mis trabajos forzados, fui hasta la sala del profesorado y se lo comuniqué… Sin levantar la vista del libro me comentó que muy bien, que ya sabía a lo que atenerme en días venideros. Que el curso era muy extenso, el invierno se preveía muy crudo y sus manos eran tan diestras como largas. Lo entendí perfectamente, más que ninguna otra de sus magistrales clases. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En su coche me senté en el asiento del acompañante,  mientras él acomodaba sus armas de profesor en los asientos traseros. Entonces me anunció que iba a apagar luces, a cerrar la puerta de su despacho y que le esperase, que no tardaba más de cinco minutos. Maldijo por lo bajini, y salió dando un portazo. Al hacerlo, la guantera que había a la altura de mis rodillas se desencajó. Me quedé mirando el interior. Una teta sostenida por una mano. Una mujer desnuda mostraba sus pechos en la primera página de una de las revistas emergentes que plantaban cara a la sociedad sembrando desnudos en sus portadas y recogiendo tempestades religiosas y políticas. Eso lo supe años más tarde. Ese día, a esa hora vespertina, cuando el sol se escondía tras la sierra, amanecía en mi interior. Ojeé nervioso la portada. No le quitaba ojo a la teta desabrigada y ofertada. Esas manos, de uñas decoradas con vivos colores, esa mirada inquisidora, anclada en mí… esos pechos llamando a las puertas de mi pre adolescencia. Me sentí crecer de golpe. El peor castigo se había convertido en el premio jamás soñado. Ahí estaba esa diosa invitándome a leerla. Y la leí hasta memorizarla… Don Francisco emergió entre las sombras y se sentó a mi lado. Sin saber cómo, dejé todo en su sitio. El cofre con mi tesoro, bien enterrado.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las siete mi padre sustituyó al profesor. Y me dio para el pelo… me dijo que no tenía remedio… que era lo peor y etecés. Le prometí, con los dedos del alma en cruz, que me portaría bien, que lo haría mejor, que, de verdad, todo iba a cambiar. Y cambió. Porque las cosas cuando se tuercen, se pueden torcer más, mucho más.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El sábado transcurrió entre una película de indios malos malísimos y vaqueros buenos buenísimos, una misa y una cena en casa de mis tíos. No recuerdo si los indios  presentaron una ardua batalla o si fueron los del séptimo de caballería los que perecieron con las botas puestas mientras maldecían a Toro Sentado y  al resto de la familia de roja piel. No acierto a recordar si en la misa, la carta de San Pablo estaba dirigida a esos corintios que nunca he sabido ubicar en un mapa. Tampoco sé en qué consistió la cena, ni cuantos troncos crepitaron llenando de luz calórica las últimas conversaciones del día. No recuerdo el contenido, sí el continente. Pero sin embargo, las tetas de esa mujer, la portada de esa revista, la reivindicación de mi sexo, aún me emocionan a día de hoy, en esta hora, mientras deslizo los dedos por el teclado del portátil.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El lunes siguiente subí en estado catatónico al autobús. Aturdido, pensaba en mi pecaminoso descubrimiento. Dilucidaba si confiar el secreto a alguno de mis amigos o guardarlo para mí. Pensaba cómo conseguir esa revista, cómo hacerla mía, cómo tener esos pechos turgentes en mi mesita de noche, junto a los libros de terror, de los que mi hermano disfrutaba y a mí me aterraban. Urdí un plan. Si todo salía a pedir de teta, cometería mi primer hurto. El maestro no denunciaría su desaparición, pues en esos años nadie alardeaba la tenencia de material erótico. Esto último pude pensar, o no. Quizás simplemente, una vez despierto mi perfil erótico, el delictivo esperaba turno en la sala de espera.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y en ésas estaba cuando dos filas delante de mí, un niño lanzó una bola de papel a su niña preferida. Quería llamar la atención. Que se volviera, según me contó después, para verle la cara… Él perseguía una cara y yo pretendía unos bustos con los que complacer mi infancia rebelde. Don Francisco se volvió justo a tiempo para ver la trayectoria que seguía el meteorito del amor. Observó, impertérrito, cómo la bola de papel lanzada por un Cupido mal del ala se estrellaba contra la nuca de Nancy. Se le descompuso la cara al profesor. Y acto seguido, su voz tronó reclamando de quién era aquel proyectil papirofléxico. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sin vacilar, levanté la mano tan alto y con tanta determinación que casi sale disparada de mi cuerpo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Yo, don Francisco. Y silencié.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi voz no albergaba duda. Así que salvé a ese niño de una tremenda reprimenda. Yo, sin embargo, aún mantenía caliente mi castigo del viernes anterior. Y ya se sabe, castigo sobre castigo, y castigo uno. Y así fue como me convertí en un héroe para el resto de la clase, durante el resto de los días de ese curso que me marcó a tetas y hostias por los siglos de los siglos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La sucesión de los hechos fue idéntica a la anterior… Era un chulito, era un niñato, era &lt;em&gt;un bala perdía&lt;/em&gt;, era carne de cañón, era pasto del infortunio, era lo que no era nadie, visto lo visto. Algo debí decirle que lo ablandó y no plasmó su furia sobre el lienzo de mi cara. Lloré lo que no había llorado la vez anterior.  Pero no sé si lloré de verdad o de mentira, de alegría o de pena. Y una vez superado el trance, me vi recogiendo hojas como un aspirador de otoños, alineando las mesas y las sillas de todas las clases a la velocidad de la luz. Entonces, me dirigí a su despacho. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Don Francisco, ya he terminado –defendí con un hilo de voz casi inaudible- &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ocurrió lo previsto según la hoja de ruta delictiva: Me acompañó hasta su coche y después fue a cerrar puertas y secretos. Tenía que esperarle sin hacer ruido, sin tocar nada… A modo de abracadabra, abrí la puerta y la cerré con todo el acopio de fuerzas que fui capaz de reunir.  El tremendo golpe hizo que la guantera saliera despedida, descuajaringándose, soltándose de su pequeña bisagra. Contra pronóstico, esta vez la cueva  no escupió mi tesoro y sí una lista irrecordable de tesoros menores. De eso me di cuenta después, mientras el profesor profería insultos y me ascendía a los altares del Olimpo de la inutilidad y lindezas semejantes. Pero en ese momento, mi mirada atravesaba la negrura y mi mano buceaba el cofre. Ni rastro de esas manos ofreciendo comida a mis primerizas emociones eróticas. No había ninguna revista. Sólo un &lt;em&gt;diestrísimo&lt;/em&gt; ABC, portador de las hostias informativas más grandes que jamás haya conocido este país. Observé aterrado mi destrozo, tras leer en la portada del rotativo que un obispo bautizaba en Madrid al nieto de no sé qué familia real. Pensé que mi carrera de súper héroe había tocado a su fin.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Que nada valía la pena, si no se conseguía, como poco, una teta que alimentara mi deseo y una luna que clareara mis noches de incipiente despertar…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;                                                                                                                         &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;                                                                                                                                      &lt;strong&gt;Mario Castillo Ros&lt;/strong&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-1028698839290812056?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/1028698839290812056/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/10/castigo-divino.html#comment-form' title='59 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/1028698839290812056'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/1028698839290812056'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/10/castigo-divino.html' title='CASTIGO DIVINO'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/TMyZTzmgA4I/AAAAAAAAD-U/oBfh_dJ1Qrs/s72-c/esta.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>59</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-3984899552651543151</id><published>2010-08-22T00:23:00.010+02:00</published><updated>2011-08-19T10:39:11.336+02:00</updated><title type='text'>AGOSTO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/THBWTQFCU9I/AAAAAAAADK0/dypTAbKs0mI/s1600/blog.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 269px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/THBWTQFCU9I/AAAAAAAADK0/dypTAbKs0mI/s320/blog.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5507997233007711186" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;agosto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Del lat. Augustus, renombre del emperador Octaviano).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. m. Octavo mes del año. Tiene 31 días&lt;/strong&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El mes de agosto ha desbancado a mi otoño contenedor de meses melancólicos como la mejor época del año. Durante los días augustos, las ciudades se quedan huérfanas, la gente corre despavorida a dejarse  lamer por playas, a escalar montañas, a surcar valles y a descender ríos domados. Son treinta y un días en los que encuentras siempre un lugar donde aparcar el coche, y muchas barras vacantes donde estacionar las penas y la simiente de la saudade. Además, es durante este periodo cuando disfruto de los conciertos del maestro de la metáfora; cuando subo a lomos de su caballo de cartón, cuando pacto con él, cuando me cercioro que todas las noches son noches de boda y que todas las lunas son lunas de miel donde el quiero le gana la guerra al puedo, mientras los que matan mueren de miedo clamando que las mentiras parezcan mentiras de verdad.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Esta mañana dominical me he despertado a las ocho. Hacía rato que el día se había levantado dejando la cama sin hacer y los sueños arropados. Me esperaba en la puerta para acompañarme durante las horas siguientes. Conduciendo he llegado hasta la parte vieja. He estacionado sin darme cuenta, por pura inercia, pues mi cabeza bulle de historias. Es mientras manejo el volante cuando vivo inmerso en una especie de catarsis. Busco las fuerzas necesarias, el momento preciso para contar algo, para escribir sobre mucho. Quiero hablar con las palabras, ponernos de acuerdo y empezar a plasmar en los folios catódicos y apantallados lo que pugna por salir.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He tomado un café viendo cómo un hombre gobernada un portátil con conexión a internet. He visto a un niño acariciar un perro. Y he visto un niño, revoloteando en torno a sus padres, sin recibir ni una sola caricia. Los padres han tomado varios zumos de naranja, han departido ácidamente, han discutido en voz baja, han hablado gritando, han asustado al perro y al niño. Tras pagar la cuenta se han ido, sin paz y sin gloria, pero con un can feliz porque tenía al imberbe sobándole a base de bien. He observado a una morena con las uñas de los pies pintadas de color rosa. Una ninfa que ha tomado un bocadillo diminuto, que ha bebido un café con leche, que ha fumado y que ha hablado con su novio, con su marido, con su pareja, con lo que fuera que era la persona que amén de contemplar ese paisaje rosáceo iba a poder transitarlo al caer el sol. Me ha sonreído un par de veces, endulzando mi café y derritiendo los cubitos de las bebidas estivales de varias cafeterías a la redonda. He visto a un viejo pedir unas monedas. No he visto a nadie darle monedas a un viejo decrépito que solicitaba atención monetaria mientras ensuciaba canciones viejas. El niño lo ha mirado como se mira a un abuelo que no se quiere. El perro lo ha hociqueado como se hociquea a un intruso. Se ha ido triste, con la mendicidad a otra parte. He pensado que hay gente que no tiene dinero ni para ser pobre. He pedido un segundo café y me he concentrado en la lectura del último libro que me tiene atrapado: sesenta páginas devoradas sin desconcentrarme. Me he desconcentrado antes de adentrarme en la página sesenta y uno. Ha venido una chica tiñosa tocando la flauta. Con voz feliz se acercaba a los clientes y extendía una mano mendicante. Ha tenido más éxito que el anciano. Ha conseguido no sé cuánto. Le he dado el cambio porque hasta mi mesa ha llegado sin dejar de sonreír, de tocar, de oscilar su cuerpo ajado, mostrándome cinco dedos huesudos, resecos y negros. Si tuviera las tetas de la chica de las uñas rosas, le daría el doble más uno, y la matricularía en el conservatorio de la ciudad.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He abandonado la terraza cuando un sol invasivo e ineluctable me ha expulsado del paraíso observacional, dejando que lo advertido desde mi filantropía se hiciera un hueco en mi cabeza. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En el coche he intentado sintonizar, sin éxito, alguna emisora digna. He tenido que tirar de cedés. Nunca falla la música que se escoge para los viajes. Me ha emocionado Sabina, joder. Me han conmovido Andrés Suárez  y Rafa Pons. Me he detenido en una canción de Ismael Serrano: Fragilidad. Fragilidad musical, supongo. La temperatura del coche ha descendido a veinte grados. Si hubiera algún representante de sanidad o tráfico sentado de copiloto,  me insinuaría que eso es peligroso. Que lo razonable, por sano, sería subir un par de grados. No haría falta, sigo ardiendo por dentro. Ardo de fiebre emocional por culpa de los citados y sus vivencias musicadas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He llegado, creo no saber cómo, hasta el aeropuerto. Aunque sé por qué. Me encanta sentarme en la cafetería de los aeropuertos, de las estaciones de trenes. Ahí, hasta en verano, es otoño. Templo estacional de despedidas y recibimientos. Me gusta llegar a las terminales y relajarme en la cafetería desde la que observo los que se van, los que se quedan, los que lloran de alegría, los que ríen por no llorar, los que abrazan, los que gastan sus últimos cartuchos buscando una reconciliación, los que se arrepienten y pierden un vuelo, los que no se arrepienten y pierden una vida, los que se quedan solos y los que esperan y miran el reloj para dejar de estarlo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando tenía dieciocho años me independicé. Vamos, mis padres por un lado y yo, por muchos lados. Los sitios me esperaban. Comencé a trabajar con facilidad gracias a la oferta que el verano generaba. Pero en invierno, tras engrosar la lista de desempleados, deambulaba buscando una oportunidad a la hora que todo el mundo hacía lo mismo que yo. Una masa ingente devorando cafés y estudiando los clasificados, anotando cifras en servilletas de papel. Todos compitiendo para llamar, para ofrecerse, para optar a una situación activa y abandonar las colas del instituto nacional de empleo. Hasta que me di cuenta que cuanto más temprano recolectara guarismos y letras, más posibilidades tendría de adelantarme a mis contrincantes por un puesto en algún restaurante, en algún almacén, en alguna bolsa laboral de hospitales, de correos, de algunos etcéteras administrativos. Fue así como conocí las cafeterías de las estaciones de trenes y autobuses. Así que si conseguía llamar antes que nadie, cruzaría la meta del trabajo antes que nadie, para descruzarla tras un periodo de prueba o la finalización de un contrato. Muchas madrugadas abortaba mis sueños, saltaba de la cama y llegaba hasta el edificio de RENFE. A las seis mis ojos ojeaban el periódico local; anotaba los números y esperaba a las nueve. Me acercaba a la cabina más cercana y empezaba mi romería hacia un incierto futuro profesional. Cuantiosas veces repetí la operación. Tantas, que me aficioné a mirar a las gentes que iban y venían. A contemplar los rostros dormidos en cuerpos despiertos, andantes. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En la terminal del aeropuerto Costa Brava he tomado un café. Aquí lo hacen buenísimo, creo que la razón estriba en la masiva circulación de turistas itálicos y a un italiano si no le haces bien un expreso te lía la de San Quintín, por lo menos. He consumido contemplando los lienzos frescos del comportamiento humano: He visto una pareja de jóvenes en el andén iniciático de su noviazgo. No han dejado de reír y de meterse mano hasta que por megafonía les han anunciado la puerta de embarque: la cuatro; destino Berlín. Una mujer madura en brazos de un teléfono reía y hablaba, pero reía mucho más… mientras lanzaba miradas centinelas hacia la mesa donde estaba su marido, en caso de serlo. Tenía los pezones encendidos. Seguro su amante le lanzaba obscenidades prometiéndole volver a hacerle esto, aquello y lo de más allá; lo tanto que recordaba su último encuentro en aquel lavabo. Sus pechos aguerridos la han delatado, pero sólo yo me he percatado. Creo. Después ha vuelto a su mesa y ha besado a su acompañante. La he estudiado, sí. Tenía unas tetas dignas, capaces de someter al buen amante lesbiano, que escribiría no recuerdo qué escritor. He seguido oteando el horizonte de sucesos y alegrías que embarcan y desembarcan a escasos metros de mí. He conseguido leer un par de capítulos más antes de acariciar el móvil. Antes de plantearme si mandar un mensaje o realizar una llamada. Al final, ni lo uno ni lo otro. He besado la taza, he apurado el último sorbo, me he acordado de ella, que esté donde esté, me habita… y me he dirigido a la librería. He comprado El País. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Conduciendo por vías serpenteantes del interior he escuchado seis o siete canciones. Mientras tanto, reflexionaba. Me he conjurado para lograr dar a la luz y a las sombras algún relato nuevo, antes de que acabe el día. O parir una vieja historia de esas que hace mil vidas viven de alquiler en mi cabeza. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He comido en un restaurante de carretera. Un plato de pollo y ensalada. Y café, claro. Estaba casi solo. Digo casi porque cuando llegué, unos comensales estaban pagando la cuenta y cuando abandonaba el restaurante, entraban otros a ocupar mi lugar. Desde la ventana, el sol alcanzaba con ganchos de derecha e izquierda al edificio. He viajado desde el interior al exterior. He jugado a adivinar cómo son los camareros que, aburridos, me observaban conjeturando sobre lo qué hacía un tipo como yo, solo, en un garito de carretera. Más siendo verano, más habiendo playas, más pudiendo dejar para el invierno lo que estaba haciendo hoy. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De regreso a la ciudad bajo la tutela de agosto, he ido a descansar y a leer a una cafetería asentada junto a un lago artificial donde van a consumir y a consumirse mujeres y hombres artificiales. A través de la profundidad de mi vaso de cristal, cada vez que los cubitos chocaban contra mis labios, veía a lo lejos muchachos jugando a la pelota. Cuando el esférico caía al lago, aprovechaban para meter los pies, espantar a los patos, y acercar, haciendo olas, el juguete acuático. He recuperado el punto de lectura. He leído sin distracciones durante dos horas. Dos horas en los que un camarero me ha preguntado un par de veces que si quiero algo más. Y sí, le he demandado tranquilidad a cambio de otro café. Después ha enmudecido hasta que le he pagado las consumiciones. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He descansado el libro y he naufragado en las noticias asesinas del periódico. Porque las noticias funestas no descansan ni en domingo, como tampoco los portadores de malas nuevas. El suplemento me ha permitido viajar, me ha dado la oportunidad de conocer a no sé cuántos actores que han cambiado el mundo. He vislumbrado la  posibilidad de un recorrido en tren por el norte de la península. He acertado con la lectura de un par de relatos sobre la Alemania nazi y la España en guerra contra la crisis y la clase política. He vuelto a consultar el teléfono. Hoy, como el mes, está silente. Pero lo he manoseado con tanto ahínco que he acabado enviando un mensaje. Después lo he devuelto a su sitio con la vana seguridad de que no volveré a tocarlo hasta mañana.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He rescatado el coche que estaba dándose un baño de sol de injusticia. He acariciado el volante, enfriándolo con mis manos… y he rebuscado entre los cedés que se amontonan en la guantera. Otra vez Sabina. Otra vez Ismael Serrano. Justo cuando iba a arrancar he visto al viejo de la mañana. Al pobre sin dinero, siquiera, para serlo. Abriendo la puerta, he salido a su encuentro. Sabía que hoy escribiría, quizás, lo que en mi día ha acontecido… y me he acercado a él. Le he dicho que esta mañana no tenía ánimos, que lo sentía. Pero que mis musas requerían una buena obra antes de finalizar el día. Me ha mirado extrañado, me ha preguntado, tras darme las gracias por el par de euros que anidaban en su mano, si me encontraba bien. Que conocía una fuente cercana y gratuita donde el agua emanaba fresca. Le he dicho que me encontraba perfectamente. Que se guardase el dinero, para no gastarlo de golpe. Me ha mirado y ha estado a punto de preguntarme si había manera alguna de fraccionar dos putos euros. Pero se ha callado, se ha dado la vuelta, ha seguido con su nada y yo con mi casi todo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He estacionado el Opel en el garaje guareciéndolo del sol. Al llegar a mi piso lo he ventilado abriendo puertas y ventanas, expulsando la fea soledad. He acariciado mi gato y me he dejado caer en el sofá. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me he servido una copa de vino blanco semidulce que me regaló mi hermana ayer. Lo tenía guardado desde el día de mi cumpleaños pero no habíamos coincidido. Un día lo probé en su casa y le dije que estaba buenísimo. Y así tomó nota, y me agenció dos botellas. El blanco me ha acompañado durante mi viaje prosaico. He finiquitado la novela. Día hoy de lecturas, observaciones y cafés. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mis relatos han quedado tumbados a la bartola en el sofá, esperando, quizás, otra oportunidad. Sentándome frente al ordenador he ejecutado un archivo Word para mancharlo con lo que ha dado de sí, y de no, este domingo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ahora, de fondo, Sabina me devuelve al número siete de la calle melancolía, donde un niño se divierte con su perro, donde una pareja juega a hacerse daño, y donde un viejo pide limosna por tangos y maldice cantando fandangos gangosos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;                                                                                                               &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;MARIO CASTILLO ROS&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-3984899552651543151?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/3984899552651543151/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/08/agosto.html#comment-form' title='67 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/3984899552651543151'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/3984899552651543151'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/08/agosto.html' title='AGOSTO'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/THBWTQFCU9I/AAAAAAAADK0/dypTAbKs0mI/s72-c/blog.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>67</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-8547605372389264859</id><published>2010-07-10T00:09:00.014+02:00</published><updated>2011-08-19T10:50:57.940+02:00</updated><title type='text'>LA T CON LA E</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/TDg5owJ0UpI/AAAAAAAAC2Q/cDK8gxwTA4o/s1600/sinmiraratras.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 254px; height: 320px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/TDg5owJ0UpI/AAAAAAAAC2Q/cDK8gxwTA4o/s320/sinmiraratras.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5492203117861950098" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Hay mujeres que arrastran maletas cargadas de lluvia,&lt;br /&gt;Hay mujeres que nunca reciben postales de amor,&lt;br /&gt;Hay mujeres que sueñan con trenes llenos de soldados,&lt;br /&gt;Hay mujeres que dicen que sí cuando dicen que no.&lt;br /&gt;Hay mujeres que bailan desnudas en cárceles de oro,&lt;br /&gt;Hay mujeres que buscan deseo y encuentran piedad,&lt;br /&gt;Hay mujeres atadas de manos y pies al olvido,&lt;br /&gt;Hay mujeres que huyen perseguidas por su soledad.&lt;br /&gt;Hay mujeres veneno, mujeres imán,&lt;br /&gt;Hay mujeres de fuego y helado metal,&lt;br /&gt;Hay mujeres consuelo, hay mujeres consuelo,&lt;br /&gt;Hay mujeres consuelo, mujeres fatal.&lt;br /&gt;Hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan,&lt;br /&gt;Hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad,&lt;br /&gt;Hay mujeres que exploran secretas estancias del alma,&lt;br /&gt;Hay mujeres que empiezan la guerra firmando la paz.&lt;br /&gt;Hay mujeres envueltas en pieles sin cuerpo debajo,&lt;br /&gt;Hay mujeres en cuyas caderas no se pone el sol,&lt;br /&gt;Hay mujeres que van al amor como van al trabajo,&lt;br /&gt;Hay mujeres capaces de hacerme perder la razón.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                                                                                                                                   &lt;strong&gt;Joaquín Sabina &lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              &lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vivía en aquella calle de mala muerte, en un piso de mala vida.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando llovía, gato y persona tomábamos posiciones. El felino se subía por las paredes hasta alcanzar el cielo de la salvación y un servidor se iba al bar más cercano. Si el cielo no se desplomaba sobre nuestras cabezas por las rendijas del techo, por el desvencijado tragaluz observaba las estrellas que poblaban la nocturnidad celeste. Me tendía  en el suelo, y miraba hacia arriba. Contemplaba el cosmos y me dormía enseguida antes de haber liquidado un rebaño de ovejas estelares. Desde la habitación que hacía las veces de cocina y comedor observaba las protagonistas del barrio chino. Las putas formaban parte del universo callejero. Aún brillaban, gravitando en torno a clientes que requerían sus servicios. Eran, algunas, estrellas jóvenes de futuro incierto, abocadas a alguno de los agujeros negros en los que se veían obligadas a recluirse una vez empezaba su declinar. Aprendí que las putas jóvenes, en aquella época, paseaban su muestrario de placer por las aceras, mientras que las viejas se atrincheraban en garitos infectos, portales de belén donde iban a acabarse y a consumirse. Desde mi piso en bancarrota contemplaba todo tipo de astros. Los que brillaban por la noche y los que iluminaban la oscuridad de hombres demandantes de sexo de bajo precio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por aquel entonces tenía veintiún años. Acababa de finalizar el servicio militar y malvivía trabajando unas veces de camarero, otras de cartero, otras en una fábrica de caramelos. Fue esto último lo más dulce que me aconteció hasta que conocí a mi supernova.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sucedió un viernes. Llovía a cántaros, a mares, a océanos. Mi gato trepó hasta el armario de la cocina y quedó esperando una tregua; una nube generosa, caprichosa o caudilla que arrastrase al resto hacia la costa. Desde su observatorio, vio cómo cerraba la puerta y peregrinaba al bar Girona. La cafetería estaba ubicada en la parte vieja, cerca de la Catedral, cuna de pecados y abusos desde el Medievo. Cerca de mi calle y sus mujeres.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En ese bar se congregaban los mismos parroquianos cada día: gente anónima, gente del barrio que jugaba a las cartas y apostaba sus consumiciones al doble o nada. Bohemios que querían ser escritores, y escritores bohemios que llenaban libretas con apuntes que después olvidaban cuando el alcohol corría por sus venas, como la pena. Políticos que entraban en la cafetería para ofrecer una charla a nadie y convencer a Jordi, el camarero, de que hiciera reformas antes de que el Ayuntamiento tomara cartas en el asunto. Y ahí se quedaban, observando, librando batallas dialécticas sobre las mejoras que requería la zona oscura de la capital siete veces inmortal. Entraban también actores que había visto en algún serial de la cadena autonómica. Actores venidos a menos que iban a escenificar su último acto al cementerio que congregaba el mayor número de letras, silencios y avistamientos. Y putas. Las putas del barrio se refugiaban ahí con el beneplácito del dueño del local. Ellas, abrazaban las tazas con ternura y se las llevaban a los labios soplando, como si se tratase de un sexo ígneo y antojado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cada vez que Jordi me veía entrar, sonreía mirando el cielo. A la tercera tormenta, ya  supo lo que iba a tomar por los siglos de los siglos. Yo era sólo de cafés. Bromeaba diciendo que conmigo no levantaría cabeza su negocio. De vez en cuando, algún cortado. Por aquellos días, aún asesinaba el café ahogándolo en leche. Esa tarde en que la preñez del cielo descargaba toda su furia contra la ciudad, me senté en la mesa más cercana de la barra. Un observatorio perfecto. Veía arreciar el agua sobre el asfalto, veía arreciar las palabras de los parroquianos congregados en torno al santuario escanciador de cerveza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las cinco de esa tarde no me concentraba en la lectura del último libro que había adquirido en la biblioteca municipal. Mi mirada deambulaba por el local. Viajaba tras los cristales, contemplaba anegarse las aceras y volvía a los rostros. Cerré la novela y la dejé junto a la taza. Me llevé el último sorbo a los labios y vi que aquella mujer me miraba. La había visto algunas veces, como a todas las demás, como a todos los demás. Mi vista no pierde detalle, ni deja detalles para un después que quizá no llegue nunca. A ella la conocí ese día, porque fue el día en que nuestras miradas se cruzaron, se estudiaron, se hablaron. Desde entonces, su imagen endulza alguno de mis momentos cafeinados, acompaña a mis personajes en su quehacer literario, impide que mis noches den a luz sueños huérfanos y me indica el camino de regreso al pasado. Era una de las prostitutas que hacía la calle, me advirtió Jordi, ese camarero serio, enjuto, de calvicie plena, y ojos pequeños que todo lo veían y al que nadie se le iba sin pagar. Que tuviera cuidado. Que tomara precauciones. Que etcétera, etcétera, nada que no me dijera mi padre en su día, ni mi mejor amigo en las noches venideras.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que cada vez que llovía, allí estaba yo. Y hasta allí llegaba ella, desembocando como un afluente de agua y deseo. Siempre me hablaba primero con la sonrisa, después escogía algunas palabras, las moldeaba estudiándolas en silencio y, cuando las tenía preparadas, me las dedicaba. Cada día me pregunta si era interesante lo que leía. Cada día le decía que sí. Empecé a preferir los días grises por aquella época. Además era mi color. Ni los estudios iban viento en popa, ni el trabajo me convertía en un hombre libre por mucho que envolviese caramelos, repartiera cartas o fregara los cubiertos en bares de cuyo nombre no quiero acordarme. Además, con aquella edad, el horizonte no se definía, y “futuro” era una palabra que aún mantenía a raya. Porque los días de sol en los que tomaba café en el bar Girona, la echaba de menos. Extrañaba sus preguntas sobre mis lecturas y su voz dulce dándome las gracias por presentarle a mis compañeros de viaje prosaico. Echaba de menos su cuerpo acodado en la barra, esperando que escampara para recorrer de arriba a abajo la calle, esperando a sus clientes. Ella suplicaba que dejase de llover, y yo encendía cirios y recitaba oraciones en mi interior para enojar más a los dioses, para conseguir sus truenos, sus rayos y sus aguas mayores.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A los pocos días, uno de ésos sin lluvia, primaveral, jugaba con los cubitos que  mi café no había diluido. Los mordía, los lamía, los mantenía en la boca hasta notar mi firmamento estriarse y mis labios quedar insensibles. Componiendo muecas para vencer la dureza del hielo, la vi entrar. Me miró y acto seguido se sentó en mi mesa. Ese día no trabajaba porque ese día necesitaba pedirme un favor. Quería aprender a leer y a escribir. Su compañero de mala vida estaba en la cárcel. Ella, hasta ahora, pedía a los clientes de confianza que la ayudaran en la lectura de las cartas arribadas desde la prisión provincial, y con la confección telegráfica de alguna respuesta. Ella recibía “te quieros” y respondía con los “te quieros” que otros ilustraban para ella. Su correspondencia nunca excedía de cosas triviales, de anécdotas. Nunca su él encarcelado le relataba penurias, y nunca ella le hablaba de los días de lluvia que jodían su jornada laboral. Todas las cartas eran un “por aquí todo bien” y un “cuídate mucho”&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero ella quería leer como lo había visto hacer a un sobrino suyo, cuando estuvo de vacaciones en verano. Ella quería disfrutar como lo hacía yo, cada vez que mis dedos pasaban páginas. Ella necesitaba soledad a la hora de entregarse a las palabras. A la hora de escribirle a su príncipe preso lo mucho que necesitaba que el tiempo no se detuviera.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una tarde decidimos ir a su casa. Había sido una jornada de duro trabajo. Tres clientes. Así que podía tomarse un respiro. Empezamos las clases. Acordamos que me pagaría cuando pudiera, lo que pudiera. Acabé cobrando en cenas las horas que invertíamos en enseñarle conceptos básicos de lectura y escritura. El primer día le pregunté si se llamaba como la llamaban sus clientes. Me dijo que no. Que su nombre no era ése. Que tenía un nombre para la familia, otro para el trabajo, y para mí, el que yo escogiera. No me atreví a ofrecerme como parte integrante de su núcleo familiar. No quise ese abuso de confianza  para obtener su verdadera identidad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Te llamaré Clara. Perfecto nombre para la compañera de un aprendiz de náufrago varado en la isla de la vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tuve que explicarle la historia de Robinson Crusoe. Que tras naufragar, encontró compañía en un indígena más solo que él y al que llamó Viernes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Seré Clara para ti. –Añadió con la voz más dulce que supo entonar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No sé explicar por qué nunca nos encamamos. Aún hoy, cuando la luna y la nostalgia abusan de mí, no sé explicarme por qué no sucedió. Me daba pena, sí. Pero también la deseaba. Pena y deseo muchas veces se complementan. Que le pregunten a Sabina, por ejemplo. O a Miller, o a su amante infinita, Nin… cuyas novelas por aquellos días eran mi Catecismo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En las primeras clases reíamos y aprendíamos casi por igual. Me decía que le dibujara letras. Que la enseñara a componer. Y yo, lo hacía lo mejor que podía, aunque perdía el hilo, muchas veces. Sometía mi vista a la privación de sus encantos. Miraba a sus ojos, cuando los míos querían perderse entre su lencería negra, entre su escote, entre los labios que fabricaban besos de pospago. Se enfadaba cada vez que le decía:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Clara, Clara, es muy fácil… la t con la e se convierte en TE.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- No me trates como a una niña. –Musitaba-  Aunque bien pensado, ahora que tengo la TE, puedo preguntarte si TE quedas a cenar. –Añadía componiendo una voz adulta. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Claro, Clara –Contestaba sonriente.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y se metía en la cocina, con su TE sibilante aflorando en los labios.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo me quedaba en el sofá. Aprovechaba para, parapetado tras una cortina de letras, espiarla. La veía cocinar, batir huevos, añadir champiñones. La lencería vestía su piel. Los altos tacones negros, sus pies. El olor a cena y camaradería ataviaba las estancias diminutas que conformaban su vivienda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A veces le pedía permiso para ir al baño. Y a veces, en sus dominios, me masturbaba pensándola. Imaginándome perdido entre sus pechos, viajándolos. Recorriendo su cuerpo, colocando mis dedos ávidos entre sus braguitas de encaje negro y su sexo. A menudo, saciaba mi apetito con el recuerdo de su voz, con la imagen congelada en mis retinas de su pijama por el que mostraban su relieve esos pezones que coronaban sus pechos turgentes. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después cenábamos sin silencios. Hablábamos, le poníamos la posdata a alguna misiva de última hora y la emplazaba, cuando la dejara sola, a practicar con los verbos. Le dejaba deberes por hacer. Le hacía copiar, le pedía que escribiera poco a poco… que se atreviera cual intrépida exploradora, a adentrarse en el vetusto diccionario que le había regalado una de las ocasiones en que me la encontré en el bar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cada vez era más frecuente llegar a mi herrumbrosa Arca de Noé, echándola de menos. Acariciaba a mi gato que maullaba hambriento y me sentaba en el sofá desde el que contemplaba las estrellas titilantes. Leía algún texto nerudiano, o me asomaba a la primavera de Fante y, vencido por el cansancio, me sumía en un sueño sin sueños.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las clases continuaron durante el invierno y primavera siguientes. Llegado el verano, su compañero, prisionero de la sociedad, recuperó la libertad. Ella quería que siguiera con ellos. Que les ayudara no sé bien con qué trámites. Pero decliné ese ofrecimiento esgrimiendo la excusa de una oferta de trabajo con un buen contrato, en Correos. Creo que temía a la persona que estaba a punto de volver a habitarla. No quería malos rollos con su proxeneta, con su pareja, con su lo que fuera. Tenía algunos prejuicios y muchos miedos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A menudo la veía en la cafetería. Cruzábamos miradas e intercambiábamos saludos. Me decía que echaba de menos cocinar esa tortilla de champiñones mientras me demoraba en el baño. Sonreía ella y me sonrojaba yo. A veces me tomaba varios cafés hasta que conseguía verla. Frecuentaba cada vez menos el bar de Jordi. Espaciaba mucho más sus visitas. Empezó a acontecer que no siempre, bajo los diluvios universales, se guarecía en el mismo lugar donde yo la esperaba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Comencé a trabajar de noche en la jefatura de correos de Girona. Así que por las mañanas dormía, por la tarde cafeceaba y buscaba a Clara entre los parroquianos, y por la noche, de vuelta a la central, acariciaba las cartas que depositaba algún compañero en el apartado de la prisión. Recordaba sus trazos y me pasaba la noche sin mediar palabra, escuchando música,  evocándola…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al cabo de unas semanas Jordi me comentó que mi alumna se iba a vivir a Barcelona.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Localicé apostada en una esquina, cerca de la librería del barrio, a Clara. Como único saludo me preguntó si aceptaría quedarme con algo suyo, a modo de recuerdo. No tenía palabras, no podía asimilar esa noticia. La despedida, como el enemigo, estaba a las puertas. Le dije que claro, que cualquier detalle. Ya me veía con las braguitas de encaje negro que acompañaron mis cenas, sin carne, en su hogar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me invitó a un café al día siguiente. Era la primera vez que se permitía algo así, en su horario laboral, y fuera de casa. Me dijo que con “él” se mudaba a un pueblo barcelonés, que le ofrecían trabajo. Y que con un poco de suerte, abandonaría la prostitución.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El silencio se instaló entre nosotros. Yo quería llorar y ella se esforzaba en sonreír. Me cogió la mano y me dijo que tenía mi regalo. Tras los “no hacía falta” “no tenías que haberte molestado”, me entregó un paquete. Rasgué impaciente el papel de regalo. Y en la portada: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me emocioné, se emocionó. Y Jordi, desde su trinchera, me sonrió con tristeza. Me fui del bar y tardé varios días en volver.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Han pasado dieciocho años.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Esta mañana al salir de una reunión  me he dedicado a disfrutar de los últimos coletazos del invierno paseando por el barrio judío. He pasado por el extinto bar Girona, convertido en un bloque de  pisos. En su día, hace ya… fue pasto de la especulación inmobiliaria tantas veces denunciada en estos tiempos que corren veloces y matan despacio. Siempre me acuerdo de lo que encontré entre sus paredes. De sus gentes. De su olor. De las donantes de sexo. De los cuarentones buscando la doble pareja para arrancar la apuesta. De los viejos que jugaban al dominó haciendo tronar mi vida cada vez que golpeaban la mesa con el seis doble.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tras comprar el periódico en el último vestigio del barrio chino que aún sigue en pie, al levantar la mirada, he visto apoyada en un banco, a una mujer vieja, consumida, despreciada por la vida. En seguida la he reconocido. Clara. Clara escudriñando el cielo persiguiendo, quizás, alguna estrella diurna.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me he acercado, aturdido, a ella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y componiendo el gesto, vistiendo mi voz con nuestro nombre, he exclamado:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¡Clara, cuánto tiempo!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me ha mirado hondamente. Me ha estudiado. Me ha escrutado con sus ojos muertos de vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- No me llamo Clara. –Ha protestado con voz atiplada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me ha revelado, entonces, su verdadera identidad:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Me llamo Ángeles. ¿Quién eres tú? &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¿No me recuerdas? Soy Mario. Nos conocimos en el bar Girona, hace muchísimos años.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me ha recorrido con los ojos grávidos de melancolía. Y por primera vez, sus manos me han acariciado posándose en mi mejilla mientras pronunciaba quedamente:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Mario, Mario… ¿la T con la E?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;                   &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;                                                                                                                                                    &lt;strong&gt;MARIO CASTILLO ROS&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-8547605372389264859?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/8547605372389264859/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/07/la-t-con-la-e.html#comment-form' title='84 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/8547605372389264859'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/8547605372389264859'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/07/la-t-con-la-e.html' title='LA T CON LA E'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/TDg5owJ0UpI/AAAAAAAAC2Q/cDK8gxwTA4o/s72-c/sinmiraratras.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>84</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-84833405855991144</id><published>2010-05-18T17:42:00.005+02:00</published><updated>2011-08-19T10:39:42.362+02:00</updated><title type='text'>LA MADRIGUERA</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/S_K3Aey7yHI/AAAAAAAACa4/6RsVYG9Z9IQ/s1600/N4Fa7vzXdny2y9gp2jqkAiN8o1_500.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 214px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/S_K3Aey7yHI/AAAAAAAACa4/6RsVYG9Z9IQ/s320/N4Fa7vzXdny2y9gp2jqkAiN8o1_500.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5472637716103153778" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salió de casa con la sonrisa puesta, y sin bragas.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A esa hora vespertina el deseo febril la tenía encumbrada en la cima de su montaña rusa emocional. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No debía tener prisa. Las cosas buenas requieren tiempo y preparación. Así que decidió hacer un alto en el camino y echar un ojo a la prensa del día. Pidió un cortado, sin azúcar, con muy poca leche. Consiguió el periódico. Desplegó ante sí las noticias frescas, recién sucedidas. Pero no prestaba atención. Descansó las manos entre la página de cultura y los primeros resultados deportivos del fin de semana. Se quedó quieta. Parada. Oteó por los grandes ventanales de la cafetería y contempló las aceras, las personas y sus prisas. No dejaba de pensar, de pensarlo, de verlo, de sentirlo, casi, casi sentado a su lado. Era un buen día para tener un amante. Para no echar nada de menos, ni de más. Era un día de equilibrios. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Porque otras veces, cuando sucumbía al deseo desenfrenado y se citaban los cuerpos, instantáneamente se arrepentía, le costaba llegar. O le vencía el remordimiento. O la montaña rusa no subía lo suficiente como para dar un paso de gigante. Si no estaba preparada para una ascensión vertiginosa, menos aún lo estaba para un descenso en picado al pecado de la infidelidad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras sostenía, esa mañana de lunes, la prensa entre sus manos, pensó en lo complicado que es conciliar la vida familiar con la laboral. Y por ende, lo jodido que es joder con un amante y conciliarlo todo, sin casi hacer ruido con lo anterior: Vida familiar, vida marital, vida amatoria, vida emocional. Vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Miró el móvil. No había ningún mensaje. Habían acordado no mensajearse, no llamarse, no saberse. Nada hasta el desembarco carnal. Y así debía ser. Pero ella, que seguía sonriendo, no sabía si de nervios, de miedo o de deseo, estuvo a punto de enviarle una nota escueta. Un “estoy yendo”. O un, “¿ya estás preparado?”. O un lo que fuera, algo que la hiciera latir como lo hacía su voz honda, su voz acariciante. O un lo que fuera, que la convenciera, que la terminara de arrastrar, que diluyese ese sentimiento de delito matrimonial. Sentimiento efímero como pocos, pero que a veces, sin que ella lo supiera, amenazaba con quedarse, con convencerla de que lo mejor era desandar el camino. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En ese momento pensó que las decisiones, por ahora, estaban tomadas. Que la despertó la excitación del momento futuro. Que en cuanto abrió los ojos, tuvo que cerrar las piernas para evitar masturbarse con su recuerdo. Que lo quería en persona, no en imágenes proyectadas contra el firmamento de su placer. Necesitaba esa persona que, sentada, lo esperaba, polla en mano, en ese lavabo público, impúdico. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Si seguía dándole vueltas a la cabeza, acabaría entrando en los servicios de la cafetería, acabaría poniéndose las bragas, acabaría borrando la sonrisa de su cara, y acabaría retomando el camino de regreso a su casa. Pensando que nunca debería haber salido de allí, y arrepintiéndose en seguida porque lo mejor, estaba ahí fuera, como la verdad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que frenó en seco el tiovivo de ideas circulares. Descartó su yo angelical y siguió, de la mano, a su demonio particular. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por la calle seguía pensando en él. Notaba el calor habitar sus muslos. Notaba los labios quemantes. De vez en cuando mojaba, con la punta de su lengua, los labios. Quería refrescarlos, y, sin embargo, los cocía a fuego lentísimo, y los mordía una vez y otra vez.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Subió al metro. Cada vez más cerca del oasis del placer. Cada vez más cerca.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cogía el bolso, lo abría, extraía el móvil, acariciaba las teclas. Miraba la pantalla esperando que le llegase algún mensaje suyo. Enterraba el teléfono en el fondo del bolso y volvía al calor que emanaba del manantial desnudo que nacía entre sus piernas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entornaba los ojos a la espera de la señal auditiva y femenina que le indicara su parada. Mientras, tarareaba silente las canciones que emitía su MP3.  Sus pensares invasivos y abrasivos  le impedían moverse cómoda, sentarse bien y observar su mundo a través de la opacidad cristalina.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las once de la mañana cruzaba el vestíbulo del emblemático edificio de oficinas. Su amante la esperaba en el sitio acordado: en uno de los lavabos de la planta segunda, en el primer edificio del paseo más feliz, más escaparatista de la ciudad condal. Saludó al portero. No tuvo que dar ninguna explicación. Quien no iba a alguna consulta médica, iba a tramitar algún seguro, a apuntarse a alguno de los cursos subvencionados, o a resolver cualquier asunto en las oficinas de consultorías y finanzas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entró en el ascensor. Su cabeza bullía. Su sexo licuado ardía. Sus labios estaban secos por primera vez desde que la despertaron los tentáculos epicúreos. Su lengua recorría su boca, requiriendo el riego necesario para el primer beso. Justo cuando estaba ante la puerta de los aseos masculinos de la planta segunda, notó que temblaba como un folio virgen en las manos de un escritor novel. Sus manos tremolaban como una hoja, mecida por el otoño, barrida por el viento. Se detuvo durante un instante impreciso. Miró en derredor. No había nadie. Persona alguna transitaba por esos pasillos. Fue tras la última consulta con su  médico, buscando apresurada un lavabo donde recomponerse, cuando descubrió esa madriguera presta a ser habitada por dos cuerpos encelados. En uno de sus cafés habían acordado que sería ahí, que peregrinarían, que jugarían, que se tendrían en carne viva, algunas veces, algunos días. Sí, pensó ella, sería lo mejor… aprovecharía los días en los que la montaña rusa la elevara a los cielos de la necesidad del goce supremo: juegos prohibidos en sitios prohibidos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dejó a un lado los lavamanos, los secadores, los urinarios. Se situó frente a la puerta del último reservado y, tras notar que la saliva había vuelto a su boca y su corazón gemía dentro de su pecho, empujó. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Él la miró. Quiso levantarse pero fue empujado y devuelto a su atalaya desde la que contemplaba sus ojos inyectados en placer. Ella quiso coger la sartén por el mango. Por su mango. Se hincó de  rodillas llevándose su miembro erecto a los labios. Lo miro, lujuriosa, lo restregó por su cara, lujuriosa. Lo sopesó con la lengua y los labios, lujuriosa. Apresó el glande con sus dientes hasta que escuchó un gruñido quedo. Siguió un viaje fálico por el firmamento de su boca. Ya no pensaba, ni pesaba. Levitaba y volaba y quería ser poseída por la lengua de su consolador que, recostado, entornaba los ojos y abría las piernas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se levantaron, como un resorte, al mismo tiempo. Una jugada maestra, diríase ensayada. Se quedó el uno frente a la otra. Y el uno y la otra se besaron. Él identificó el sabor de su polla en los labios de ella. Recogió su lengua, la recorrió a lo largo y a lo ancho. La besó, la mordió, la masajeó con la suya. Regaron con sus salivas la senda de los besos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sus ojos se encontraron. Y se observaron sin dejar de recorrerse con las manos, sin dejar de explorar sus geografías concupiscentes. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Giró el cuerpo de ella, con un juego de manos diestro… entrenado. Bajó la tapa del retrete y la subió en ese pedestal improvisado. Situó su cabeza entre sus piernas, miró al suelo, miró por todos sitios verificando la ausencia de ropa interior. Bien, el guión seguía su curso. Con su nariz recorrió su cuerpo, respiró sus piernas. Sus dedos, domadores de sexo, lo abrían y cerraban, surcando hacia su mar abierto. Y su lengua, ascendía, descendía, fijando guías para futuros ascensos y descensos. Se quedó quieto ante ella y hundió su cabeza en su coño abandonado a la fruición más animal. Hociqueó entre sus piernas, primero, bebió entre sus piernas, después. Siguió labrando con la lengua, con los labios, con la boca, con los dientes. Recogió, amasó, succionó, masajeó y golpeó su clítoris hasta notar como vibraba, se convulsionaba, como detonaba su orgasmo. Con su mano izquierda pinzó sus pezones. Con la derecha, ocupó su pene hinchado. La masturbó y se masturbó haciendo coincidir sus erupciones.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Descendió de los cielos ella, y ascendió a su cielo él. Fue él quien esta vez la besó, reportándole su sabor. Se besaron y se estudiaron en silencio. Se abrazaron y fusionaron la música de sus jadeos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Encajaron sus ropas sobre sus cuerpos y abandonaron, prófugos, el lugar por separado. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Según su guión, habían quedado en tomar un café juntos quince minutos más tarde. Lo tomaron, y se tomaron,  en  besos furtivos, con disimuladas caricias por debajo de la mesa. Los cuerpos solícitos hablaban… No discutieron sobre un próximo encuentro. Nunca lo hacían. Respondían, estos, a un acto reflejo, la respuesta a la sexualidad que recobraba la libertad. Repartió su sonrisa entre sus labios y los de él. Y se despidieron. Aunque las despedidas, por muy acostumbrados que estuviesen a ellas, por muy ensayadas, siempre costaban lo suyo. Nunca sabían bien.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El mismo vagón de metro, las mismas caricias al móvil, la misma música, nuevos recuerdos para almacenar en su biblioteca emocional y pecante. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las dos de la tarde regresó a casa, con las bragas puestas. &lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al entrar en casa, su marido la recibió con la misma oquedad de siempre.  Le preguntó cómo le había ido en la consulta: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¿Qué consulta?- espetó ella. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Han llamado hace media hora, de la consulta del doctor Gracia. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Ah, supongo querrán cambiar la visita de la semana que viene. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- No. Hacían referencia a la visita de esta mañana. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¿Sí?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Sí. Han encontrado tu cartera en los lavabos.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero ella, consumida por el miedo, fue incapaz de querer averiguar más… aunque a punto estuvo de preguntarle si habían encontrado su documentación en el lavabo de hombres, o de mujeres. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las bragas, en su sitio. La sonrisa, asesinada.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-84833405855991144?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/84833405855991144/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/05/la-madriguera.html#comment-form' title='73 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/84833405855991144'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/84833405855991144'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/05/la-madriguera.html' title='LA MADRIGUERA'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/S_K3Aey7yHI/AAAAAAAACa4/6RsVYG9Z9IQ/s72-c/N4Fa7vzXdny2y9gp2jqkAiN8o1_500.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>73</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-6217617826047914555</id><published>2010-05-18T14:11:00.006+02:00</published><updated>2011-08-19T10:51:41.558+02:00</updated><title type='text'>MATÍAS</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/S_K1O9GsWNI/AAAAAAAACaw/Mcyzl89lKc8/s1600/CARTAS3.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/S_K1O9GsWNI/AAAAAAAACaw/Mcyzl89lKc8/s320/CARTAS3.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5472635765734004946" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El despertador proyectaba la hora en dígitos rojos contra el techo del mundo conyugal. A las siete descifró el código. Se levantó.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salió a la luz que se filtraba por la ventana mal ajustada de la cocina. El mundo, pensaba, se colaba incómodo y renqueante por esas rendijas. Seguro llegaría el día en el que atendiera las plegarias de su mujer antes de que se convirtieran en súplicas, y repararía el ventanuco. Permitiría que la vida se filtrase de golpe, no por entregas. Que amaneciera a tiempo y no a destiempo. Que las horas llegaran juntas, y juntas iluminaran los objetos alineados en perfecto desorden sobre el poyo de la cocina. Porque muchas eran las veces en las que Ana, antes de entregarse en cuerpo y alma a Morfeo, dejaba algunos cacharros mal distribuidos, sin orden ni lógica. Se iba a dormir, despidiéndose con un lastimero –buenas noches- . Él se quedaba apurando el último café del día, viendo la tele, escuchando la radio, leyendo alguna novela, soñando con emular a sus escritores favoritos en vidas y obras, masturbándose con los sueños antes de  abandonar la atalaya nocturna desde la que contemplaba las luces de la ciudad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que Ana, dejando las cosas por doquier, confiaba en que algún día se levantaría y el milagro se habría ejecutado, los sueños cumplidos; que se encontraría todo recogido. Cada cosa en su sitio. Que tendría tiempo para ella sin estar pendiente de personas, animales y cosas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Más de muchas veces obtuvo la promesa de que al día siguiente, y al siguiente del siguiente, se encontraría todo como una patena. Pero los primeros rayos de sol le iluminaban su estrellada realidad. Encontraba sus sueños en el sumidero, ahogándose. Ni con los rayos solares, ni con las nubes, ni con los claroscuros, el hada patena había hecho acto de presencia para dejarlo todo en su sitio. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sin embargo a él le gustaba jactarse de lo mucho y bien que ayudaba en casa. Así había sido, al principio de los principios. Pero nada más y sí mucho menos. Presumía del sexo en carne viva que consumía con su mujer, de los polvos robados a las estrellas y entregados en mano y en besos a ella. Pero a la hora de la verdad, todo era un cúmulo numérico, bien definido, de despropósitos y mentiras. Ni follaba tanto ni tanto ayudaba. Y la redención no asomaba por el horizonte. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero un día todo cambiaría, pensaba mientras tomaba café y dejaba que los sueños sobrantes de la noche gravitaran en torno a su persona. Dejó los sueños en su sitio. En su no sitio. En la mesa de la cocina, sin orden, sin nada, ya los recogería alguien; su mujer, su hijo, el gato. A él le quedaba por delante una dura jornada de trabajo. Muchas cartas por repartir, muchas personas a las que saludar, muchos compañeros con los que compartir jactancias y cafés antes de enfrentarse a buzones y perros. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Llegó a la oficina puntual, como siempre. No regalaba un minuto. Nunca regateaba un minuto. No pedía tiempos muertos, ni se permitía recesos fuera de los horarios establecidos. Así que ahí estaba, en plan laboro, luego existo, a la hora justa y necesaria. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Empezó a clasificar el correo, a mirar las postales llegadas de lejanos lugares vacacionales. Las leía por encima, las olía, como no podía dejar de hacer desde sus principios postales en la jefatura de Correos de la ciudad. El olor de una carta del banco, de hacienda, de requerimientos judiciales, no le transmitía nada. Pero algunas veces obraba el milagro. Caía en sus manos una misiva con cuerpo, con olor; olor a futuro, unas veces, olor a fractura, otras. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A punto de acabar con la primera cubeta de objetos, entre las bromas de sus compañeros de distrito, una vez liquidados los reembolsos del día anterior, y tras haber ordeñado preceptivamente la máquina expendedora de bebidas calientes, la voz de su mejor amigo postal, sonó alegre: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Andrés, tienes una visita esperando en recepción, supongo que será alguna queja.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¿Está buena?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Joder, ¿la visita o la queja?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- La visita, hombre. Me apetece dejar todo lo que tengo entre manos. El cliente y sus quejas son lo primero.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Pues la verdad, tiene su qué.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que salió a la luz del día recién estrenado. Ahí estaba esperándole. Su amigo tenía razón. Tenía su qué, y sus porqués. Casi un siglo de ambos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Reconoció el rostro del viejo. Disfrazó su decepción: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Hombre Matías, qué tal. Madre mía, no lo esperaba tan pronto por aquí. Aún no he decidido qué guitarra comprarle a mi hijo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La voz vieja como la vida, sonó implorante:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Lo sé, pero necesito su ayuda. Es referente a la carta que me entregó la semana pasada. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se fueron al bar más cercano. Pidieron un café y un café con leche. Matías mojaba, nerviosamente, galletas que extraía de un bolsillo descosido de la chaqueta. Le contó su historia, parte de su vida, antes de pedirle que leyera las letras de Kasumi.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Andrés leyó la carta sin dejar de formular preguntas, sin dejar de contrastar pretérito y futuro, obviando un presente que estaba de paso. No dejaba de ponerse al día con cada frase. Descubría nuevos personajes, viejas vidas. No podía obviar nada. Devoraba cada letra, cada punto. Su corazón se aceleraba. Sus pulmones requerían más aire. Su piel se tensaba a cada párrafo al ver los trazos de la caligrafía, al ver a Matías a través de esos ojos velados, sin pasado. Era la carta que siempre habría querido escribir y recibir. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Volvía a congratularse por haber acertado, por haber tenido éxito en la entrega de la carta que un día llegó de Japón. De la carta dirigida a ese músico de canción ambulante, de alma arrestada, que ahora sorbía café y mojaba galletas mientras sus ojos lo escudriñaban. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le hubiera gustado decirle que nunca había visto recompensada una entrega así. Su premio estaba escrito, sus ojos, viajeros e incansables aterrizaban sobre las letras. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El viejo Matías necesitaba su ayuda. Quería retomar el contacto. Necesitaba celeridad a la hora de enviar sus puñados de letras. No sabía lo que escribiría, aún, ni cuánto. Sólo que necesitaba hacerlo. Le pagaría con clases particulares para su hijo. Le obsequiaría con su guitarra, la que tantos acordes había regalado a su relación única. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No aceptó ningún trato. Quería ayudarlo. Lo haría con un placer infinito. Se encontrarían cada quince días, a la hora del café oficial, en ese mismo bar. La carta ensobrada, bien direccionada. Él se encargaría del franqueo. Le ayudaría a resolver algunas dudas y la depositaría en la bandeja de correo internacional. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Acabó su jornada laboral. Llegó a casa sin dejar de pensar en su nuevo cliente, en su alegría. A cada instante recordaba su voz, su entusiasmo juvenil. Le gustaba viajar a Japón de la mano de Matías. Un país, que tal como se lo presentaba, parecía tratarse de un aliado, amén de vecino. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Esa noche el hada patena apareció. Recogió todo, alineó objetos, cerró puertas y dejó preparada la cafetera para que Ana sólo tuviera que pulsar el botón y colocar la leche en el microondas. Prendió una nota en el cristal del baño advirtiéndole que tenía el desayuno en la parrilla de salida. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Esa noche no se masturbó, ni miró la tele, ni leyó nada, ni dejó que la música habitara su cabeza. Tampoco observó el mundo, como reza la canción, a través del cristal.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Recorrió el camino hasta su dormitorio. Buscó entre las sábanas el calor de Ana. Ella le murmuró algo mientras sujetaba su miembro erecto: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Qué bien, Lázaro, has resucitado…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Follaron. Fue un colofón. O un punto y seguido, una cadencia de propósitos. Seguro, como no suele suceder en las películas cebolleras, no duraría mucho la alegría en la casa del pobre. Hay cosas que no cambian, así resucites tres veces. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al día siguiente, antes de salir para el trabajo, besó a su hijo. La película seguía el guión acordado. Acarició a su gato cuando, ronroneante, zigzagueaba entre sus piernas. Las aceras lo devoraban, los escaparates le devolvían otra imagen. En cada alto en su caminar, en cada café preceptivo, cuando sostenía el recipiente de correo internacional, no dejaba de recrear la escena con el viejo hacedor de acordes pródigos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las semanas se sucedían cadenciosamente. Lentas a morir. Los objetos seguían bien alineados. Hizo las paces con el mundo: reparó la ventana  permitiendo que cada día, a la misma hora, la vida iluminara la cocina. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El brazo sexuado tanteaba la oscuridad cada noche cuando sentía el cuerpo quemante de Ana pegado a sus sueños. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las cartas salían puntuales. Y encontraba las de Kasumi con la misma consonancia, durante los últimos meses. Cada vez que adivinaba el trazo de ella, deseaba que el tiempo no se detuviera, que llegara la hora de ese café epistolar con su tan joven y tan viejo amigo Matías. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero las palabras acaban estrellándose contra el tiempo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se dilataban demasiado las alegrías del anciano. Temía que entre una carta y la siguiente, la vejez le reclamara el tiempo prestado. Temía la no continuidad del intercambio escrito de emociones encontradas. Temía que llegara el día en que cesaran las palabras y silenciara Kasumi. Temía.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dejó de jugar con los restos del café. Se preguntaba cómo era posible que algunos vieran el futuro posado en el fondo de una taza. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Miró a Matías. Se topó con esos ojos vencidos por la edad, con su cuerpo herido de vida. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Matías, voy a dejar de traerle el correo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Matías balbuceó, sus labios temblaban. Se sentía avergonzado. Había abusado de la confianza de su mensajero: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Los viejos, sabe usted, somos muy pesados. Ya se dará cuenta. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Matías, tengo que devolverle el favor. Usted es mi hada patena. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Matías miraba incrédulo. No acertaba a descifrar lo que quería decirle… Sólo musitó una lacónica pregunta: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Se está despidiendo, ¿verdad?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Nos estamos despidiendo los dos. Despídase de sus sombras, de Granada por un tiempo. Prepare su maleta, lo imprescindible. En dos semanas Japón le espera.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sus miradas se encontraron. Uno, viejo y enjuto, enmudeció. No encontraba palabras para seguir la conversación. El otro, le daba vueltas a la cabeza, a la decisión recién tomada, irrevocable. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero seguía confeccionando la hoja de ruta: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- No se preocupe, de las cosas burocráticas me encargo. Asegúrese el pasaporte en regla.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Además –añadió- Hablaré con Ana, ay Dios mío, y adelantaré las vacaciones anuales. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vio como las lágrimas bautizaban la alegría de Matías. Lloraba como un niño chico. Lloraba mientras tendía sus manos y cogía las de Andrés sin decir nada. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Andrés se despidió. Tenía que seguir trabajando. El lunes siguiente, en el sitio acordado se encontrarían para proseguir con su plan. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;París, por ahora, podía seguir esperando. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;                                                                                                                     &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;MARIO CASTILLO ROS&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-6217617826047914555?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/6217617826047914555/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/05/matias.html#comment-form' title='16 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/6217617826047914555'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/6217617826047914555'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/05/matias.html' title='MATÍAS'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/S_K1O9GsWNI/AAAAAAAACaw/Mcyzl89lKc8/s72-c/CARTAS3.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>16</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-815870203232961670</id><published>2010-01-23T21:18:00.015+01:00</published><updated>2011-08-19T10:52:21.700+02:00</updated><title type='text'>REMITE</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/S1tfOpulyRI/AAAAAAAAAxI/WMFyfI9FBkg/s1600-h/kanji-mujer.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 160px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/S1tfOpulyRI/AAAAAAAAAxI/WMFyfI9FBkg/s320/kanji-mujer.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5430038481049340178" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Matías: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No sé cómo se escribe una carta. Creo no recordarlo. La última vez que vomité sobre un papel todos mis sentimientos tú estabas aquí, en cuerpo y alma. Y la mía, junto a mi corazón, te acompañaba en ese periplo. En las galas estaba contigo. En las actuaciones. En las noches de hotel a solas. Sólo mi cuerpo seguía en la ciudad que te vio nacer. En Granada te esperé y en Granada siguen morando mis sueños.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ha pasado mucho tiempo. Y dudo que ni el tiempo ni el espacio se alineen conmigo. Tengo miedo de que se alcen en armas contra mí y no me ayuden con esta misiva. Ojalá, cuando llegues a mi beso intemporal de despedida, hayas entendido los porqués.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después de esta carta llegarán otras. Espero que las tuyas se crucen en el camino con las mías. Quiero retomar el verbo. Quiero hablarte, contestar a tus preguntas sobre las dudas que se formulen dentro de ti una vez conozcas mi historia, mi no existencia durante todos estos años alejada de la luz, del sonido, de la vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando nos despedimos en el aeropuerto tenía la certeza primero y la esperanza transcurrido un tiempo, de volver a tenernos. Me costó un mundo hacerme a la ciudad sin ti. Enfrentarme a las aceras, a los escaparates, a las tiendas y los rincones donde los músicos callejeros me ofrecían canciones que no sonaban como tus acordes. Me costó enfrentarme a mi noche, esa primera noche y todas las que esperaban asidas a mi futuro, negro como los besos del miedo. A día de hoy me invade el temor, cuando muere el sol, de no saber dormirme si no estás aquí.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Días después de tu partida seguí frecuentando nuestros rincones nazaríes. Buscaba tu recoveco en los sitios testigos de nuestra historia. Pasaba por delante de tu piso y me quedaba mirando las ventanas muertas. Me sentaba en el bar de enfrente y oteaba, montaba guardia como si de un momento a otro fueras a hacer acto de presencia. Te veía entrar. Te escuchaba pedir el café. Moría la tarde y con ella mis sueños volvían a sus noches.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Algún sábado por la mañana me sentaba en aquel bar de la plaza de la Romanilla. Tomaba el té a que sabían mis labios. A veces, incluso, pedía un café que tardaba años en degustar para saborear los tuyos. Se enfriaba en la taza y veía mis ojos sin brillo fondeados en la superficie. Y ahí, sentada, te escribí durante algunos meses. &lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No te negaré que algunos días tras echarte de menos, tras llorar tu ausencia, tras escribir tu nombre en el sobre que contenía mis besos escritos, también te odiaba. No sé si era odio. O si sería rabia. O la mezcla de todos los sinsabores que anidaban, como sueños funestos, en la ausencia de la persona amada.  No podía dejar de pensar una y otra vez, que habías preferido el país a la persona. Que en tus cartas sólo relucía la palabra “Japón” en detrimento de las otras que tu corazón exponía y tu cabeza censuraba. Lo sabía o no lo sabía. Ahora sólo son conjeturas. Es el tiempo quien me dicta, por momentos esta carta. Agradezco que sea el olvido quien venga a hurtar algunas secuencias, cuando me encuentra con la guardia baja.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aún así siempre perdonaba tu ausencia buscando tu recuerdo, robándole horas a la noche, esquivando mis pesadillas y abrazando los momentos compartidos. Me bastaba, o eso creía yo, con inventar mis sueños antes de dejarme vencer por el cansancio.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Esos tres meses que pasamos desacostumbrándonos no funcionaron. Cada día transcurrido intentaba conciliar pasado y presente. Una lucha titánica que no me eximía de la necesidad física, sensorial y onírica de quién necesita una mano amiga, un sexo amigo, un cuerpo protector. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero quieres saber, necesitas un porqué de esta carta y un porqué para los motivos que me llevaron a cavar en el silencio y enterrar nuestra comunicación.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Te quería, Matías. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Jamás olvidé el sabor de tu música, el sonido de tu sexo, el calor y la hondura de tus besos quemantes. Querer y necesitar se conjugaban igual cuando te buscaba al final de mis clases.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Te quería, Matías. Llegué a mi piso, en la residencia de estudiantes a las nueve de la noche. Deambulé esa tarde con mi vieja libreta y  mi pluma. Quería anotaciones para la carta que acababa de gestarse en mi cabeza. Al llegar a mi habitación lo que más deseaba era encontrarme contigo al final de los puntos y seguidos. Levantar la cabeza y pensarte. Levantarme para acariciar la guitarra que me dejaste como recuerdo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Te quería, Matías. Cuando entré en esa habitación que acabo de describir. En la misma en la que habíamos yacido juntos. En ese cuarto de sexo en carne viva tus besos aún volaban alrededor de la lámpara como luciérnagas enloquecidas de felicidad nocturna. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Te quería, Matías. Cuando la voz de mi padre se levantó como un velo negro. Se alzó como un grito mudo. Cayó como un telón, privándonos de una obra maestra. La voz de mi padre, mi padre justo, honrado, leal y fiel a sus costumbres niponas atronó junto a la ventana. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al sexto mes abandoné Granada. Las cartas viajaron conmigo. Las palabras que nunca te mandé. Las cosas que nunca te dije se convirtieron en preñados nubarrones que azotaron mi cuerpo como tormentas de melancolía.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y al llegar a Japón, mi país, paraíso de tus acordes, se convirtió en mi presidio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi padre, hombre sin grandes recursos económicos, trabajaba en el mercado central de Tokio, templo de peregrinación para el turismo emergente. El mundo acababa de condonar la deuda ideológica permitiendo a mi país salir del aislamiento. Ese ostracismo con el que se le había castigado por su posicionamiento con Hitler. Perdonados, los mercados, los templos, las casas de los emperadores, se abrían y ofrecían. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se encargaba de negociar directamente con los pescadores. Iba hasta sus lonjas y pujaba, ganando siempre, por el mejor género para el mejor mercado. No escatimaba esfuerzos. No tenía un horario fijo. Sí establecido, pero nunca obedecido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Acabé mis estudios en la escuela superior de Tokio. Algunos compañeros, por aquel entonces, estaban enamorados de tu país. Unos apostaron por Francia, otros se fueron hasta las mejores universidades de Inglaterra. Mi mejor amiga se fue a la universidad de Coimbra, en Portugal. Y yo me empeñé en acompañarla aunque en casa no teníamos dinero suficiente para semejante empresa estudiantil. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Desconocía que quien trabaja en el mercado central de Tokio trabaja para los clanes mafiosos. Esos clanes que surgieron como nidos de ratas con el único objetivo de controlarlo todo: productos y personas. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi padre cayó en una de esas redes. Solicitó un préstamo para que su hija, su primogénita, pudiera estudiar fuera. Y esa es la beca que conociste. Solicitó dinero también para otras causas que no han sido reveladas. Antes lo intentaron por todos los medios. Pero no hubo manera. Mis padres arrojaron la toalla, quemaron las naves. Mis padres. Pero en secreto, oculto a las sombras de la vergüenza, mi padre pidió una cantidad de dinero al dueño del mercado donde realizaba sus funciones. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pasaron los años. Mi madre murió, creo que lo sabes. Y mi padre no pudo, por razones que ahora no quiero exponer, pagar la cantidad acordada. Al principio era algo nimio, casi nada. Pero poco a poco los intereses por la demora lo engulleron. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi hermano intentó interceder. Habló con el director del mercado. El director del mercado no quiso atenderlo ni entender los motivos por los que mi padre, sumido en una crisis profunda, exiliado en el alcohol y los bajos fondos, no podía hacer frente a la cantidad adeudada. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo me convertí en la moneda que sufragaría deuda e intereses. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un día se personaron en nuestro hogar.  Dijeron que el señor Zauko quería un secuaz y una geisha. Quería a mi hermano sirviéndole el saque en el que desemboca cada comida. Quería que también fuera recaudador de sus préstamos. Quería que yo, hija de Japón que aún no había cumplido los veinticinco, le hiciera las veces de asistenta personal y Geisha para sus socios y clientes. El contrato era hasta que el dueño del futuro de mi progenitor, falleciera. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Si me negaba, moriría en el mismo momento, el mismo lugar, en manos del mismo verdugo que mi hermano y mi padre.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nunca tuve relaciones sexuales. No me estaba permitido y celebraba esa prohibición. Mis cometidos eran única y exclusivamente prender el incienso en que aromatizaba las estancias, encender los cigarros de los caballeros de negocios, invitados de mi señor y servir de mera compañía, de adorno respirante y de sonrisa eterna. Un adorno de vestido tradicional, un adorno obligado a mentirse, un adorno que no supo huir, que aceptó para que su padre y su hermano no murieran en manos del señor Zauko.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Acepté. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Acaté. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Silencié. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y sólo hablaba tu idioma por las noches, adentrándome en ese mundo irreal de los sueños. Entonces volvía a Granada. A las palabras tantas veces pronunciadas. Imaginaba tu rostro, escuchaba tu acento, notaba tus manos. Me estremecía al recordar tu música. Al rememorar las clases compartidas. Y cuando estaba a punto de entornar los ojos te veía en el aeropuerto. Tu espalda, tu pelo, tus pasos que te conducían hasta la escalerilla del avión. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así cada noche, todas las noches durante todos los días que he estado cautiva.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nunca recibí la visita de mi padre. Nunca intercambié palabras con mi hermano. Sólo algún gesto, alguna sonrisa, todos los silencios que caben en un cuerpo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi progenitor también murió. No asistí a los cortejos fúnebres. No se permitieron conmigo, en todos estos años, ninguna licencia en lo que atañe a los sentimientos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando termine de escribirte iremos a recuperar lo que queda de él. A perdonarle, quizás.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Anoche me desperté asustada. La madrugada se filtraba por las rendijas de mi habitación. La luna descansaba sobre el tatami junto a mi viejo cuerpo. No escuché la respiración de las alumnas, esas niñas aprendices de geisha que descansaban en la habitación contigua. Mis ojos escrutaban la oscuridad. Mi corazón desbocado no entendía por qué mi boca silenciaba tu nombre. No podía recorrer el camino que conducía a tu recuerdo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El silencio era silencio. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por la mañana, antes de impartir mis conocimientos a esas criaturas virginales, el hijo de mi señor me pidió que fuera a verle. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al entrar en su despacho lo encontré de pie, junto a la ventana. Tokio amanecía al otro lado. El frío azul se adivinaba a través de los cristales. Su voz sonó, como otras tantas veces, inquebrantable: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Mi padre falleció anoche- anunció con voz queda, lanzando su ojos al encuentro de los míos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi silencio, mi sumisión habló por mí. Sólo incliné la cabeza y esbocé un lacónico “lo siento”. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siguió hablándome, sin apartar la mirada. Quería ver las huellas de las emociones en mi rostro:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Dejó escritas muchas indicaciones, hace mucho tiempo. Y ahora debo cumplir sus primeros deseos póstumos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi mente empezó a trabajar por mí. Me condujo, otra vez, al sol naciente. Ese del que me habían exiliado. Recordaba el olor del tránsito, el murmullo de las gentes en los parques, el arrullo de las palomas en la plaza Biba Rambla de nuestra Granada.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Su voz, otra vez, interrumpió mis divagaciones:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Lo primero que dejó escrito era que se os concediera la plena libertad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Tu hermano ha sido informado. Dime qué necesitas para poder cumplir sus deseos -argumentó- &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Miré su cara. Estudié su dolor. Y los sueños, las imágenes que habían huido durante mi noche anterior volvieron a manifestarse. Escuché tu voz. Observé tus manos acariciantes de cuerdas. Te vi yendo hacia la escalerilla del avión. Te vi otra vez. Te escuché otra vez. Te tenía, de nuevo, lo más cerca que se puede estar de la distancia. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi voz sonó implorante: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Necesito algunos folios. Lápices. Déjeme escribir una carta –añadí- &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me permitió sentarme en la gran mesa de bambú, junto a la ventana citada por la que Tokio me llamaba. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y tu nombre resucitó entre mis dedos: &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Matías:&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-815870203232961670?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/815870203232961670/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/01/remite.html#comment-form' title='97 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/815870203232961670'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/815870203232961670'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2010/01/remite.html' title='REMITE'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/S1tfOpulyRI/AAAAAAAAAxI/WMFyfI9FBkg/s72-c/kanji-mujer.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>97</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-4408629659878605744</id><published>2009-12-01T01:59:00.009+01:00</published><updated>2011-08-19T10:53:10.735+02:00</updated><title type='text'>KASUMI</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SxRwmfRrsxI/AAAAAAAAAeg/eOAvba-6tjQ/s1600/IMG_0909.JPG" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SxRwmfRrsxI/AAAAAAAAAeg/eOAvba-6tjQ/s320/IMG_0909.JPG" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5410072858911814418" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;DEDICO:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Joaquín Sabina, que fue el primero que conocí en aquel número siete con sus metáforas cantadas, con sus mentiras de verdad y sus verdades de mentira. Le robó el otoño a los días y me lo entregó en aquel hotel dulce hotel. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Ismael Serrano, por atraparme. Porque gracias a él sé que un mundo mejor es posible. Por las utopías. Por los viajes y por su camino de regreso. Por la fragilidad y por la fuerza. Por alinearse con los débiles. Porque si las armas las carga el diablo, las canciones las carga Ismael. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Juan José Millás, por dejarme habitar su mundo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a S. King. El portador de mis primeros miedos literarios. El primero que me clavó una palabra de madera en el corazón y en mi memoria. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Miguel Ríos. Por paisano. Por dejarme nunca solo en el parque de las emociones y las canciones. Por regresar siempre a Granada. Por subir juntos a ese autobús de canciones tristes. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Lola Beccaria. Por hacerme el amor con su literatura desnuda y abierta. Por presentarme a su mujer vestida para amar y desnuda para creer y crecer. Por enseñarme a perder con arte y sin ensayo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Bukowski, por prestarme su máquina de follar. Por contarme la verdad aun sin quererla. Por resucitarme al tercer capítulo. Dedico a Bukowski lo que soy y lo que no soy. Por dejar que ande y desande una y otra vez la senda de los perdedores. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Ángela Becerra, por los amores negados. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Gomaespuma, por hacerme reír en días de tormenta. Por hacerme estremecer con su solidaridad. Porque un día, sintonizándolos, escuché “papa cuéntame otra vez” y lloré. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Henry Miller por su París literario. Por hacerme partícipe de sus amores. Por presentarme a Anaïs Nin. Por contar con la riqueza de las palabras y la pobreza de la vida. Por servirme el desayuno en la bandeja de sus trópicos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Anaïs Nin, por prestarme sus diarios. Por ser amante de amantes. Por contagiarse de Miller y retratarlo con palabras en su obra Henry and June. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a García Lorca, por convertir en palabras todo lo que su alma tocaba. Por no irse. Por no morir, nunca. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Benjamín Prado, por polemizar poemizando. Por dejarme habitar sus silencios en voz alta. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato Extremoduro, porque no sólo de pan vive el hombre. Por la irreverencia de las canciones.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Fito y los Fitipaldis, por estar, lo más lejos, a mi lado cada vez que he necesitado una canción navegante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Miguel Delibes, por alimentarme con sus ratas.  Por los ratos prestados al borde del camino. Por cederme la sombra de su ciprés cargado de literatura perenne.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Mario Vargas Llosa, por  mostrarme el sufrimiento y las travesuras de su niña mala. Por retratar con su literatura lacerante la caída de Trujillo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Antonio Muñoz Molina, por sus vientos cargados de historias. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Zoé Valdés por lo mucho que disfruté con su nada cotidiana. Por escapar de La Habana y acoger la vida parisina siguiendo los pasos de Miller y los verbos de Sartre, Beauvois y Nin. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Pedro Juan Gutiérrez, por seguir escribiendo desde su decrépita Habana vieja. Por sus excesos convertidos en literatura. Porque la literatura enriquece aunque esté rodeada de la pobreza más extrema y de la indigencia política más estúpida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a John Fante, por inspirar a Bukowski. Por sus preguntas polvorientas y primaverales. Por no dejar que los días pasen en vano mientras se espera a la primavera. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Louis Ferdinand Celine, por coger el tren que conduce al fin de la noche. Por describir el sabor de las mujeres y por morir con crédito por ellas en cada una de sus novelas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a García Márquez, por sus amores de soledades centenarias. Por sus putas tristes. Por sus pasiones náufragas y redentoras en los tiempos envenenados.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Jack Kerouac, por su camino sembrado de literatura reaccionaria.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Sam Savage, por sus ratas de biblioteca. Por sus libros carcomidos y polvorientos. Por sucumbir a los encantos de la literatura adiestrada. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Catherine Millet, por mostrarme cómo hablan los cuerpos cuando la boca se cierra a cal y canto. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Silvio Rodríguez por novelizar sus canciones. Por la voz nunca silenciada. Por sus amores musicados.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a José Luis Sampedro, por su sonrisa etrusca. Por mostrarme la destreza literaria de la vieja sirena. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Javier Álvarez por sus inicios. Por sus principios. Por ser amigo de poetas. Por cantarle a Ángel González. Por emocionarme con su “Padre”. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Quique González por su voz pausada cargada de historias aceleradas de amor y desamor. Por inspirar a otros, por acoger en su seno las letras del poeta Luis García Montero. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Luis García Montero, porque mañana no será lo que Dios quiera. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Pedro Zarraluki, por explicarme en silencio cómo tener éxito con los encargos difíciles. Por su literatura de sabores, por sus verbos cocinados a fuego lento. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Felipe Benítez Reyes, por compartir conmigo pensamientos monstruosos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Jack London, por querer al indomable colmillo blanco. Por convertirme en su Martin Eden por el resto de mis días literarios. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Coetzee, por ayudarme a descender al infierno de las personas. Aún hoy me siento agraciado cada vez que acaricio con la punta de los dedos su "Desgracia". &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Saramago, por cegarme con su literatura. Por amar a los nombres.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Tabucci, por sostener a Pereira. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Neruda, por inspirar a la mitad más unos de los que he citado hace unos segundos. Por prestarme sus frases. Por su literatura epistolar. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Andrés Suárez, por ser banda sonora y amigo a la vez. Por sus historias de piedras y charcos. Por su voz y su guitarra. Por posar para mis verbos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Marwan, palabra por palabra. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedico este relato a Carlos Chaouen, por su intención de pintar el cielo. Por sus canciones que siembran mi camino. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al anciano que encontré a las puertas de la Alhambra, por regalarme su historia, le dedico mi relato:&lt;/div&gt;                                     &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;...&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Amaba Japón.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Desde siempre había crecido con la ilusión de viajar algún día al país del sol naciente. Anhelaba recorrer sus calles y conocer sus gentes. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Conoció sus primeros dibujos animados antes que nadie gracias al padre de un amigo suyo que era capitán mercante y surcaba los mares y los océanos conocidos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y tuvo que callarse cuando apostó por Japón en la segunda guerra mundial, cuando no tuvo piedad de los otros que querían apagar ese sol  con las primeras lluvias atómicas. Defendió a los nipones siempre. Voló, triunfó y murió con los camicaces que fenecían enterrándose entre el fuselaje de los acorazados enemigos. Y nunca dejó de amar ese país.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cada vez que le preguntaban de dónde le venía ese amor patrio por las razones orientales no sabía qué contestar. A veces decía que la culpa la tenía Don Basilio, un maestro republicano que les mostró  la bandera. Se enamoró de ese sol siempre rojo intenso. Y empezó a estudiar y a imitar sus costumbres. Cada día le preguntaba al profesor qué comían, cómo dormían, qué hábitos, en definitiva, conformaban su estilo de vida.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Poco a poco Japón se fue instalando en su vida. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y poco a poco creció. No hubo remedio, así que Japón cedió su lugar a otros más exóticos portados de la mano de los escritores que fue conociendo. De vez en cuando volvía a acordarse del país adoptivo. Y sentía pena porque cada vez eran menos las veces que visitaba, que vivía, que cerraba los ojos para caer en manos de una geisha.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A los veinte años dejó el conservatorio aburrido de la doctrina musical. Quería ser autodidacta. Quería libertad para aprender en libertad. Quería sus ratos y sus silencios y quería comprender el mundo y sus habitantes. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aprendió  lo suficiente y se vio recompensado con una plaza de profesor de guitarra en una academia de flamenco en el Sacromonte granadino.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando conoció a kasumi tenía veinticinco años. Estudiaba becada en la universidad. Y era alumna en la academia donde él enseñaba. Aprendía a bailar. Y entre clase y clase, espiaba las dotes para la docencia musical de Matías.  Kasumi amaba el movimiento de sus manos. La calidez de sus notas. La elegancia de su mirada concentrada mientras la guitarra lloraba unas veces, se lamentaba otras y hablaba siempre.  Decidió que aprendería a tocar. Solicitó al director del centro que le dejara instruirse junto al joven profesor. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando la vio supo que era japonesa. Se cercioró en cuanto sus intenciones se exploraron. Cuando sus ojos fueron derramando la mirada por el atlas de su fisionomía. La cortedad de ella, la manera de darle la mano sin obsequiarle con la mirada. El temblor de sus labios. La opacidad de su acento. Y él, solícito, aceptó descubrirle los secretos de las seis cuerdas. Las clases serían particulares en el piso que compartía con algunos compañeros. Sellaron un pacto de reciprocidad: Ella le enseñaría el idioma nipón y él le descubriría los secretos de la guitarra.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que cada día, después de las clases en la Facultad, se dirigía al piso de Matías. Le gustaba ese lugar. Disfrutaba ese paseo que acompaña a la Alhambra junto al río Darro. Le gustaban los árboles centenarios, el sonido del agua, la luz del otoño casi infinito bañando la ciudad nazarí. Leía a Lorca, sentada en alguno de los puentes, cuando él se retrasaba. Era una procesión que acababa en el barrio del Albaicín.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Durante la primera hora tomaban café y tocaban la guitarra. Durante la segunda hora tomaban té y hablaban japonés. Docencia y aprendizaje. Cada vez con más soltura fluían los verbos y cada vez eran más los dedos que afinaban y construían notas yacentes sobre las palabras pronunciadas.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Durante un año aprendieron los dos lenguajes. Se defendían;  él hablando japonés y ella acariciando las cuerdas para lograr una liturgia digna con el instrumento del que se prendó.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella se enamoró de la música y de la ciudad. Él se enamoró de ella y de su país. A menudo salieron juntos a contemplar el atardecer desde el mirador de San Nicolás. Y la noche los encontraba silentes, unidos por el cordón umbilical del deseo recién nacido.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siguieron juntos hasta que el destino los separó. Pensaron que sería temporalmente.  Erraron el pronóstico. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El director de la escuela de flamenco le anunció que les contrataban para realizar una gira por Japón y Corea. Les hacía falta un segundo guitarra. Aceptó sin pensárselo dos veces. Nunca pensaba dos veces las cosas en la vida. Nunca sometía a ningún tipo de estudio sus necesidades y sus preferencias. Nunca pedía ayuda ni consejo. Esta vez no hizo excepción alguna.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le explicó a Kasumi lo de la gira. Y ella, en un español envidiable, le contestó que por fin su sueño se haría realidad. Conocería su país.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dedicaron los tres meses que faltaban para el inicio de la gira a despedirse. A desacostumbrarse. Los paseos maratonianos dejaron paso a escuetas caminatas preceptivas. Las clases de guitarra fueron silenciándose. Y el idioma nipón se fue congelando en los labios de Matías cada vez que éste murmuraba algo tras besarla.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella lo acompañó al aeropuerto. Se despidieron en japonés y como japoneses. Dignos. Ni una sola lágrima, ni un abrazo candoroso. Un escueto beso silencioso y unas miradas anegadas que gritaban desesperadas.&lt;/div&gt;   &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La gira derivó en varias giras por países asiáticos.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después de cada recital escribía una carta que depositaba en la entrada del hotel donde se hospedaba. Y cada tres semanas recibía respuesta. Así estuvieron hablándose con las misivas. Queriéndose con las letras impresas llenas de dibujos y símbolos. Así estuvieron hasta que la correspondencia cesó. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nunca supo si fueron los cambios de hotel. Nunca supo qué fue realmente. Pero apremiaba al director a volver a Granada tras cada gira. Y tras cada gira, un éxito, tras cada éxito, otros contratos.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A los once meses volvió a Granada. La buscó en los sitios acordados. Paseó por la ciudad a todas las horas del día. La esperó en los bares donde conversaban y tocaban la guitarra. Montó guardia en la entrada de la Facultad. No dejaba de pensar en lo que le contaría de Japón en cuanto la viera. Sus experiencias, los éxitos cosechados y la promesa de nuevos recitales.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El otoño fue muriendo en los brazos impiadosos del invierno. Otras giras sin saber de ella. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Regresó a Japón y por las calles de Tokio la buscaba. En los bares, en los paseos tras el primer café del día. Tomaba té para mojar sus labios con el sabor de su recuerdo. Pensaba en Kasumi mientras ensayaba y la buscaba con la mirada entre los asistentes sentados en la platea.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Abandonó la compañía a principios de los años ochenta. Buscó refugio en la lectura y en las clases particulares que impartía a los extranjeros universitarios. Pero ella no era ninguna de las personas que requerían sus enseñanzas.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Con lo poco que ahorraba viajaba cada dos años a Japón. Practicaba el idioma y la melancolía practicaba con él.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hizo caso omiso a la necesidad de opositar para acceder a una plaza de profesor en el conservatorio de la ciudad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cada vez los viajes a Japón se fueron espaciando más en el tiempo. Pocas veces no pensaba en ella cuando estaba en los brazos de otra mujer. Nunca le sedujo otro país ni le llamaron la atención otras costumbres que no fueran las niponas. Nunca iba al cine excepto cuando proyectaban alguna película donde tuviera como protagonista al pueblo japonés.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Miraba cada día el buzón. Facturas. Y cuando cambió de dirección, de vez en cuando volvía a su viejo piso del Albaicín. Se sentaba en algún bar a los pies de la Alhambra y se tomaba un café con leche muy caliente o un té muy caliente, mientras esperaba al cartero. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Lo asaltaba dejando la consumición a medio tomar y le preguntaba si tenía algo para él. Siempre fue negativa la respuesta. Ella nunca volvió por carta.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dejó de frecuentar esa parte de la ciudad. Dejó de viajar a ese rincón donde la memoria guardaba su otrora vida naciente.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como si le debiera algo al destino, acabó tocando por calles y plazas. Llegaron ofertas de festivales menores. Tocó cuanto supo y cuanto pudo. Y cuando empezó a cantar, supo que la locura se estaba apoderando de él. No sabía de dónde venía. No conocía los motivos por los que lloraba por las noches. Tampoco  cómo había llegado a ese punto de no tener nada. Ignoraba  lo mucho que duele el corazón cuando está vacío así como las muchas veces que estalla la cabeza cuando los recuerdos luchan por salir.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un día se levantó temprano y recorrió el camino del Rey Chico. Subió la cuesta que llega hasta el patronato. Se quedó mirando los autobuses llenos de turistas. Rebosantes de gentes ávidas por conocer el país del agua, los palacios y jardines del reino nazarí.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se sentó en el banco que quedaba libre. Y saludó a nadie en japonés. Habló en la lengua nipona a su recuerdo. Pensaba en ella. Musitó algo y las personas que bajaban del autocar se le quedaron mirando.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le preguntaron y contestó a cuantas preguntas le formularon. Maravillados. Asombrado. Tenía voz, otra vez. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cada vez que llegaba un autobús, el mismo proceder. Miraba cómo lo observaban. Y saludaba en japonés. Y fluía la conversación y el asombro  se tornaba en admiración.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los estudiantes universitarios que subían hasta los palacios para estudiar la cultura y la arquitectura del reino moro, se dirigían hasta donde descansaba. Hablaban con él. Le pedían consejo: qué entrada era la mejor, cómo decir en español esto o aquello, cómo solicitar ayuda a alguna azafata.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y al final del día, cuando los turistas se retiraban a su merecido descanso, o cuando los estudiantes regresaban a sus campus; viejo, cansado y vacío emprendía el camino de regreso por el Paseo de los Tristes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Arribaba a su piso, cenaba sin ganas y se tumbaba en la cama mientras la radio escupía las noticias recientes. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sólo deseaba que las primeras luces del día no se demoraran mucho.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero no fue el sol quien lo despertó una de esas mañanas. Desde la calle atronó la voz:&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¡Eh! ¡Matías!&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La voz no le era familiar, pero se asomó al escuchar su nombre. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un hombre de unos cuarenta años le preguntaba si podía bajar. Tenía algo para él. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando abrió la puerta reconoció la figura de su antiguo cartero.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Joder, hombre, llevo detrás de usted tres meses. He tenido que movilizar al cuerpo de correos de Granada para dar con usted. ¿Se acuerda de mí?&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Claro, claro que me acuerdo. Usted es el cartero del Albaicín. ¿Alguna multa, algún requerimiento de la alcaldía?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Diría que no. Yo no hablo japonés. No sé usted.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sostuvo el sobre en la mano. Apretaba con fuerza, como con miedo a que las letras se desvanecieran. Acariciaba los símbolos familiares que conformaban  el membrete. Buscaba qué decir, cómo decir. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sólo pudo esgrimir un lacónico agradecimiento dos veces:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Gracias, gracias.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No sabía cómo despedirse del cartero. Cómo agradecerle la carta que sostenía en las manos y que sus ojos estaban a punto de devorar. Le ofreció café que el funcionario de correos rechazó con mirada cómplice.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Antes de irse le hizo prometer que otro día le acompañaría a comprar una guitarra para su hijo, justo ahora que empezaba a aprender. Aceptó. Claro.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se quedó  a solas con las letras que le retornaban a esos días de soles nacientes y futuro incierto. Y pronunció su nombre antes de volver a ella:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Kasumi&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-4408629659878605744?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/4408629659878605744/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/12/kasumi.html#comment-form' title='97 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/4408629659878605744'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/4408629659878605744'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/12/kasumi.html' title='KASUMI'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SxRwmfRrsxI/AAAAAAAAAeg/eOAvba-6tjQ/s72-c/IMG_0909.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>97</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-1201752238629603428</id><published>2009-10-15T09:54:00.011+02:00</published><updated>2011-08-19T10:57:26.831+02:00</updated><title type='text'>LA CAJA DE COSTURA</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/StbcLFFf2oI/AAAAAAAAAdQ/OgdROZDM3CY/s1600-h/38327480_2.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 161px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/StbcLFFf2oI/AAAAAAAAAdQ/OgdROZDM3CY/s320/38327480_2.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5392739686724655746" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi abuela tenía una caja negra con motivos chinos en la que guardaba los hilos y las agujas y demás enseres relacionados con la costura.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me fascinaba verla enhebrar, hilar, tejer, desmadejar con la soltura de una artesana de los filamentos textiles.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los viernes por la tarde me sentaba a su lado y mis ojos se posaban en sus manos. Y en sus ojos. Me miraba mirarla y preguntaba  si no tenía nada mejor qué hacer. No. Nunca tenía nada mejor que hacer cuando sus manos hacían desaparecer cual maga, descosidos y rotos. Y sus dientes partían el hilo, dejando el botón sujeto a la pernera, a la manga, al sitio, siempre, más adecuado.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siempre me pregunté de dónde habría salido esa caja. Si antes de contener hilos contenía galletas, si después de las galletas y de los hilos, guardaría algún secreto que las manos viejas y los dedos diestros pondrían a buen recaudo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi abuela escenificaba todo un ritual. Y yo, con mis ojos vivaces, emocionado y expectante la acompañaba en su peregrinaje por las rutas de la seda doméstica. Sigiloso. A veces parapetado tras una puerta. O detrás de una muralla ficticia. O escondido sin miedo a ser descubierto en alguna trinchera sucia y mojada como las que separaban a los enemigos en esas guerras interminables que mis oídos habían vivido. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se quitaba el delantal que la había acompañado todo el día. Desde su estreno sirviéndole el primer café a Juan, mientras cocinaba, mientras lavaba, mientras era seguida por una manada de gatos ronroneantes que querían su ración de comida, mientras tendía la ropa al sol. Se acercaba al armario que había al lado del primer televisor en color que mis ojos disfrutaron, esa caja inteligente cargada de globos que ascendían por los cielos de uno en uno.  Abría la puerta, encorvaba su cuerpo enjuto  y cuando se giraba, como por arte de magia, allí estaba la arqueta. La acariciaba mientras su mano libre buscaba los pantalones, las camisas, las ropas descosidas, los botones díscolos que siempre se caían solos y que un servidor intentaba en vano denunciar que nunca eran consecuencia de  mis juegos asalvajados. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y por fin se sentaba en el sillón rojo, debajo de la ventana, y mientras la tarde moría, ella remendaba, sacaba del coma textil, resucitaba algunas prendas que habían fallecido en las contiendas infantiles.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salía de mi escondite y me sentaba cerca de ella. Y entonces me instaba a irme al patio. O a jugar con mis hermanos, o a ver qué andaría haciendo mi abuelo en su huerto. Pero no. Me quedaba allí, velando ese rato de intimidad. Escudriñando su arte. Escuchándola cantar alguna copla de la época, oyéndola rezar a veces y pedir por su familia, siempre. &lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi abuelo sufrió una angina de pecho. Lo ingresaron y durante dos semanas mi abuela vivía en la habitación blanca y azul, fría, inhóspita del hospital provincial de Granada.  Aproveché su ausencia para coger la caja metálica con motivos del lejano oriente. Cada día hacía el mismo ritual que había visto escenificar a ella. Alimentaba a los felinos domésticos, paseaba por la casa, me acercaba al armario junto a la tele en color que en esos momentos emitía una carta de ajuste que conducía a la programación infantil. Y con ese baúl en mis manos, me sentaba en el sofá y miraba su color. Acariciaba su color. Miraba esas figuras que resaltaban sobre el fondo oscuro. Esas féminas de vivos colores y ojos rasgados bajo una sombrilla. Esos agricultores arando el campo. Ese sol oriental sostenido por un cúmulo de nubes blancas. Y la niebla derramándose por esos bosques de eucaliptus que escondían, seguro, al gran oso panda.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Viéndome solo. Sabiendo que nadie me miraba, conociendo los escondites de la casa como si los hubiera creado yo, abrí la caja, vacié los hilos, las agujas y demás aparejos y la escondí detrás de la chimenea. En casa de mis abuelos había dos chimeneas. Una en el comedor, de adorno y otra en la gran cocina, que se encendía en invierno y permanecía activa hasta los templados primeros días de la primavera.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Escondí la caja en la primera. En la del comedor. En la que servía de adorno y la que nunca había visto vestida de lumbre. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi abuelo tardó más de lo previsto en recuperarse. Y mi abuela nunca recuperó el hábito de la costura. No echó de menos su caja. Y al no verla actuar como lo hacía antes de que enfermara el viejo de la casa, no la seguí. Perdí el interés. Y es que el interés, en la conciencia de un infante, es frágil como los árboles caducos en manos del otoño. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De vez en cuando miraba mi tesoro escondido. Si hubiera notado algo, si ella me hubiera preguntado, seguro habría confesado ipso facto. Pero no. No preguntó. No siguió tejiendo, ni hilando, ni enhebrando como lo hacía tiempo  atrás. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después, más por miedo que por otra cosa, por verme sorprendido mirando mi cofre, acariciándolo, temiendo un castigo severo por haber cometido semejante hurto, dejé de frecuentar la chimenea. El escondite refugió mi olvido.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fui creciendo y fui olvidándome de la caja. O eso creía yo. Pero muchas veces, cuando he visto a una vieja cruzar la calle, me he acordado de mi abuela y su caja de hilos. Otras veces, cuando he visto una caja de costura que no tiene nada que ver con la que descubrí en mi infancia, me he acordado de mi abuela cruzando las calles de su vejez. De mi abuela tejiendo y remendando. De mi abuela, sirviendo el café de las cinco a mi abuelo. De mi abuela,  sentándose pesada por los años en el sofá bajo la ventana que daba al patio. De mi abuela, acariciándome con sus palabras y preguntándome con la mirada. &lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pasaron los años, como anuncian las canciones, y la Unión Soviética se desintegró. Se volatilizó el socialismo. Cayó la Europa comunista. Erró la nueva política que sustituyó a los antiguos rojos dueños de martillos y de hoces. Países que dejaron de ser países. Pueblos que consiguieron soberanía propia. Hermanos que se mataron y pueblos que se hermanaron en un abrir y cerrar de ojos. Un mapa nuevo para un continente cada vez más anciano, casi decrépito.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A mi familia le pasó más o menos lo mismo. Se desintegró. Poco a poco los padres dejaron de hablarse con algunos hijos. Algunos hijos con algunos de sus tíos. Algunos tíos con los cuñados y así sucesivamente. Al final, el fin. Cada vez que volvía a la ciudad por vacaciones, visitaba varios clanes.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hace poco visité uno de esos clanes. El de mi tío Daniel. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hacia él me dirigía cuando me paré delante de la que había sido la casa de mis abuelos durante tantos años. Me quedé mirándola. Hogar, un viejo hogar.  El sol la bañaba y resbalaba por sus muros blancos y desconchados. Las plantas crecían salvajes en el tejado. Las tejas, rotas la mayoría, escupían un polvo rojo sobre los manzanos podridos que rodeaban el patio exterior.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Rodeé la casa. Acaricié las verjas oxidadas de las ventanas devastadas por los años. Pisé las hojas que formaban un tapiz mortuorio. Miré la huerta devorada por la naturaleza. El suelo yermo se hundía bajo mis pies. Andaba con miedo, como si temiera romper las ensoñaciones sobre mi pasado.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al poco rato la voz de mi tío me sacó de mis cavilaciones:&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Mario, tengo las llaves de la casa. ¿Quieres entrar?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- La verdad, me gustaría. Más por recordar viejos tiempos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Pues venga, vamos a ver si esta vieja llave se acuerda de abrir. Eso sí,te aseguro que no sé cómo estará. Tenemos que reformarla pues no hemos tocado nada desde que murieron…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- No importa. Sólo quiero echar un vistazo. Saborear el recuerdo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al poco nos encontrábamos en el centro del viejo comedor. Cuando paseaba mi niñez por esa casa, pensaba que ya era vieja. Que no le quedaba mucho tiempo de vida. Que seguro, mi abuelo, contrataba a algún albañil del pueblo y se ponían a quitarle años… &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero todo seguía igual: Los viejos sofás cubiertos por una sábana. Las sillas encima de las mesas. Las estanterías repletas de polvo y de libros. Los utensilios en la cocina, bien alineados, mal conservados. Las camas cubiertas por colchas viejas y raídas. Los cuadros religiosos, los rosarios contadores de oraciones, la biblia en la mesita sagrada de mi abuelo. Recorrimos el viejo caserón. Pisamos el patio interior. Mi memoria recuperó algunos maullidos. Miré en derredor, visité los rincones donde mi pasado se escondía como un niño chico.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Estábamos a punto de abandonar el sitio para siempre. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al pasar por delante de la chimenea que nunca hizo honor a su nombre, me paré. Mis ojos se fijaron en el hueco que quedaba detrás. El mismo que servía de escondite para mis tesoros.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Metí la mano, ante la extrañeza de mi tío. Tanteé y acaricié con la punta de los dedos algo metálico. No recordaba que fuera tan estrecho. Claro que los niños se meten por cualquier rincón.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me giré hacia donde estaba el hermano pequeño de mi madre. Le mostré la caja y le dije que la había escondido ahí hacía mucho tiempo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La desempolvé. &lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¿Qué contiene la caja? –me preguntó-&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- El esqueleto de mis sueños, supongo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salimos otra vez al sol.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A los pocos días volví a Girona.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y ahora siempre que mis dedos acarician historias, extraigo la caja de costura del recién estrenado escondite. Y la abro para mirar en su interior y contemplar el paisaje y los pasajes de mi infancia. Después, una vez saciada mi alma, la devuelvo a su sitio y me siento delante del ordenador.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y dibujo sobre un lienzo de palabras mis historias en un intento desesperado por resucitar mis sueños difuntos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-1201752238629603428?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/1201752238629603428/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/10/la-caja-de-costura.html#comment-form' title='73 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/1201752238629603428'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/1201752238629603428'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/10/la-caja-de-costura.html' title='LA CAJA DE COSTURA'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/StbcLFFf2oI/AAAAAAAAAdQ/OgdROZDM3CY/s72-c/38327480_2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>73</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-6739149881016978756</id><published>2009-08-29T22:10:00.004+02:00</published><updated>2011-08-19T10:58:29.451+02:00</updated><title type='text'>SU CAFÉ</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SpmaUA5LnzI/AAAAAAAAAcI/yMopCwllkdc/s1600-h/cafe_paris.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 224px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SpmaUA5LnzI/AAAAAAAAAcI/yMopCwllkdc/s320/cafe_paris.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5375497298871295794" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me ha despertado el aullido del teléfono. Irreverente. Una vez, otra vez.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tengo la voz silenciada. Voz sin cuerpo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me da tiempo, antes de descolgar de saber que son las ocho de la mañana. La voz de mi mejor amiga quiere parecer la de ese príncipe. Y ella no sabe que yo sé que no quiero ya, nunca ya, un príncipe.  O sí, un príncipe solícito que me deje dormir por los siglos de los siglos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No me deja hablar. Sólo anuncia  que en media hora estará en casa. Que tomaremos café. Que hablaremos. Lo sé: hablará ella. Escucharé yo. Querrá que hable yo. Querré seguir escuchando. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Es mi último día en la ciudad. Busco un exilio para mí. Una huída. Pero muchas cosas han pasado. Me he separado de él. Y no consigo separarme de él. Está a la vuelta de la esquina. Mis pensamientos corren una y otra vez, todas las veces del mundo a esa esquina. Viven ahí, mientras que yo, con mi cuerpo, con mi alma huérfana de alegrías, con mi vestido de amargura habito esta madriguera de ochenta metros cuadrados. Ochenta metros cuadrados de sueños rotos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras tanto me ducho, me maquillo, me embadurno, como le gustaba definirlo a él. Mientras tanto busco unas zapatillas, cubro mi cuerpo con un albornoz robado en aquel hotel. Claro que ya no se roban los albornoces. Los dejan ahí para que te los lleves cuando gustes. Y yo siempre he gustado mucho. Así que también en este piso se quedarán muchas prendas que han sobrevivido a noches de hotel. Noches de amor. Noches de pasión. Noches. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Paseo por la terraza. Mi voz se materializa. Enciendo un cigarro para someterla al silencio. Fumo y pienso. Lloro y fumo. Pongo la cafetera. Dios mío, cómo está todo. Botellas vacías.  Ceniceros llenos. Desorden en perfecto estado de revista. Aquí tendrían que venir los de Ikea a rodar uno de sus anuncios sobre la libertad  de no sé quién y la república de no sé dónde.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Crespo me regala sus mimos. Sus ronroneos. Mi buen Crespo. Lanza zarpazos a diestro y siniestro persiguiendo un bicho que sólo él ve. Me sigue a todas partes. Es un verdadero príncipe azul. Acaricio su lomo. Golpea con su nariz fría y rosada mi brazo, mis piernas.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ana es puntual. Para desgracia mía, nunca ha sabido no ser puntual. Crespo la increpa. Con sus patas la busca, quiere una ración de caricias. Pero ella no quiere gatos. No animales de más de dos patas. A lo sumo hombres entre las piernas y pájaros en la cabeza. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Entra en casa como la marabunta, como siempre. Arrolladora. Su exceso de energía me nubla la vista. Su exceso de palabras aniquila las mías. Quiero un abrazo mudo. Quiero un abrazo que no hable. Pero sé que se pondrá a llorar. Que querrá convencerme. Aún así no me dejaré convencer. La decisión está tomada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La cafetera avisa justo cuando iba a empezar a hablar. Nos miramos y cumplimos con el ritual. Ella me ayuda con las tazas, el azúcar y las cucharillas también robadas de no sé qué sitio. Coge unas galletas y unas servilletas de papel con motivos gatunos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Busco un cigarro entre los objetos dispersos que han tomado posiciones en la mesa de centro. Le ofrezco uno a ella. Y durante unos segundos deliciosos sólo fumamos y nos miramos. Y observamos y sabemos que digamos lo que digamos no nos vamos a dejar convencer.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi mejor amiga empieza a hablar. Mientras sacude las migajas de galleta que muerdo con desgana y arrecian sobre mi albornoz. Busca las palabras. Las mide. Las pesa. Las piensa, contra todo pronóstico, antes de pronunciar:&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Estás segura. Creo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Crees bien. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- No puedo hacer nada para que te lo replantees. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- No. No puedes hacer nada. He hablado con la empresa. Está todo listo. Sólo me queda irme. Sólo París espera.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una conversación estúpida. Sin adornos. Ella sabe que mi decisión es irrevocable. Que me tengo que alejar de todo. Que cada vez bebo más y vivo menos. Que mi empresa tiene en París una delegación. Joder, al menos es en París. Si fuera en Siberia, igual, no sé… tendría que replanteármelo. Que quiero empezar de cero. O de uno y pico. Pero tengo que alejarme de todo lo que quiero y de todo lo que no me quiere. Si mis recuerdos quieren viajar conmigo, allá ellos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella sonríe. Y llora, poco después. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me contagia tornando mi sonrisa en llanto.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me abraza.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y la conversación busca desembocadura en este mar de lágrimas.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Ya  tienes atado todo. ¿No te queda nada por hacer?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Todo atado. Todo. Mañana vendrá una chica a limpiar esta leonera. Y no es leonera por Crespo, créeme.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se sirve más café. Me sirve más café. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las dos bebemos ahora en silencio. Ella no sabe qué decir ni cómo decir lo que piensa una vez que se sabe vencida. Y yo no sé qué hacer ahora. Busco pretextos para salir de esta situación. No me apetece llorar más. Estamos tristísimas.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La tristeza de Ana es la que habla. Apenas mueve los labios. Musita:&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Joder qué triste. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Suelen serlo las despedidas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Si estuviera de puta madre y no quisiera renacer, de alguna manera, no me iría. Seguiría naufragando una y otra vez en un océano de alcohol. No quiero acabar así. –añado-&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y la primera mitad de la mañana transcurre entre los humedales que provocan las lágrimas compartidas y mezcladas. Entre café y café. Entre canción y canción que Ana insiste en poner en el equipo de música. Busca balada para una despedida.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ana decide que tiene que irse. Que su empresa ha fracasado. Vuelve de la cocina con la cafetera. Se la queda como recuerdo, tal como habíamos acordado. Me despido evitando que nuestras miradas se encuentren. No quiero que el llanto nos atrape de nuevo. Mañana, en el aeropuerto, tendremos nuestro momento. Sí.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Que sí, que mañana a las ocho en punto pasa a recogerme. Insiste en lo de las ocho en punto.  Que lo tenga todo preparado. Que sí, que todo estará preparado. Que un beso. Que un beso.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El resto de la mañana transcurre. O se escurre entre idas y venidas al banco. Ultimo detalles. Últimas llamadas. Transfiero las cuentas a otro banco. Hablo con la chica que tiene que venir a limpiar mañana. Que se quede con la llave. Que ya le daré indicaciones desde mi nuevo destino. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hablo con la empresa, ahora que mi voz se ha entrenado con Ana y con la de la limpieza. Hablo bien, me hablan bien. Me animan y desean suerte. París, mañana, será otro principio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De manera mecánica, abro la nevera. Y entre restos de serie, encuentro una lechuga, algunos frutos secos, pasas y un huevo que está al límite de la caducidad. Me preparo una ensalada. Como con desgana. No consigo saciar nada. Me tumbo en el sofá. La voz de Sabina me emplaza al templo de las borracheras.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Bajo al bar de siempre, a media tarde.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La radio suena enfurecida. Me siento en la barra y me pido un Gin tonic. Leo el periódico y me canso pronto de tanta estupidez política. Y humana, por supuesto. De tantos goles en porterías contrarias. De los triunfos y las derrotas. El diario sólo es eso: un compendio de triunfos y de derrotas. Como mi puta vida. Qué asco. Cada triunfo es efímero, cada derrota es para toda esta vida. Veremos allí. Veremos.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me acomodo en la barra. La música estridente ha dejado paso a las voces de las personas que entran y salen de este pequeño santuario. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las observo. Son trabajadores. No aparentan ser personas solitarias. Son padres de familia. Son madres de familia. Seguro que disfrutan de un receso en su jornada. Que volverán a sus casas convertidas en dulces hogares. Que hablarán antes de cenarse unos, que reirán antes de convertir la cama en un ring de boxeo otros. Que amarán. Que pelearán. Y, por fin, noche juntos. Mezcolanza de sueños recíprocos. El amanecer los encontrará tumbados, ahítos de amor, sobrados de pasión. Desterrado cualquier indicio de tristeza.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Paseo mi mirada por la barra y por las mesas. Advierto la felicidad de los contertulios que abrazan el optimismo sobre la próxima liga. Escruto el orgullo de la madre que irá, al día siguiente a recoger a sus hijos que vienen de colonias. Beben risas, destilan felicidad. De mi bolso rescato la novela: Trópico de cáncer.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al fondo del local un hombre. Solo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por fin una persona sostiene un libro. No puedo evitarlo. Me gustan los idilios entre las personas y la literatura. Aunque sólo dure las doscientas páginas de la historia. Pero siempre, al final, queda una separación amistosa. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ah, y mis tetas. También las sostiene con la mirada que vuela de letra en letra y de teta en teta. Seguro ha perdido el hilo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vuelvo a mí. Ahora soy yo quien tiene a Henry Miller abierto por la penúltima página. Me seduce esta literatura. Esta forma de vida. O de no vida. Esta maldita manera de no conformase. De revelarse contra un destino que una vez llegado a nosotros quiere violarnos. El método de algunos escritores de enfrentarse al miedo. De escribirlo, de describirlo, de destruirlo destruyéndose. Ese suicidio en cada frase que hace del lector un resucitado.  Porque si estoy triste, no quiero cuentos alegres. Bendita ambivalencia. Quiero a Miller, Nin, Bukowski, Fante y sus historias de amor y odio. Sus verdades, sus mentiras de verdad.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Vuelvo al hombre solo. Sigue en su lectura. En su café. Y su mirada, otra vez en mí. No sé si habrá leído mucho. Lo dudo, al verlo así. Mirando, llevándose la taza a los labios y dejando que la mirada campe por mi cuerpo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y abandono mi puesto de observación en la barra. Con el libro en la mano, con el vaso en la mano, me acerco a él. Y él no tiene palabras para mí. Nos cuesta hablar. Entonces cojo su libro. Lee mi novela. Las mismas páginas que mis dedos separan.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tras una alarde de locuacidad y unas breves palabras y tras mostrarle el libro, le invito a que me invite a sentarme a su lado. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sigue bebiendo de una taza en la que no queda nada. Pero que le sirve de escudo protector. De atalaya. Y me recorre una y otra vez.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pido otro Gin tonic. Pide otro café.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le pregunto si sólo toma café. No se atreve a preguntarme si sólo tomo Gin tonic. No. No deja que sus dudas se conviertan en preguntas lacerantes. Me deja beber. Le dejo beber y mirar. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hablamos de escritores. De obras. De música. De cine. De amores que son, de amores que fueron. De la escritura maldita, aunque redentora. De los escribientes malditos y condenados. Excomulgados por la sociedad. Estoy segura que sólo escribían para el futuro, sabiendo que en sus calles, en las casas cercanas, en los barrios por donde pasaban, en las ciudades limítrofes no encontrarían lectores. Ni apoyo de las instituciones. Escribían mirando hacia delante. Siempre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Él es moreno. De pelo corto. De facciones marcadas. Su mirada expresiva remarca sus gestos. Aunque  apenas mueve las manos, sus ojos no dejan de viajar.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hablamos. Otro Gin tonic.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Café. Sigue buceándome.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Increíble. Hacía tanto que no me sentía así. Así de mirada, de admirada. Los libros lo llenan todo, la música todo lo conduce, el cine todo lo muestra. Repasamos los éxitos. Le recomiendo letras. Me recomienda letras. Es un intercambio  constante. Un fuego cruzado de buenas intenciones literarias, artísticas. Un fuego que abraza. Unas palabras que comienzan a diluir mi día aciago. La vida me ofrece una tregua: deja de dolerme.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aunque ahora hablo menos. Escucho más.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No deja de hablar. No quiero que deje de hacerlo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi mano ha violado varias veces su espacio aéreo. Se ha acercado demasiado. Quiere acariciarlo. Locura. Sí. Locura.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El bar cierra y la camarera me regala la mejor de sus sonrisas. Camaradería femenina.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como en muchas de las películas de las que hemos hablado, quiero la última copa en mi casa. . Le ofrezco café soluble y una colección de libros que adorna mi piso y habita en mi conciencia. Acepta.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cruzamos el puente. La luna descansa en paz sobre la ciudad.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En mi piso, Crespo lanza zarpazos al aire y al visitante. Las botellas se agolpan en la mesa por doquier.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Miro cómo me observa. No me juzga. Sólo quiere libros y sexo. Lo leo en sus ojos. Le preparo el café soluble y me preparo un gin. Mi vista está cansada. Lucho por mantener la calma. Por estar atenta y despierta. Bebe café.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mis ojos  se cierran. Se demora mucho en volver junto a mí. Sigue acariciando los lomos de los libros. Pronuncia los títulos con voz cadenciosa. Cancioncilla de cuna para mí. Lo último que veo es a mi invitado curioseando entre los cedés que se han salvado de la criba de Ana. El cansancio se adueña de mí. No puedo más. Y lo quiero todo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y sueño. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y sueño con sus manos en mis pechos. Con su boca en mis labios. Con su aliento convertido en huracán de placer. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y sueño con sus manos en mis muslos. Con su boca en mis muslos. Con sus labios húmedos regando mi cuerpo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y sueño con sus dedos en mi sexo, con besos infinitos. Tsunami de placer que me arrastra al infierno del goce supremo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Crespo me roza con sus patas. Me despierta. Mi cabeza va a explotar de tristeza. No hay rastro de mi sueño. De mi ayer convertido en recuerdo desde que mis ojos se han abierto. Voces. Voces de conversaciones regresan a mi cabeza. Y su voz encendida. Y mi voz cayendo por el barranco del sueño inoportuno.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Suena el timbre. Es Ana, con esa puntualidad exasperante. Poco a poco recobro la calma. Encuentro mi lugar. En una hora, todo listo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salimos.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El coche está cargado. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le propongo tomar un café en el bar de siempre. Acepta. Sabe que es una prórroga. Un tiempo muerto. Un rato más juntas.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nos sentamos en la mesa del fondo.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Busco su presencia. Apreso su recuerdo. Pido su café.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-6739149881016978756?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/6739149881016978756/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/08/su-cafe.html#comment-form' title='79 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/6739149881016978756'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/6739149881016978756'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/08/su-cafe.html' title='SU CAFÉ'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SpmaUA5LnzI/AAAAAAAAAcI/yMopCwllkdc/s72-c/cafe_paris.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>79</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-452559433849865791</id><published>2009-08-19T00:30:00.004+02:00</published><updated>2011-08-19T10:59:51.485+02:00</updated><title type='text'>GIN TONIC</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SoswAdnbMzI/AAAAAAAAAcA/mbTWHLdptJA/s1600-h/IMG_0586.JPG"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SoswAdnbMzI/AAAAAAAAAcA/mbTWHLdptJA/s320/IMG_0586.JPG" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5371439765077570354" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando tenía dieciséis años compartía curso y clases, juego y vida con un compañero. Le envidiaba en casi todo. Escribía bien. Hablaba bien. Jugaba al baloncesto bien y con elegancia. Aprobaba bien y con solvencia. Ligaba con chicas de su edad. Yo, ni con chicas de mi edad, ni de la edad de nadie.  Supongo era mi Mozart. Y supongo, también, yo era su Salieri. Me pedía ideas y yo le daba ideas que transformaba en historias. Cada relato suyo me hacía temblar. Cada letra suya la quería igualar, al precio que fuera, en un folio. Así que me descubría intentando imitarle. No lo conseguí nunca.  Él seguía insistiendo. Y con esa voz afable, de quien ha roto todos los platos del mundo, me decía:&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Mario, hombre, dime sobre qué puedo escribir. Qué quieres que cuente en mi próximo cuento. Ayúdame una vez más –añadía-&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me lo quedaba mirando. No sabía qué decirle. Cómo decirle que no quería aconsejarle más. Que quería intentarlo yo. Que también podía, que también debía ofrecer y regar las conciencias ajenas con historias verdaderas y con historias inventadas. Pero cedía. Siempre le daba un hilo conductor. Se lo presentaba, le hablaba sobre algo y ese algo lo convertía en relato. Y volvía a maravillarme su facilidad para la prosa. Para inventar. O para contar, casi sin inventar. Eran historias hondas, que llegaban, que golpeaban unas, que acariciaban otras. Que te convertían en un personaje más. Que te conferían motivos suficientes para soñar o para despertar de alguna pesadilla.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hace cuatro años murió de un infarto. Acabo de enterarme ahora, mientras tomo café y cuando la noticia funesta me ha llegado a través del teléfono móvil. Estoy sentado al fondo del local, escuchando música y oyendo las voces de los devotos asesinar el silencio. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Anoto en mi cuaderno estas notas y rescato del pasado su voz. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siempre tuve la esperanza de ver algún libro suyo publicado. Y el miedo, antesala de la envidia asesina de ilusiones, también.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En la barra hay una mujer que me mira y que no es camarera y que con su mirada no me interroga, no me demanda qué quiero tomar o no me insinúa que llevo media tarde y una porción considerable de vida, sentado en ese sitio. Entre libros. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Es una mujer morena. Sin edad. Las mujeres morenas que atraen mi mirada no han tenido nunca edad. De pechos preciosos, de pelo precioso, de pechos preciosos. Es una mujer que me ha quitado el hipo y las últimas penas añadidas a mi colección de almas escritas y nada redentoras. Sostengo en una mano el móvil por el que acaban de notificarme el fallecimiento de mi amigo, antiguo compañero de clase, mi Mozart en las distancias literarias cortas. En la otra mano, tengo el libro que he empezado a leer. Mi mirada sostiene sus tetas. Mi deseo sostiene la posibilidad de que su mirada se transforme en pasos.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella sigue estudiándome. Y empiezo a perder la esperanza. Vuelvo a mi novela. Con esos personajes que uno siempre acaba adoptando como suyos.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al cabo de un rato es su voz la que desplaza el silencio:&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Puedo preguntarte qué estás leyendo?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como a mi voz le cuesta subirse al carro de mi deseo, levanto la cabeza con la esperanza de que sean mis ojos los que traduzcan… que sea mi mirada la que le comunique qué libro descansa cerrado sobre la mesa.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Su mano cruza por delante de mí. Rozando mi pelo, rozando mi hombro. Rozando.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Coge el libro y me dice que le encanta Henry Miller. Un personaje que amaba tanto los verbos como las mujeres. Que conjugaba tan bien y que conciliaba tan mal. O no conciliaba.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras ella acaricia a Miller y pega su cuerpo a mí, bebo un poco de café. Me cercioro que no me queda más. No podré disimular mi mirada parapetándome, posando mis labios en la taza.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En estos momentos envidio al novelista norteamericano. Las manos de ella lo siguen aferrando. Proclama que acaba de convertirse en su novela favorita. Que se ha fijado en mí. Que cuando ve un hombre con un libro en la mano, le encanta meter las narices en su espacio y averiguar qué lee.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y me parece estupendo. Que meta las narices aquí. Mi espacio, mi universo, que gravite cuanto quiera. Le digo que qué bien… que a partir de ahora vendré con un libro todos los viernes hasta que se queden sin café en Colombia. Me sorprendo de mi soltura. De mi atrevimiento. Pero es así cómo sucede. Serán los efectos de la cafeína, que me despiertan los instintos y los pone en primera línea de fuego.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pregunta si me he fijado en la novela que está leyendo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Claro que no me he fijado en ningún libro. Mis ojos sólo han tenido ojos para sus ojos, para sus tetas, para su pelo, para sus manos. Y en sus manos no había nada. Por eso, creo, he vuelto a recorrer la geografía de su cuerpo. Las altiplanicies de su atlas. Es ahora cuando miro y me fijo. Y me concentro. Y veo que tiene un libro en la mano. Que un dedo está a modo de punto de lectura para no perder el hilo. El título queda oculto. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En un alarde de valentía, decidido, alargo mi mano  que sin querer queriendo, acaricia la suya. Le pido que me deje ver. Y sí. Es el mismo libro que estoy leyendo. Los dos compartimos los mismos personajes, las mismas aventuras del americano en París y en los cuerpos de París. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me insinúa que la invite a sentarse junto a mí. Claro. Mis funciones sicomotrices están aletargadas. Parezco descortés.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pide un Gin tonic. Pido otro café.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me pregunta si sólo tomo café. No me atrevo a preguntarle si sólo toma Gin tonic. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como si me hubiera abandonado… como si ya no existiera su cuerpo, sólo la escucho. Hablamos de escritores malditos, de sus legados benditos. Obras que un día te resucitan al tercer capítulo. Que te sacan de tu letargo. Que hacen que tus penas sean nimiedades comparadas con los ajetreos de su no vida. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Eso sí, estamos de acuerdo que serían muy malditos y que disfrutaban de una existencia huérfana, pero que follaban como locos. Y que en eso, al menos yo, también me distingo. Bien… ni escribo, ni tengo tanta pena honda como para necesitar compartirla con un montón de lectores, ni follo lo suficiente como para hacer sentir envidia a una morena de pechos generosos como la que me regala ahora su sapiencia literaria.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hablamos de los nuevos escritores, postulantes a malditos. Coetáneos que los imitan fructuosamente unas veces, y con mucha pena y ninguna gloria, otras.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Seguimos hablando largo y tendido. Largo y tendido, ella. Largo y rendido, yo. Repasamos los últimos éxitos. Otro Gin tonic. Otro café. Hablamos de música. Hablamos de cine. Hablamos de bares con encanto. Hablamos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los apóstoles de Baco abandonan el Santuario. Las gentes vuelven a sus casas. A sus trabajos nocturnos. A pasear sus mascotas, sus tristezas, sus monotonías. Nos quedamos solos. Las sillas se agolpan sobre las mesas y un camarero recoge los últimos restos de cigarros, papeles. La radio ha dejado de emitir. Sólo su voz. Sólo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La voz de final de sesión hastiada de la camarera nos emplaza a que volvamos al día siguiente.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salimos a la noche. Sus palabras suenan melosas. Pero melosas como las de las películas que uno acostumbra a ver los viernes, los sábados, los domingos, entre libro y libro, como esas voces femeninas que preceden a los jadeos:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Si me acompañas a casa sólo puedo ofrecerte libros y café soluble. No tengo cafetera. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ante semejante panorama no puedo decir que no. Obvio. Así que con lo que me gusta a mí el café soluble y los libros, nos dirigimos a su hogar, dulce y etílico hogar.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al abrir la puerta penetro en un mueble bar. Botellas por todos sitios. Un gato arañando la soledad. Dándome la bienvenida. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como por arte de magia blanca y hostelera, sale de la cocina con un café en la mano, un Gin algo en la otra. Bebe y deja de hablar. Me doy cuenta de que su voz ha enmudecido cuando me giro desde mi posición, frente a la estantería que contiene su librería. La veo tumbada en el sofá. La falda levantada. Los muslos desnudos. Me agacho a mirar más. Me olvido de los libros. Me acerco a sus pechos. A su boca. A sus muslos. Pero no hay nada que hacer. No. Duerme. Y, creo, creo, que ni un ejército de príncipes azules la despertaría. Harían falta muchos besos. Y los míos, acelerados, quemantes, no servirían.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De su estantería cojo prestado un libro de Miguel Delibes: Las Ratas. Empiezo a leerlo sentado a su lado. Mis manos pasean por las páginas del libro. Y mis manos pasean por sus muslos. Ella gime de sueño. Bosteza. Se despereza. Cambia de posición y no puedo seguir, justo cuando estaba a punto de bucear entre sus bragas. Nada que hacer. Mucho que leer. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Llego a la página cien del libro. Encendido. Con los ojos como platos y la polla a punto de morir de inanición.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me levanto y decido marcharme. Enfadado. Contento. Rabioso. Tristemente, dolorosamente empalmado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Como venganza, opto por llevarme el libro. Pienso que el próximo día que la vea en el bar se lo devolveré. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No hay próximo día.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La chica del bar me dice que no ha vuelto por allí. Me acerco hasta su casa. Tampoco hay rastro de ella. Miro en su buzón. Nada. Monto guardia. Me aburro pronto y vuelvo a la cafetería.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sentado en el rincón de siempre, con los parroquianos de siempre, con las voces que salen de la radio, con mi libro, con mis sueños. Levantando la mirada, fijándola en el taburete donde ella estaba. Mi cabeza no consigue invocar su nombre. No sé si en algún momento me lo dijo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De vez en cuando paso por delante de su piso. Miro hacia arriba. Mis pasos son lentos, casi procesionarios cuando me acerco a su portal. Acaricio con la mirada los nombres en los buzones. Y acaricio con el recuerdo la piel bajo su falda.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A veces, cuando la memoria caprichosa y recurrente me trae su cara, me acerco a mi pequeña biblioteca y cojo su libro prestado. Acaricio las tapas blandas y envejecidas. Paso las hojas rápido, dejando que el aire que levantan me deje su olor a tiempo vencido. Lo meto en mi maletín y vuelvo al bar, como siempre. Y con él encima de la mesa, al lado de los cafés, bañado por el humo de los cigarros, mis pensamientos me excitan y prenden mi recuerdo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Han pasado los años. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Tengo mujer, dos niños, gato, perro que paseo para exiliarme de mi cotidianidad, cafetera de última generación, cientos de libros leídos y ninguno escrito. Un trabajo. Un amigo muerto. Una princesa dormida, insomne en mis sueños.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y en días insensibles… vuelvo a esa taberna. Siempre con Las Ratas de Delibes, en la mano. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me siento, apoyado en la barra, dándole la espalda al presente y mirando a los ojos al pasado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Un Gin tonic, por favor.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-452559433849865791?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/452559433849865791/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/08/gin-tonic.html#comment-form' title='39 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/452559433849865791'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/452559433849865791'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/08/gin-tonic.html' title='GIN TONIC'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SoswAdnbMzI/AAAAAAAAAcA/mbTWHLdptJA/s72-c/IMG_0586.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>39</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-1100763505197689246</id><published>2009-06-23T00:13:00.005+02:00</published><updated>2011-08-19T11:00:43.071+02:00</updated><title type='text'>ANDRÉS SUÁREZ</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SkAE-d9X1nI/AAAAAAAAAWY/JfMJ6mQr4oE/s1600-h/asuarezAstrolabi06b.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 214px; height: 320px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SkAE-d9X1nI/AAAAAAAAAWY/JfMJ6mQr4oE/s320/asuarezAstrolabi06b.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5350281828556592754" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Te he dejado en la despensa lunas, si acaso es que oscurece.(Andrés Suárez)&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Necesito una canción.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siempre la necesito cuando mis sentimientos atisban en el horizonte narrado el desenlace de una novela. Cuando estoy en perfecta comunión con los hombres y las mujeres y los animales de la obra, me acerco al ordenador. Lo enciendo y en la pantalla fluctuante busco entre mis archivos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Abro carpetas contenedoras con canciones de Sabina, de Serrano, de Aute, de Serrat, de muchos etcéteras y me empapo con sus historias. Descanso el libro sobre mis piernas o lo sujeto con la mano que me queda libre. Mis ojos están clavados en la biblioteca musical, mis sentidos se alinean, se hacen papilla primero y se diluyen  cuando la fragilidad musical de Ismael  llama la atención de mi alma ajada. Meso el libro. Cierro la puerta a la realidad. Vuelvo con mis personajes novelados y los acompaño hasta la estación final.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hace unos meses tenía que repetir esta operación. Tenía que conseguir de Serrano una canción a modo de banda sonora para un epílogo.  Pero empecé a navegar por la red. A buscar nuevos horizontes musicales. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que tras escribir no sé cuantas referencias sobre cantautores en la barra del buscador, me topé con los números cardinales de Andrés Suárez. Escuché la canción obviando la novela que tenía encima de mis piernas. Escuché la canción otra vez y muchas veces esa noche. Me dormí escuchándola. Me desperté recordándola. Caí en la cuenta, durante mi primer café, que el libro seguía en el suelo. Sacrilegio. Sí. Lo recogí. Grabé la canción en un CD y la seguí escuchando en el coche. Después tiré del hilo musical y aparecieron otras. Pero  las Américas musicales sólo se descubren una vez. Y con Andrés no necesité seguir conquistando continentes de canciones.&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi amante acababa de dejarme. Dejó de amarme y de desearme. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me limité desde ese entonces a leer y a escuchar. A asistir a conciertos. A buscar otra media naranja. Me encaramaba a todos los árboles frutales buscando una pieza de fruta con la que saciar mi sed de deseo. Exprimía todo lo exprimible. Y la mujer, una vez descubría la quietud de mi vida, la sensorialidad de mis sentimientos, el vicio puro por la literatura y el cine, decía que era harto aburrido. Que volvía al árbol de la fruta prohibida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y me encontraba en mi apartamento de soltero. Con mi gato de soltero. Leyendo y escuchando. Paseando mi desazón por esos paisajes musicales recién descubiertos. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Surfeando por la red descubrí que Andrés actuaba en Barcelona. Y me decidí. Quería verlo en directo. Disfrutar de sus números cargados de amor y de abandono, de su marinero que naufragó en una isla sin mar. Y quería pasear a golpe de notas musicales por las calles de Santiago de Compostela. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Quería verme ahí, cerca de su voz y de su guitarra acompañado por la que había sido la última mujer de mi vida. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La llamé para invitarla una vez más. Me invitó a que me olvidara de ella. La conversación fue subiendo de tono y acabamos discutiendo como casi siempre que nuestras voces se estudiaban primero y se batían en duelo después.  Y los dos resultamos los perdedores en ese duelo de vocablos altivos, de verbos envenenados, de palabras irreproducibles. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella no pensaba acompañarme ni por todas las canciones del mundo.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Paseaba a las cuatro por la ciudad Condal. Libro en mano, pensamientos en la cabeza. Estaba triste por el desconcierto con Anaïs. Había existido un tiempo en el que por teléfono éramos una pareja perfecta. Antes de que las dudas tergiversaran las verdades piadosas  y las mentiras como puños. Y la realidad enviudó. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me senté en una terraza. Me apetecía como siempre, un café con el que bautizar mis momentos de lectura. Quería olvidar tanto como recordar. Soy hijo adoptivo de una ambivalencia que empieza, también, a hartarse de mí.  Y esos ratos en los bares me ayudaban a las dos cosas. Y, de paso, un paso lento y estúpido, me entretenía peregrinando por los ojos de la morena de este y ese bar. Anidando con mi mirada sus escotes. Y es que la pena con pan, es menos pena.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Levanté la cabeza y vi a un hombre joven sentado en la mesa de enfrente. No suelo fijarme en hombres jóvenes sentados en una mesa de enfrente si no tienen una guitarra en la que apoyar su cuerpo y sus cuerdas vocales. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me levanté y con voz trémula le pregunté:&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdona, ¿eres Andrés Suárez?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se me quedó mirando. Repasaba la situación, buscaba una respuesta ampliada. Y con voz de gallego universal, añadió a mis requerimientos:&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, sí… soy Andrés.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hablé de manera atropellada:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sé que actúas aquí. En Barcelona.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí, en un local del barrio de Gracia. L’Astrolabi. –Añadió-&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Él, supongo, pensaba de dónde habría salido yo…&lt;/div&gt;   &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le comenté que era de Girona. Que había venido a su concierto. Que acababa de descubrir su universo de letras y sus lunas de Santiago. Quería descubrir a qué sabían sus canciones escuchadas de cerca. Quería su voz y el sonido de su guitarra rompiendo la barrera y el espacio existente entre el punto y final de mi novela y su realidad vestida de canción para morir y para resucitar.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Debí parecerle un fan atípico. O muy típico, como casi todos los fans. Pero me invitó a acercarme. Más. Hablamos mucho. Y de todo. De música, de literatura, del precio de las bebidas en Barcelona.  Hablamos con pena de mujeres, y de hombres con la pena de no encontrar esa historia en la que mecerse. Obvié contarle mi separación. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le dije que algún día le conseguiría un concierto en mi ciudad. Todo eso antes de escucharlo en vivo. Que me arriesgaba. Pero la fantasía es generosa y acertada, y la generosidad es un regalo de los dioses de la música, del arte. Y Andrés, por aquel entonces, y por este ahora, sigue sin estar endiosado, sigue apostando por la humanización en sus canciones y en su cotidianidad. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ese día entramos juntos en la sala donde actuaba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras repasaba su trayectoria musical yo repasaba mi trayectoria sentimental. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cantó la que me había llevado a él. Y todas las que conocía desde hacía tan poco. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Justo antes de acabar el concierto, recibí un mensaje de ella:&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Dedícame “aún te recuerdo”…&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le contesté de inmediato. Y no obtuve respuesta. Quería seguir respirando. La llamé y no me contestó. Quería seguir respirando. Marqué de nuevo su número. Silencio. Quería seguir respirando…&lt;/div&gt;  &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Finalizado el concierto me despedí de Andrés. Me abrí paso cual fan, otra vez, entregado y rendido a su música. Nos dimos un abrazo y quedamos en hablar y materializar la idea de una futura actuación en Girona.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Salí a la lluvia. Me sentía feliz por el descubrimiento. Por la emoción in crescendo del momento.  Y triste por no poder compartir con ella todo lo que sentía en ese momento. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El móvil emitió un aviso. Mensaje:&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Quería regalarte el punto y final musical para nuestra historia. A partir de hoy  nuestras vidas dejan de cruzarse. Se independizan. Hoy empieza una nueva vida sin nosotros. Cuídate.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No sé exactamente qué ruegos implorantes contenían los dos o tres mensajes que le envié para que reconsiderara su situación. Pero obtuve silencio.&lt;/div&gt;   &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y me doy cuenta que el tiempo envejece cuando al despertar, muchos días, su recuerdo no me visita. Al darme cuenta, me cuesta respirar. Y me obligo a pensar en ella. A no curarme. Me lanzo a la calle, a recorrer el día, a leer los periódicos como lo hacíamos juntos. O a leer una película en versión original, compaginando séptimo arte y literatura censurada. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Recorro los sitios acordados. Busco por las calles restos de ella. Pero cada vez regreso antes a casa solo. Dejo su eco afuera. Y me entristezco, y me sacude el miedo a despertarme y no tenerla arrinconada en mi cabeza, sujeta a mis sueños rebeldes.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y poco a poco vuelvo a respirar. Y mientras respiro me pregunto dónde está el error. Porque las mujeres, conmigo, son nómadas del amor pasional.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y sin saber qué va a ser de mí, regreso a casa cada noche. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A día de hoy sigo sin encontrar mi media naranja. Extenuado, me exprimo los ojos para hacerle un zumo de lágrimas a mi soledad.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-1100763505197689246?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/1100763505197689246/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/06/andres-suarez_23.html#comment-form' title='38 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/1100763505197689246'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/1100763505197689246'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/06/andres-suarez_23.html' title='ANDRÉS SUÁREZ'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SkAE-d9X1nI/AAAAAAAAAWY/JfMJ6mQr4oE/s72-c/asuarezAstrolabi06b.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>38</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-7683042718918304918</id><published>2009-06-20T23:17:00.002+02:00</published><updated>2009-06-20T23:28:02.726+02:00</updated><title type='text'>RÉQUIEM</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Sj1ULRBZpKI/AAAAAAAAAVo/h7DfB-87rtA/s1600-h/DSCF1223.JPG"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Sj1ULRBZpKI/AAAAAAAAAVo/h7DfB-87rtA/s320/DSCF1223.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5349524484910589090" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Los sábados de mi infancia eran sábados de misa.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y aunque protestara no había nada que hacer. Ninguna excusa que me permitiera librarme de esas dos horas de preparación y oración. Nada. &lt;br /&gt;Algún día no podía asistir porque tenía que ir con mis padres a visitar algún familiar enfermo. O sano, pero una visita al fin y al cabo que me exoneraba de mover la boca imitando los cánticos y los salmos de mis abuelos y de los demás parroquianos hijos de Dios. &lt;br /&gt;Pero nada era lo que parecía. El viejo de la casa me emplazaba a la misa del domingo en el pueblo vecino. Y pocas veces, creo que ninguna, coincidía que tenía que visitar a alguien el sábado y a alguien el domingo. Así que profesaba esa fe tanto si quería yo como si quería mi abuelo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Decía mi abuelo que ese día de la semana, era un día de oración. Santo. Así me lo hizo creer. Y así lo creí hasta que me revelé contra la iglesia y contra los propósitos cristianos de los católicos que iban y venían por ese camino que conducía a la salvación eterna.&lt;br /&gt;Desde que me despertaba, sabía que al final del día me esperaba la iglesia. Nada me salvaba de las plegarias. De las oraciones recitadas en voz alta para que nos oyera el del más allá. Más allá, para mí, porque para el resto, o la gran mayoría, estaba tan cerca que sólo bastaba alzar la mirada para verlo. Yo lo busqué hasta los ocho años, creo. Y siempre que me lo encontraba estaba postrado en los brazos de una virgen quieta, pálida, de mirada tristísima y lágrimas indelebles. &lt;br /&gt;Alzaba la mirada y ahí los veía, encima del cura, a lo suyo, que era la quietud sempiterna. &lt;br /&gt;Para no aburrirme durante las misas, no les quitaba ojo de encima. Buscaba un movimiento, un abrir y cerrar de ojos, una caída del brazo virginal sobre el cuerpo yermo del Cristo redentor. Nunca se produjo el milagro. Y cuando compartía con alguien mis no descubrimientos, me contestaba que andaría obrando milagros a gente más necesitada. Seguro.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Los sábados de mi infancia eran sábados en los que  los milagros tenían fecha de caducidad.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Descubrí que si me portaba mal, me castigaban sin ver mis dibujos favoritos, o sin acompañar a mi padre en sus sesiones de cine del oeste. Pero por muy mal que me portara, de Misa no me salvaba ni el espíritu santo. Otro que nunca vi. Aunque ése tenía excusa y un pasado oculto, sobretodo.&lt;br /&gt;Un día me quedé dormido, apoyado en mi abuelo. Se dio cuenta y me sacudió por el hombro y, entonces, los milagros se cobraron una víctima más:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Con voz tosca me dijo:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-Sal fuera y refréscate. Es pecado quedarse dormido en la casa del Señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le regalé una mirada cansada y tras un santo bostezo salí en procesión a disfrutar de mi recién adquirida libertad.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Bien. &lt;br /&gt;A partir de ese día, mis sábados eran sábados de siesta y patio en la casa del Señor. Pero por poco tiempo. Porque se percataron de mis argucias y un día recién acabado el culto, mis padres me mandaron a dormir instados por mi abuelo que decía que necesitaba descansar. Volví, entonces, a estar sereno y aburrido todos los días seis de la semana, de siete a ocho de la tarde. Y volví a ver a la Virgen, con esos ojos  otoñales y al hijo en su regazo. Nunca se movieron para mí. Nunca. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;He contado que asistía a misa con mi abuelo. Sí. Cierto. Y me sentaba a su diestra cual personaje del Credo. Pero cuando tuve más edad me sentaba, como un niño mayor en los bancos cercanos al cura. Sacerdote que nos miraba con ojos inquisidores. Y si nuestro comportamiento no era digno de un buen cristiano nos abroncaba con esa voz terrible, seca, autoritaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Los sábados de mi infancia eran sábados de juegos, de vida, de duelo y de muerte.&lt;/strong&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace días paseaba por el barrio viejo de Girona.  Buscaba, creo creer, una primavera en la que exiliarme.  Me visitó el recuerdo de esos sábados de mi niñez. Pero uno en concreto. Y cuando un recuerdo invade tu espacio vital, no te abandona hasta que lo escribes, diría Miguel Delibes, o hasta que lo compartes con alguien, que diría un locutor de radio cuyo nombre no recuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contaba con diez años y disfrutaba ya de esa especie de independencia eclesiástica: Me sentaba en el banco de los niños mayores. &lt;br /&gt;Al acabar nuestra condena santa de ese par de horas dedicadas a los cánticos y a las oposiciones del alma a la salvación, salíamos a la calle en desbandada. Y a las puertas del cielo, volvía el fútbol. Cogíamos las armas que habíamos dejado en las trincheras de juegos abandonadas por una causa santa aunque injusta para nuestra edad. Y jugábamos hasta que la noche se cerraba y hacía imposible adivinar si había sido gol o el enemigo había sido abatido por nuestras balas imaginarias. Y las voces de las madres reclamaban a los hijos para cenar.&lt;br /&gt;   &lt;br /&gt;Mi hermano y yo iniciábamos el regreso. Recuerdo esa vuelta a casa siempre. Veo los chopos que guardaban el camino y nos acompañaban hasta cerca de nuestra vivienda. Otras veces veo el cielo iracundo cargado de nubes que descendían sobre la vega de la ciudad mora. Huelo la lluvia fina. Y la veo convertirse en un látigo con el que el cielo me fustigaba por mis pecados vírgenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una de esas noches. Una noche sin luna, fría como la muerte. Caminábamos juntos, casi pegados. Sosteníamos nuestras historias. Nos decíamos lo bien que jugaba él a fútbol y lo mal que se me daba el juego de la pelota a mí. Lo mío era soñar, y jugar con los sueños. Y escapar de castillos encantados tras matar a no sé cuántos dragones y salvar a doncellas.   &lt;br /&gt;Y así, entre discusiones, entre empujones y juegos, nos acercábamos al calor del hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz de mi hermano tronó como el cielo:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-¡Eh!, mira, mira, es Duque. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Duque era el perro de mi mejor amigo. Un imponente pastor alemán. Imponente y bueno. De niño había cabalgado en sus lomos. &lt;br /&gt;Pero Duque tenía el lomo encrestado. Gruñía y ladraba a la oscuridad. No sabía qué hacía ni por qué estaba así. Tapaba la entrada que daba al patio. Sólo se adivinaba su figura recortada en esa noche de sábado que empezaba a cambiar de registro.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Con mi voz trémula, con el miedo calado hasta los huesos lo llamé:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;-¡Duque, Duque!&lt;br /&gt;-¿Qué pasa?  Ven  con nosotros. Déjanos pasar. Vamos a jugar, ¡ven!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero Duque no estaba para juegos. No atendió mi llamada, ni la llamada colérica de mi hermano. &lt;br /&gt;En ese momento, mi gata vieja apareció. Sus bufidos, sus maullidos me hicieron que mirara más adelante. Estaba postrada bajo los manzanos. El perro la vigilaba y los dos se estudiaban. &lt;br /&gt;Ahora era mi voz quien la llamaba… Sólo quería que me oyese a mí. Que no escuchase los alaridos locos del perro.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Pero la noche ahogó mi grito de alarma. &lt;br /&gt;La gata se zafó del cerco y corrió hasta la alambrada que comunicaba con la casa del vecino. Saltó. Vi su silueta dibujada en la negrura de ese sábado. Pero el peso de la vejez hizo que en su camino se cruzara la alambrada y cayera al suelo. Las fauces del otrora perro amigo, silenciaron su vida.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Yo seguía gritando. Me abandonó el miedo. Ahora sólo tenía rabia. Locura por haber sido testigo de ese ajuste de cuentas entre enemigos íntimos. &lt;br /&gt;Me acerqué al asesino y le golpeé con fuerza. Soltó a la gata, me miró con ojos tristes y, vencido, se alejó de la escena del crimen con paso quedo. &lt;br /&gt;Recogí a mi amiga inerte. Mis manos y mi boca buscaban su respiración. La acaricié hasta que mis lágrimas de lluvia y amargura certificaron su muerte.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Mi madre y mi abuela aparecieron en la puerta alertadas por mis gritos.&lt;br /&gt;No dejaba de llorar. Mi hermano les contó lo que había pasado. &lt;br /&gt;El resto de la noche me lo pasé en el sofá, triste y con la mirada perdida. Y pensando, quizás, que sólo había sido una pesadilla. Que cuando el sol se posara sobre los tejados, al amanecer, ahí estaría mi gata. Tumbada. Esperando que se abriera la puerta por donde asomaría mi abuelo para darle su desayuno y los primeros arrumacos. Y ahí estaría, esperando para acompañarme hasta la parada del autobús escolar, tres pasos detrás de mí, observándome, primero, y despidiéndome con la mirada después. Ahí estaría, si mi pesadilla se tornaba en un sueño vivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Hoy es sábado. Un sábado laico.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;He paseado  volviendo a mi antes imberbe por esta ciudad. Girona me acoge. Me permite pensar, me permite encontrarme con mi pasado. La amalgama de recuerdos lacerantes me hiere. Si son alegres, extraño el tiempo pretérito hasta el dolor. Si son dolorosos, mi alma se contrae, como mi corazón.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;La iglesia más antigua de Girona tenía sus puertas abiertas. He recordado lo buen cristiano que era mi abuelo. De palabra y, claro, obra. Y mi abuela, por mi abuelo por su palabra y por su obra. Eran otros tiempos en los que las mujeres, como diría Sabina en sus principios, arrastraban maletas cargadas de lluvia. Mi abuela arrastraba esa maleta donde la mezcolanza de tristezas y alegrías compartían destino.&lt;br /&gt;El destino de esa maleta era este sábado. Y todos esos días en los que me despierto escuchando el ronroneo cadencioso, los maullidos vivaces de mi gata. Ese despertar en el que creo que consiguió salvar su último obstáculo permitiendo que la pesadilla sólo fuera un sueño disfrazado.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Y sentado en uno de los primeros bancos de Sant Felix, he pensado, he recordado y  he notado cómo este relato se posaba en mí. &lt;br /&gt;Y la Virgen y el resto del séquito santo y eclesiástico, seguirán tristes, por los siglos de los siglos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-7683042718918304918?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/7683042718918304918/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/06/requiem.html#comment-form' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/7683042718918304918'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/7683042718918304918'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/06/requiem.html' title='RÉQUIEM'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Sj1ULRBZpKI/AAAAAAAAAVo/h7DfB-87rtA/s72-c/DSCF1223.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-3163555374830708262</id><published>2009-05-15T17:10:00.008+02:00</published><updated>2011-08-19T11:08:31.587+02:00</updated><title type='text'>SUEÑOS</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Sg2Q3tgtuxI/AAAAAAAAADg/ageIf7GvXyU/s1600-h/vias_del_tren.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 220px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Sg2Q3tgtuxI/AAAAAAAAADg/ageIf7GvXyU/s320/vias_del_tren.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5336080420287920914" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De  pequeño tuve sueños. Fueron mis sueños prematuros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dejé tan rápido de ser infante que mis sueños no me alcanzaron. De vez en cuando miraba, volvía la cabeza hacia atrás y no los veía.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al mismo tiempo que yo crecía, ellos se quedaban estancados. O, lo peor, decrecían. Se desinflaban.  Se ahogaban en la ciénaga del olvido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A día de hoy sigo solo. Hay gente a mí alrededor. Gravito en la órbita de las mujeres que me acompañan y comparto sus sueños. Me hacen partícipe de su pretérito y me convierten en el eje de su futuro. Pero mis sueños no están conmigo. Ni con ellas. Ni con mis compañeros de trabajo. Ni con la gente que veo en el parque cada vez que salgo a pasear con mi perro. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me siento desterrado de ese mundo fantasioso que conformaba el tapiz onírico de mis noches. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Aunque ahora, en la madurez de mi cotidianidad, siento que he sido yo quien los ha traicionado dejándolos olvidados en el juego del escondite.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y mis sueños aún no han crecido. No conocen los pormenores ni los por mayores de la edad adulta, no se cuecen a fuego lento mientras los realizas, ni se doctoran, ni enferman, ni trabajan, ni dan ni ofrecen una ventana desde la que otear el paisaje enfermo de vida. Mis quimeras siguen siendo vírgenes, primigenias.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Esta mañana he salido temprano, como de costumbre. Soy un hombre de costumbres,  Unas buenas, otras menos buenas, otras dañinas, otras sin importancia, otras importantes en grado sumo. He caminado por el parque que rodea mi lugar de trabajo. He visto el otoño rezar en los árboles. He escuchado el viento y he notado moverse el suelo cuando un tren de cercanías ha cruzado la ciudad sin detenerse. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Paseo por este parque que está cerca de la estación de trenes. Desde pequeño me gusta mirar las vetustas locomotoras. Observar los grandes trenes de pasajeros que unen una ciudad con otra, unos países con otros.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De mayor sigo con la mirada esos colosales monstruos de redondos pies. Los veo pasar desde mi balcón. Lo veo cargados de historias o vacíos de sueños. Como yo: con mis historias y sin mis sueños. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A veces he subido a un convoy moderno sin un rumbo fijo. Me he bajado en otra ciudad y al cabo de unas horas y de unos cafés, he vuelto a subir en otro que me ha devuelto a mi realidad.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En el parque por donde paseaba hace ya algunas frases, he conocido a un hombre vencido por el tiempo. Un viejo serio y de mirada honda. Un viejo enjuto con una gorra de marinero calada hasta las cejas. Estaba sentado en un banco, junto al lago de nenúfares que empiezan a cerrarse y a abandonarse. El viejo daba de comer a las palomas y con el pie daba pequeñas patadas al aire para que no se amontonasen. Para que respetasen el turno sin atropellarse. Me he sentado a su lado esquivando su pierna atormentada y loca. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La verdad es que no sé por qué he invadido uno de sus flancos. No sé si necesitaba observarlo, acompañarlo, preguntarle, compartir ese momento con él. Saber si tiene nietos o hijos. Pero hemos guardado silencio. Hemos mirado las palomas torcaces que picoteaban de manera magistral el pan manido y mojado que mi viejo les daba a modo de desayuno.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y ahí, en el banco, me he acordado de mi padre. A él me he acercado… &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Antes de cumplir los siete años cohabitaba este mundo con el de las fantasías. Anhelaba ser adulto por todos los medios. Cerraba los ojos por la noche con la esperanza de que al despertar  estuviera a la altura de mi progenitor.  Supongo que al no ver realizado ninguno de mis deseos, desterré mis proyectos al mar muerto de los sueños. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi padre tenía tres trabajos. Así que tampoco tendría tiempo de fantasear durante sus travesías nocturnas. Seguro. Ninguna de esas tres fuentes de ingresos era contabilizar sueños e inventariarlos. No. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por la mañana trabajaba en una  planta eléctrica. Por la tarde hacía trabajos de carpintería y por la noche nos cuidaba. Que seguro, era el más complicado y el menos remunerado. El tiempo le ha dado la razón y yo, claro, puedo escribirlo. Y dibujar en futuros lienzos versados que conmigo hizo más horas extras que en todos las faenas en las que cumplió.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Por la mañana lo veía partir. Al mediodía lo veía llegar. Pero por la noche, no. Me iba a dormir pronto. Quería despertar antes que nadie y ver que mi padre había regresado la noche anterior y que estaba yéndose, otra vez. Me hacía feliz verlo. En mi fuero interno tenía miedo de que no regresara algún día. A esa edad los sueños traicionados se tornaban pesadillas cuando dormía y miedos cuando despertaba.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los días de tormenta me atormentaban. La electricidad fallaba, se cortaba con asiduidad con los primeros truenos que bajaban de la Sierra. Entonces me sentaba en el patio, miraba fijamente las nubes y les pedía que cesaran, que se fueran a engullir otros paisajes. Entonces creía que si la luz faltaba, también mi padre conduciría a oscuras en su intento de volver a casa a la hora de cenar. No me atrevía a decírselo a nadie. Con nadie compartía mis miedos, ni mis nadas. Pero una vez mi hermano me vio tristísimo. Y se lo dije. Le dije que papá aún no había llegado y que tenía miedo que la tormenta hubiera estropeado las luces del coche. Me dijo que eso era imposible. Que los coches tienen otros sistemas más modernos y que no pasaría nada. Añadió, para acentuar más mí recién adquirido consuelo, lo que proclamaban los expertos: que cuando rugía el cielo lo mejor era estar dentro de un auto. A partir de ese día proclamé a los cuatro vientos, a los siete mares, y al universo entero ese descubrimiento. A partir de ese día, cada vez que caía una gota, intentaba convertir el coche diminuto de mi padre en mi arca de Noé particular. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y, cierto, no pasó nada. Mi padre volvió sano y salvo. Y chorreando. Y con olor a vino y tabaco, que me encantaba en esa época.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Época en la que sólo intentaba correr para alcanzar una madurez permisiva. Quería fumar y beber como los adultos. Nada de café como mi madre y las vecinas. No. Ni de tés. Ni infusiones de yerbas raras que se cosechaban en la vega del último reducto nazarí. Yo quería vino o cerveza y tabaco. Y ser mayor, también. Imitaba a mi padre y al padre de mi padre, y al otro padre viejo. Y los domingos, cuando mi madre repartía aceitunas como algo extra, me las guardaba y las comía acompañándolas de coca cola, o algún refresco oscuro que me recordara el vermú de la edad adulta. Y así, cogiendo un periódico de los que guardaba mi madre para ponerlos de alfombra y no pisar sobre mojado, cuando limpiaba la casa, leía las noticias de días y meses anteriores, a destiempo, claro. Y sin enterarme de nada, más claro aún.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Gracias al descubrimiento de que las tormentas no actuaban sobre los faros de los coches, empecé a mirarlas con los ojos de mi abuelo. &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El hombre las entendía. Sabía de dónde venían y, sobretodo, cuándo lo harían. Y así, cuando tronaba, cuando el cielo gritaba y vomitaba agua y fuego, yo mantenía mi compostura. No me iba a dormir con la esperanza de encontrarme a mi padre al despertar. Sabía que la tormenta no lo detendría camino de su tercera ocupación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ahí es cuando mis sueños empezaron a desvanecerse. O a largarse en busca de corazones más puros y almas más cristalinas. Ellos me visitaban cuando estaba a punto de despertar y no les dispensaba el tiempo ni la noche mínimamente imprescindible. Ya estaba buscando a mi abuelo que hablaba con el tiempo, que acariciaba las cosechas bautizadas de rocío y las primeras escarchas, preludio del invierno acechante, que apartaba dulcemente los gatos asalvajados con el pie cuando iba a ponerles su desayuno.  Y tras sentirme observado, me aventaba veloz del lugar. Y me centraba en mi padre. Miraba su café. Miraba cómo leía la prensa que después leería yo, imitándolo. Miraba como sintonizaba una emisora de noticias en la vieja radio que le habían regalado por Navidad en la empresa.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y me miraba cómo lo escudriñaba. Unas veces me preguntaba qué hacía tan temprano despierto, otras me preparaba el desayuno, otras me contaba cosas sobre sus dos trabajos, pues no me consideraba otro motivo laboral, aún. Con el paso de los años se arrepintió de no haber negociado un convenio conmigo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;------------&lt;/div&gt;                                                     &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En el parque, sentado junto al viejo sin mar, mientras lo miraba hacer, me han invadido los recuerdos. He vuelto a mi niñez asustadiza y quebrada. He visto a mi padre. He revivido su olor. He vuelto a acompañar a mi abuelo. Estaba mi hermano, claro, abrazado a sus cómics de héroes sin carne ni hueso. He escuchado el maullar lacónico, salvaje, excitado, de los gatos. He sentido su ronroneo cadencioso mientras esperaban su comida. He vuelto a disfrutar, en definitiva del vino de mi niñez, del cáliz de mi infancia.&lt;/div&gt; &lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El ruido de un tren me ha despertado. Con los huesos entumecidos y los sueños vivos, latentes, acariciantes. He mirado a mí alrededor. Sin rastro de las palomas, ni del anciano. Me he quedado dormido en ese banco, y he soñado, por fin. Mis sueños han abandonado su destierro para perdonarme. Y me han devuelto a otro tiempo del que necesito escribir porque tengo miedo de olvidar. De no saber encontrar la senda onírica que alumbra mi pasado.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-3163555374830708262?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/3163555374830708262/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/05/suenos.html#comment-form' title='14 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/3163555374830708262'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/3163555374830708262'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/05/suenos.html' title='SUEÑOS'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Sg2Q3tgtuxI/AAAAAAAAADg/ageIf7GvXyU/s72-c/vias_del_tren.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>14</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-5477668158970242861</id><published>2009-04-14T14:00:00.003+02:00</published><updated>2011-08-19T11:09:01.885+02:00</updated><title type='text'>ÚLTIMA FUNCIÓN</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR8MV_UR4I/AAAAAAAAAAs/iORrBcFp1a8/s1600-h/circo.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324517210961758082" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; HEIGHT: 259px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR8MV_UR4I/AAAAAAAAAAs/iORrBcFp1a8/s320/circo.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;font-weight: bold; "&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-weight: normal; "&gt;&lt;strong&gt;&lt;strong&gt;¿&lt;em&gt;Hay vida antes de la muerte?&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;em&gt; ANÓNIMO HÚNGARO&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;La muerte tiene un precio. Un precio elevadísimo. Elevado a los altares de la liturgia de vivir sin querer hacerlo. El precio que tenemos que pagar por una muerte digna, como si existiera tal dignidad a la hora de irnos del todo y de todos, es la vida. Así que hay que vivir si se quiere morir. No hay más. Una vez te han soltado sobre la faz de la tierra, una vez naces, una vez creces, una vez te reproduces o no, una vez mueres, entonces: Fin. Objetivo logrado.&lt;/b&gt;&lt;b&gt;Pero el hecho de que hasta el día de hoy no creyera en el suicidio no quiere decir que no comprenda a los que se maldicen por estar sin querer copular con el verbo ser. A los que se sostienen por los pelos. A los que no echan raíces sobre la tierra que les vio nacer y, sin embargo, ahí están, inamovibles. Mortales sin muerte hasta que por la gracia de Dios, del atrevimiento, de la pena honda y que tizna a base de bien, obtienen el pasaporte para arribar a la otra orilla. (…)&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A los dieciséis años conocí al primer suicida. Después vinieron películas y libros cargados de personajes enfrentados a la vida. Unos se tiraban desde un puente sin que nadie lo remediase. A otros, cuando a punto estaban de lograr su objetivo, se les aparecía alguien. Y les decía que la vida, amén de maravillosa, es necesaria: - Y tú, suicida de mi corazón, también lo eres para Ella.-&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Otros se lanzaban en picado contra buques de guerra que asistían atónitos a la lluvia de escuadras Kamikazes. Pero ese tipo de suicidio, aunque loco también… generaba más admiración que desolación entre las mujeres que habían visto partir a sus maridos hacia una muerte segura. Como seguro era, que algún Kamikaze aguardaba su turno en el fondo del armario. El honor, a veces, apesta a engaño.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A los dieciséis años encontré mi primer trabajo. O él me encontró. Vagaba por la calle sin rumbo fijo. A día de hoy mi brújula sigue desorientada. Y bien. No me quejo. La primavera vestía de largo los días más cargados de sol, más cargados de somnolencia, más cargados de los exámenes finales y el curso encaraba la recta final. En mi caso, la recta se prolongaba los meses de verano. Pero eso después. Antes, mi primer trabajo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un hombre viejo, de facciones marcadas, de mirada dolorosa y de expresión agresiva colgaba carteles ofertando trabajo en el circo que acaba de acampar a las afueras de la ciudad. Querían gente joven con ganas de ganarse algo de dinero.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Le comenté a un amigo que podríamos probar. A ver qué tal. De hecho él quería dinero para una raqueta nueva y yo, claro, dinero para unas zapatillas deportivas. Nunca había tenido unas. Bueno, sí… había tenido, pero no había podido elegirlas a mi gusto. Las quería de marca, para mi disfrute.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A los dos días estábamos colgando carteles anunciando las funciones. Regalando descuentos en centros comerciales entre sus clientes. Ayudando en los espectáculos de la noche a colocar sillas y colocar gente en las sillas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El primer día, los leones me dieron miedo. El segundo día, los leones me dieron pena.Nunca había visto un león de cerca. Nunca tan grande. Nunca tan famélico. Es difícil entenderme. Lo sé. Pero a esa edad casi todo lo que te supere en altura y en sorpresa, es magnánimo. Y esos leones que danzaban dibujando círculos el primer día y que rugían de hambre el segundo, me parecían fieras monstruosas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pocos días antes de que comenzara la primera sesión circense, mi amigo y yo habíamos hecho nuestro trabajo. Ya no teníamos más invitaciones para repartir. Ya estaba la ciudad engalanada con los carteles anunciadores de risas, de miedos, de sorpresas, de emociones. Promesas que no siempre se hacían realidad, como descubrí más tarde en las sucesivas funciones.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El gerente del anfiteatro ambulante, también domador de fieras indomables según él, nos invitó a ver los espectáculos a cambio de ayudar en las tareas de ubicación del querido público. A cambio de pintar sonrisas sobre las caras de niños asustados hasta la médula. Niños imberbes. Porque nosotros si no niños, sí jovenzuelos que habíamos dejado atrás la niñez de manera fulminante. Nuestra generación, por fin, se ponía manos a la obra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que tras recibir a los asistentes y sentarlos y adornarlos con pinturas y agasajarlos con palomitas tras un módico precio, se atenuaban las luces, la orquesta nimia tocaba la pieza de presentación y el maestro de ceremonias daba la bienvenida al increíble y maravilloso mundo del circo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Payasos, acróbatas, malabaristas, más payasos, caballos diestros y jinetes intrépidos, faquires que jugaban a los puñales sobre el tablero de su vida, perros adiestrados, obedientes, calculadores de saltos y acrobacias perrunas imposibles, gatos que maullaban como auténticos felinos y, por fin, el espectáculo estrella: leones que lanzaban zarpazos, que se enfrentaban y que cedían obedientes a las órdenes del domador diminuto. El domador, de cuerpo aniñado, los situaba sobre dos banquetas, casi en equilibrio, y les hacía rugir azuzándolos con una silla. El circo rugía. Los leones rugían. El héroe bizarro gritaba y provocaba a esas fieras hambrientas. Y por último se acercaba a Lena, la leona, y le abría las fauces. Colocaba su cabeza entres sus dientes afilados como lanzas, y se quedaba ahí, quieto… con los brazos en cruz, en una mano el látigo, en la otra, el miedo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después prendía un artilugio de alambre de forma circular. La lumbre escupía luz y calor y el público, estupefacto, esperaba que Limbo, el macho, atravesara el aro de fuego de un único salto. Una única vez. Después, tras acariciarlos, tras tumbarlos y tumbarse con ellos en el suelo de la jaula inmensa, los devolvía a sus aposentos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Eso sucedió el primer día. El segundo, fue el día que descubrí que los leones son atacados por el virus de la gripe. El día que me dieron pena, por igual, fieras y domador.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando todas las estrellas del circo habían sucumbido al espectáculo. Habían demostrado que sus aprendizajes eran de lo más docto bajo la carpa, le tocaba, entonces, el turno al domador-gerente y sus fieras arrancadas de esa cuna tapizada que conformaban las estepas del Serendeti.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La arena del circo quedó a oscuras. Un haz de luz cayó sobre el presentador. Micrófono en mano anunciaba que ese día los leones no pisarían el coso, pues estaban aquejados de gripe. Una cepa extraña que atacaba a los leones y algunas otras especies que provenían de las estepas africanas. Nos levantamos y buscamos la salida. Con el derecho que nos daba ser trabajadores del circo, nos dirigimos a la jaula de los reyes de la planicie africana.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En una esquina, cabizbajo, estaba el héroe y dueño de Lena y Limbo. Les hablaba. Les pedía perdón por no haber podido darles de comer. Estaba también el padre del domador, un hombre corpulento, curtido en mil batallas laborales. Le decía a su primogénito que si no podían conseguir comida para los animales, era el fin. El fin de una estirpe dedicada desde hacía dos siglos al mundo del espectáculo. El estado ya les había advertido con varias cartas y se habían personado en las dependencias del circo funcionarios del ministerio. Si la situación no cambiaba, el gobierno intervendría y requisaría los animales. El hombre viejo se alejó con paso firme. El otro se quedó apoyado en los barrotes, llorando como un niño sin cumpleaños. Los leones, desde el fondo, sanos aunque con un hambre voraz, dormitaban y soñaban, quizás, con esas estepas que los vieron nacer y los vieron morir en vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi amigo y yo nos fuimos. No hablamos nada durante el trayecto que nos devolvía a nuestras jaulas. Al espectáculo de nuestra vida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al día siguiente, último día en la ciudad de la carpa, sucedió lo mismo. Los leones seguían sin comida. Hambrientos cada vez más… No nos acercamos mucho a la jaula. Manteníamos la distancia… Supimos que no actuarían las estrellas, el reclamo por excelencia, la síntesis que daba nombre y engrandecía ese universo de risas y de pavores. Que el domador no utilizaría la silla para enfrentarse a sus fieras, ni el látigo, para conquistarlos. Ni el aro encendido. Nada. Los leones seguían con gripe, así que el público no podría despedirse de los reyes de la sabana.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Abandonamos nuestro abono de trabajadores y de invitados y nos dirigimos a despedirnos de Limbo y Lena. Y de las demás fieras. Y de los payasos, que casi nos conocían o que casi creíamos que nos conocían. Sus sonrisas de mentira me recordaban que nunca me había gustado ese mundo. Ese espectáculo fabulado, ese universo hermanado, muy unido, sí, pero que no me atraía. Me daba miedo. Y más tarde he sabido que a mucha gente el circo no le hace gracia. Y si un circo no te hace gracia es sinónimo de miedo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pasamos por la caravana que hacía las funciones de despacho y vivienda del dueño-domador. Estaba triste. Me pidió si le podía echar en algún buzón una carta dirigida a la prensa local. Sí. Claro que podía. Nos pagó el salario, mi primer salario.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Durante la hora siguiente vagamos con paso quedo por el resto de las instalaciones. Acariciamos a los gatos, a los perros, a los caballos les dimos el azucarillo que guardábamos en el bolsillo de la chaqueta. Y por fin, nos acercamos a despedirnos de nuestras bestias enfermas de hambruna.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El domador estaba hincado de rodillas, dentro de la jaula, los brazos en cruz. Sus lágrimas barrían la arena que servía de cuna. Un hontanar de pena formaba grumos. Un manantial de miedo nos heló.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se ofrecía de comida. Quería morir por ellos. Quería salvarlos. Quería salvarse. El circo y él morirían juntos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi amigo y yo huimos de aquella escena sin decirnos nada. Sin mirar hacia atrás. Llorando y gritando. Nuestros gritos se solapaban con los de la familia circense que había acudido atónita a la última función.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Días después, la prensa publicaba la carta que durante mi huida había depositado en el primer buzón que encontré:&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;strong&gt;“La muerte tiene un precio. Un precio elevadísimo. Elevado a los altares de la liturgia de vivir sin querer hacerlo…”&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-5477668158970242861?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/5477668158970242861/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/ultima-funcion.html#comment-form' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/5477668158970242861'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/5477668158970242861'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/ultima-funcion.html' title='ÚLTIMA FUNCIÓN'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR8MV_UR4I/AAAAAAAAAAs/iORrBcFp1a8/s72-c/circo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-884993890439963858</id><published>2009-04-14T13:50:00.001+02:00</published><updated>2011-08-19T11:07:57.940+02:00</updated><title type='text'>HABITANDO EL RECUERDO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR6tUpmqCI/AAAAAAAAAAk/lChpmNScjaQ/s1600-h/Tiempo.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324515578514679842" style="margin: 0px auto 10px; display: block; width: 227px; height: 320px; text-align: center;" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR6tUpmqCI/AAAAAAAAAAk/lChpmNScjaQ/s320/Tiempo.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Alguien me pidió que hablara de alguien.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pensaba que estaba siendo sometido a un experimento social. Que ese alguien quería medir mi estatus anímico-social forzándome a contarle cosas de mi infancia dulce, o de mi juventud menos dulce, o de mi madurez anodina.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Acabé hablándole de la morena que sirve los cafés más imbebibles del mundo mundial en el bar más cutre. Pero cafés que sigo tomando con sumo placer visual.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Andaba solo por la calle, que no es una novedad, y disfrutaba de los primeros días de otoño. Lloraban las ramas de los árboles, azotadas por el viento. Pisaba las hojas húmedas que, amontonadas, conformaban los primeros lienzos de la melancolía. Lienzos de color ocre, del color de la tristeza más pura.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mientras sorteaba las hojas que escupían los árboles, me acordé cuanto le gustaba la estación de las hojas vencidas a mi abuelo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Joder, le podría haber hablado de él a mi amigo auto erigido investigador social.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Llegué tarde a casa. Quería escribir. Necesitaba escribir. A punto estaba de vomitar sobre el folio catódico, cuadriforme y apantallado un montón de frases. Tenía esa especie de musa caprichosa que son las ganas y las necesidades de cada uno. Y mi musa me susurraba al oído. Me incitaba. Me ofrecía el calor justo, también necesario que mis dedos y mi cabeza precisan para trabajar en equipo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero la caja tonta, tontísima, llamó mi atención. También es cierto que me distraigo con facilidad y que a la tele no le soy infiel. Sostenía la taza de café en la mano y retenía las ideas en la cabeza, pues estaba a punto de plasmarlas en mi lienzo inmaculado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Las notas del músico sabio, Bach, llamaron mi atención. Un documental me condujo tras la estela de un anciano. Lo seguí con la mirada. Observé a ese viejo decrépito que se acercaba a su infancia. Que quería volver a jugar a la pelota con su vecino, muerto hace mil años. Que quería crecer y estudiar y tener hijos. Que quería querer de nuevo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;He visto y he oído la enfermedad. La he visto asomarse a su mirada. La he oído en sus labios trémulos. Mi café se heló, como la sangre ante el miedo. Mis ideas desertaron y se fueron con la musa a otra parte. Volverán, lo sé.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero ahora es mi abuelo el que viene a mí. El que me visita mientras intento adentrarme en la noche. Mientras intento recordarlo y mientras intento que mi cabeza no vuelva a ese rato de locura tornadiza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De mi abuelo no puedo hablar mal. Mi memoria es caprichosa. Y aunque tendamos a recordar lo muy bueno, también es verdad que muchas veces olvidamos, o desterramos de nuestra mente, lo muy malo. Hay abuelos que han muerto en guerras fratricidas, otros han sido segados por la vida antes, incluso, de saber que iban a ser abuelos. Otros, los menos a este lado de la literatura, que no han sabido conciliar su vida con la de sus nietos. No han sabido, no han querido, no han podido ser abuelos. Muchos amigos míos han sufrido, de alguna manera, la ausencia de los viejos de la casa. De los viejos entrañables contadores de cuentos. Transmisores del virus de las historias que sobreviven al espacio y al tiempo. Y a ellos. Historias que no mueren con ellos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Un abuelo aporta sentido y sensibilidad a nuestra vida. Mucho más que otras figuras familiares que gravitan a nuestro alrededor. Porque nos peleamos con nuestro hermano y tenemos al abuelo que nos recuerda que entre hermanos no está bien pelearse. Su mirada autoritaria, aunque dulce, nos escrudiña y su voz suena cadenciosa:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Los hermanos no se pelean. Si no os tuvierais, si fueseis hijos únicos, eso sí sería mala suerte. Mantiene la mirada fija en mí, en mi otro yo que es mi hermano y sentencia:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Hay guerras que empiezan en la cuna. Y no quiero más contiendas. Todos los conflictos se pierden.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En aquel momento me quedé, y se quedó mi hermano igual. Entendimos la mitad. Con el paso de los años, la otra mitad no tardamos en descifrarla.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;No tardamos en contestarle, nuestras palabras corren más que nuestros pensamientos… fruncimos nuestro ceño cándido, arrugamos la expresión y nos perdimos en un mar de dudas, en un océano agitado por los sentimientos hacia el otro. Pero fuimos tajantes y quemantes:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Sí abuelo. De ser sólo uno no nos pelearíamos… Pero no tendríamos a este delante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y nos castigaba nuestro padre y buscábamos el apoyo incondicional de su padre. Entonces era él quien fruncía el ceño. Caminaba con paso quedo y decía que si nos riñe es por nuestro bien. Y por nuestro bien, se convertía en abogado deshaciendo sus pasos para hablar con el juez que nos condenó a una perpetuidad sin el Equipo A. Pidiendo el indulto, conseguía una rebaja de la pena… Así que nos citábamos en la emisión del siguiente capítulo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero volvíamos a las andadas. Estábamos amparados por el defensor del nieto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De pequeño, para combatir el frío de noviembre, ese frío y ese noviembre de los de antes, de cuando el cambio climático era una idea embrionaria en la cabeza de algún futurólogo loco, de algún advenedizo aprendiz de meteorólogo, nos sentaba delante de la lumbre. El calor de su voz, el fragor de sus historias a la orilla de la chimenea me transportaban a otra época. El frío azul de afuera era el mismo que él pasó en el frente en el que combatió. El mismo frente año tras año. Siempre emocionaban sus historias tristes. Siempre sabían distinto, aunque las contara, las mismas, también año tras año. Lo miraba impertérrito. Escuchaba cómo su voz bronca simulaba el sonido de las balas perdidas, de las trazadoras portadoras de una muerte segura. Historias de vidas que se iban sin vivir. Las emboscadas. El cigarro en la trinchera con el enemigo durante los pocos momentos de tregua. El llanto desesperado de los que mataban sin querer matar. De los que apuntaban al cielo y aterrizaban en el infierno. Y el vino y la comida extra en la cena de Navidad. La historia del soldado que murió sin saber que la de ayer, sin anunciarlo nada ni nadie, iba a ser su última cena. Murió con las botas puestas, con la comida en la mano y el villancico de feliz navidad aflorando en sus labios. La victoria de nadie, la derrota de todos. Crecí con esas historias. Y siguen volviendo a mí cada vez que miro la nada y veo como se filtra por mi ventana el silencio de ahora.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y ahora cuando el Alzheimer se lo ha llevado. Cuando le impide ver cuántas batallas se siguen librando y cuántas guerras se siguen perdiendo. Cuando ya no disfruta de la meteorología. Ahora que no se levanta persiguiendo el amanecer. Ahora que no agudiza el oído para adivinar qué pájaro canta allá, en la estela del día recién nacido. Ahora que mira pero que no ve a nadie. Ahora que su vida se vacía por completo y hace que llene mis noches en blanco con su recuerdo. Es cuando he sentido la llamada salvaje de la escritura. Que se lleve estas letras donde vaya. Porque para él aquí no acaba todo. Aquí todo acaba de empezar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Hay un antes y un después.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi abuelo vive el después intemporal. La sinrazón de la naturaleza. El secuestro de una vida dedicada al vicio de contagiar optimismo y superación. No habrá rescate. Tampoco recompensa.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y hoy es un día gris. Como los que le gustan a Juan. Pero está postrado en su cama. Inmóvil. Me mira con ojos de niño. Ese brillo que denota alegría por el juego que tiene que empezar a la de tres. Pero no ve, atrincherado en su tiempo pretérito, el color otoñal. Ni lo huele como hacía antaño… No otea el horizonte y tampoco le pregunta a la luna si lloverá al día siguiente. Su cuerpo yermo, no le permite ninguna excelencia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Su sonrisa es ahora perenne, no decae con estación severa que bautiza la vega granadina. Y lo hace porque es un niño. Y porque si fuera un adulto, nunca fue enemigo de sus enemigos, de quién no conocía. El siempre apuntó al cielo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A la cabeza me vienen, una y otra vez, las imágenes del peregrinar de esos viejos jóvenes que han hecho las maletas para no regresar del país de Nunca Jamás.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi abuelo me mira. Una mira viva, inquieta, interrogante. Y con un chorro de voz atronadora, como las tormentas salvajes en agosto me dice:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Que no se entere tu abuela que andas salvando gatos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y el silencio con sus tentáculos cavernosos lo arrastró hacia la oscuridad pétrea del olvido eterno.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-884993890439963858?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/884993890439963858/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/habitando-el-recuerdo.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/884993890439963858'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/884993890439963858'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/habitando-el-recuerdo.html' title='HABITANDO EL RECUERDO'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR6tUpmqCI/AAAAAAAAAAk/lChpmNScjaQ/s72-c/Tiempo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-8727264825781124628</id><published>2009-04-14T13:48:00.003+02:00</published><updated>2011-08-19T11:06:34.556+02:00</updated><title type='text'>MIENTRAS ESCRIBAS…</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR4UdwovCI/AAAAAAAAAAc/6cTZYhPyfzM/s1600-h/20090411161646-dscf4180.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 86px" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324512952440110114" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR4UdwovCI/AAAAAAAAAAc/6cTZYhPyfzM/s320/20090411161646-dscf4180.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;strong&gt;&lt;strong&gt;Y detrás de cada huida estabas tú&lt;/strong&gt;. (I. Serrano)&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y porque nunca es poco, amaneció.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y lo hizo con frío.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En la calle el frío azul azotaba su cuerpo. Un cuerpo sin ganas de nada. Y por dentro, la tristeza gélida azotaba su alma. No quería asistir a la promoción de su libro en aquel centro comercial. Tan lejos de su casa, tan lejos de su deseo. Mientras dilucidaba si buscar una excusa, si encontrar un motivo creíble que le exonerara de asistir al evento, tomó un café y leyó las noticias del día. Noticias en carne viva, en letra impresa. Más vivas y más impresas, con más fuerza, al menos… para más público, al más… que su último libro. Último libro que no acababa de llegar, que no convencía como había sucedido con los anteriores.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero la editorial manda. Y mandan los lectores que compran sus libros. Los que llaman preguntando cuándo será la siguiente presentación y dónde. Quieren sus letras y lo quieren a él. Así que no puede negarse. Vendió sus verbos al diablo. Al principio le hacía gracia. Al final, le hacía daño. Le provocaba náuseas, incluso, enfrentarse a esas colas ingentes de gente que querían saber más de lo que descubrían en esas páginas. Querían un avance de su próxima novela. Querían una primicia. Un algo de su vida no novelada. Querían su porción de verdad. Ya no les bastaba con la novela en curso. Habían fusilado sus personajes, los habían desterrado, los habían jubilado. Ya no estaban con ellos ni en ellos. Ahora querían saber quiénes serían los próximos. Y qué sería de él, ahora.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y se enfrentaba, dentro y fuera de esa hilera a personas con apetito de curiosidad. Últimamente interesaban más sus escarceos por la vida que sus aventuras capituladas y literarias. Y aunque difícil digerir, sí eran más fáciles de dirigir las preguntas y encontrar las respuestas. Porque una respuesta valía por mil, y para mil.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El bar de siempre, vacío. El café, como siempre, cargado. La música, como nunca, estridente. Parecía la banda sonora de su desconcierto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siempre decía que nunca amanecía hasta que no desayunaba. Desayuno reducido, pues un par de cafés hacían las veces de almuerzo y relajante. No le ponía nervioso la ingesta de cafeína, y sí el no encontrar un momento para llevarse a los labios una taza.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Llamó al camarero de siempre, que siempre se sentaba al final de la barra, y que siempre le preguntaba qué iba a tomar. Siempre, desde el principio de los principios, había consumido lo mismo. Nunca una cerveza. Nunca un zumo. Nunca nada que no contuviera cafeína. Nunca. Le pidió si podía bajar un poco la música… siempre y cuando no molestase su petición a ningún cliente. Estaban solos. Así que cesó el ruido de los infiernos. Y amaneció, por fin.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El último sorbo de café le reportó el recuerdo. Su recuerdo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;De vez en cuando pensaba en ella. De vez en cuando era muy de cuando en cuando. Muy de cuando en cuando era siempre. Siempre la tenía en la cabeza. Cada vez que publicaba algo o leía sus artículos en prensa, se preguntaba si ella lo estaría leyendo al mismo tiempo, como cuando pasaban las páginas de los periódicos juntos, entre besos y caricias furtivas. Nunca la llamó. Nunca más volvieron a ser uno para compartir y departir al calor de las palabras. Durante un tiempo fueron amantes. Primero se amaron con deseo, después se quisieron. Y el sexo que los unió se tornó en una necesidad elemental. El quinto elemento, la sustancia, el pequeño milagro que obraba cada día que pasaban juntos. Cada día se convirtió en el afluente del río que los llevaba, que los arrastraba a una desembocadura salvaje y abierta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sabían, como reza la canción, que el amor es eterno mientras dura… Sí. Lo es. Cierto. Pero se habían buscado con hambre. Física y química. Llegó un momento en el que sus almas empezaron a dolerse y a quejarse. Querían más. Más necesitaban. Amén del lenguaje concupiscente de sus cuerpos, ansiaban la comunión de sus sentimientos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella le instaba a escribir. A escribirle aunque fuera a ella. Quería sus correos cargados de historias imposibles. De ellos quería sus adjetivos dulces y amargos, dóciles e indómitos. Quería tenerlo, siempre, al final y al principio de unos puntos suspensivos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y entonces se quisieron. Y entonces, se alejaron.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Fue un sábado, hacía ya cinco años, cuando ahogaron en el café previo al amor en carne viva, su historia.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella lo miró, dulce, y le habló con el acento más amargo que había escuchado en mucho tiempo. Ninguno de sus exilios sentimentales había tenido ese tono:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Me voy. Pero esta vez no volveré. Esta vez, mis puntos finales tendrán fin. No hay camino de regreso. No lo buscaré. No te buscaré. Te quiero demasiado. Y no es eso lo que nos unió.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La miró con los ojos tristes y el cuerpo mudo. Vencido. Consiguió hablarle lo justo, que no lo necesario:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Echo de menos esos tiempos en los que nos deseábamos más y nos queríamos menos. Las conversaciones triviales. La necesidad de buscarnos para tenernos y para saciar nuestra hambre. El amor nos ha matado. El deseo se arrincona por las esquinas. Mira con envidia en lo que nos hemos convertido. Ahora, supongo, se alegrará.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La conversación siguió sin gloria y con pena. Y sus cuerpos volvieron a entenderse por última vez. Cuerpos vivos, almas muertas, como las de Gogol, pensó entre gemidos y agua de deseo. Tenía su cuerpo encima, y su mirada clavada en sus ojos. Le hizo prometer que intentaría escribir. Que mientras lo hiciera, seguirían, de alguna manera, juntos.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ese día lloraron y follaron por igual. Follaron como siempre. Se quisieron como nunca. Y lloraron como se llora en los finales tristes y aciagos. Los besos encendieron sus naves, y las quemaron.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y su recuerdo no lo abandonaba. Hipotecaba su felicidad, le administraba la tristeza y la alegría. Y regía su onanismo vespertino. Y sus noches de sexo catódico.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y allí estaba, con ella, sin ella…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las cuatro de la tarde estaba en el centro comercial Can Fabra, en uno de los distritos más conocidos y tranquilos de la ciudad Condal. Una mesa. Dos columnas corintias de lo que tendría que ser su último éxito literario. Él.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Preparaba sus respuestas, pues sabía qué le iban a preguntar. De vez en cuando los trabajadores le sonreían… Le hubiera gustado cambiarse por cualquiera de ellos. No tener que soportar a padres agradecidos de que les hubiera ayudado a hacer realidad uno de sus sueños… que sus hijos durmiesen. Faltaba menos para que la gente se le acercara, como si fuera el Cristo de las letras. El redentor de los problemas cotidianos. Faltaba poco para explicar, otra vez, como tantas otras veces, que el sueño, la conducta, la alimentación, los hábitos… y un cuantioso etcétera, iban de la mano. Y que ese ir de la mano conducía a la paz del sueño, con y sin sueños.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las seis de la tarde seguía en el mismo sitio. Protegido por las mismas columnas de libros. La gente no hacía cola para comprar. Tampoco para saludarlo. Tampoco para preguntarle por sus personajes de antes, y las soluciones de ahora.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Empezó a sentirse cómodo cuando una señora le preguntó por la sección de textil. Era el hombre invisible de la cultura. Pasaba desapercibido. Era la solución. El anonimato del que siempre había querido disfrutar. Siempre es, ahora. Porque antes deseaba, y soñaba con el éxito. Pero el éxito se viste de negro y rojo, las más veces. El éxito le devoraba las entrañas y le aniquilaba los sueños. Los pocos sueños que tejía en el tapiz de sus noches en vela.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A las cuatro horas no había vendido ningún ejemplar. Ni siquiera los responsables del centro habían azuzado a sus trabajadores para que se le acercaran y le preguntaran y ejercieran de improvisados fans. Nada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cinco personas le preguntaron si sabía dónde estaba la sección de tal o cuál. Ninguno por su obra. Ni por su vida. Ni por nada que estuviera relacionado con su vida a través de las palabras. Los clientes, incluso, tenían que esquivarlo para pasar. Entorpecía el paso hacia el reino de las rebajas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Su incursión en el mundo de los libros de autoayuda había fracasado. A nadie le interesaba una novela sin personajes malditos ni benditos. Querían carnaza. Querían disfrutar de su alter ego, el que bebía para dormir y el que vivía para beber. Querían pastillas para soñar y sexo para vivir. No querían un libro de autoayuda. No debería haber aprovechado su éxito mediático para escribir un libro así. La ciencia para los científicos. Las historias sucias y suicidas y las realidades cotidianas, para él.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Faltaba poco para la hora del cierre comercial. Se habían olvidado de él. Parapetado tras sus libros, sosteniendo un bolígrafo en la mano, combatiendo la desidia y recorriendo con la mirada los recovecos de su recuerdo, pensaba cómo escapar. Cómo salir de allí. Quería la paz que le daban los libros cuando los leía, y no los nervios ni la mala leche que le provocaba escribir.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Uno de los jefes de la tribu de la oferta y la demanda le ofreció un café. Café de máquina, al menos, que valía la pena, la alegría y la espera de estar allí. La comercial de productos lácteos le dio un par de vales para próximas promociones. Ya está. Nada más… Su agente literario lo había abandonado a las puertas. Seguro olió el fracaso. A quién se le ocurre rivalizar con un complejo comercial de semejante calibre y en época de rebajas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pensó, tras consultar la hora en su viejo reloj de bolsillo, que debía recoger, levantar el campamento. Llevarse los libros que no había vendido. Todos. Sacó el móvil de su chaqueta y marcó los números que conformaban el SOS que debía sacarlo de allí. Alguien de la editorial con quien celebrar su fracaso. Mientras escuchaba la monótona señal de llamada, levantó la cabeza y la vio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Regresó.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Estaba en la entrada del centro comercial. Era la primera de la fila. Y la última.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Sus miradas buscaron un punto intermedio. Se sostuvieron en el aire.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella se acercó y cogió un libro rompiendo la simetría de esas columnas literarias. Acarició su mano cuando le acercó el ejemplar para que se lo firmase. Y acarició su alma, y se la resucitó, aunque no se dio cuenta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La voz de ella sonó suave, como las caricias primerizas de antaño:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Mientras escribas…&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-8727264825781124628?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/8727264825781124628/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/mientras-escribas.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/8727264825781124628'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/8727264825781124628'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/mientras-escribas.html' title='MIENTRAS ESCRIBAS…'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR4UdwovCI/AAAAAAAAAAc/6cTZYhPyfzM/s72-c/20090411161646-dscf4180.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-2018893667062244766</id><published>2009-04-14T13:34:00.001+02:00</published><updated>2011-08-19T11:05:48.853+02:00</updated><title type='text'>FICCIÓN</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR1dJ9BBkI/AAAAAAAAAAU/-anhtGWCLwM/s1600-h/Mantoue.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324509803207263810" style="margin: 0px auto 10px; display: block; width: 257px; height: 320px; text-align: center;" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR1dJ9BBkI/AAAAAAAAAAU/-anhtGWCLwM/s320/Mantoue.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me senté junto a la ventana que pegaba al río. En literatura romántica, podría decir que me senté junto al ventanuco mal ajustado que daba al río. En literatura erótica, diría que me senté, o nos sentamos, junto a la ventana que daba al río caudaloso. En literatura de ficción diré que me senté, sin más, junto a la ventana desde la que divisaba el rio.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Es éste, un encuentro de ficción. Junto a un río de ficción que atraviesa una ciudad que no existe. Una conversación gestada en mi cabeza, que nace cuando concilié, por fin, y una única vez, que recuerde, sueño y sueños. Cuando desperté, mis personajes seguían dilucidando qué hacer. Cómo actuar.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;En la mesa de enfrente un hombre de unos cuarenta años, abogado mediático, famoso por sus escarceos con la justicia, suficientemente famoso como para aparecer en la prensa local y en prensa local de las provincias limítrofes, habla con una mujer mucho más joven que él. Él habla de literatura, ella lo mira. Él busca un adjetivo que defina cuán grande es su colección de libros. Ella hace mucho, desde los inicios de su relación, o de su historia, como le gusta decir a nuestro letrado, que ha encontrado el adjetivo que lo defina a él. Ella aliada de su silencio, con sus ojos que hablan, nos dice cuán infinita es su biblioteca de sentimientos. Y de pasión.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se miran, sin tocarse. Se tocan con la mirada.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los verbos tardan en aparecer. El duda qué decir o cómo decirlo. Y no le faltan recursos, él, que se gana la vida con las palabras. Escupiéndolas, esculpiéndolas, cuidándolas y hasta mimándolas para hacerlas creíbles a oídos que no saben si creer porque es él, el letrado mediático, de gestos suaves y sonrisa generosa, o porque realmente acuñe las palabras portadoras de verdad definida. La mujer no deja de mirarlo. De buscarlo. De encontrarlo siempre. Y siempre que lo encuentra, está hablando. Quiere cambiar palabras por besos. Le regalaría todos sus libros a cambio de una vida en común.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La cafetería a esas horas, bulle. La gente entra con prisa y sale, tras beberse el café con noticias asesinas y críticas, con más prisa si cabe.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero desde mi rincón, la pareja, hombre y mujer, enamorados, ahítos de gestos, de miradas expectantes y caricias furtivas nos descubren los avatares de su pasión, aún terrenal. El camarero se acerca, sin paso firme, tímido… Pero es su paso tímido el que le permite ver la mano de la mujer surcar su cielo protector para alcanzar el séptimo cielo de su acompañante. Lo acaricia debajo de la mesa, primero. Encima de la mesa, luego. El camarero se retira. No necesitan nada que no sean ellos. No más zumo de naranja. No más café. No más leer la prensa juntos. Quieren beberse, quieren desayunarse.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella se levanta, de golpe y se sienta a su lado. Rompe la barrera. Atraviesa el peaje. No pregunta, sólo obedece al único ápice de atrevimiento. No está a la altura de sus palabras pero sí de sus gestos. Ella guarda las palabras que él le regala para cuando no estén juntos. Ya tendrá tiempo para crucigramas. Ahora necesita también su olor, su sabor, su textura.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Déjame sentarme a tu lado. Y lo dice cuando ya está. Cuando ha llegado. Cuando sus cuerpos son uno sólo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Él duda unos segundos. Y ella nota que ha tensado algo. Que quizás ha llegado demasiado lejos. Que no deberían salir del anonimato. Que no deberían permitir que la gente viera de más, y hablara de mucho más. Pero el celo de la vida es así. Recurrente. Desobediente. Inoportuno.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella lo mira asustada y excitada. Excitada por su aturdimiento. Asustada por su no reacción.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Perdona, no ha sido una buena idea. Vuelvo a mi sitio. Te asusta la gente. La que posiblemente conozcas. Sales en la prensa… a veces se me olvida.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Intenta nuestro letrado hablar con la precisión con que acostumbra. Pero su corazón, de blindaje débil, no le responde. No brotan las palabras. ¿Dónde se esconden? Escuchamos como tartamudea. Ni en sus inicios en el mundo de la toga y la balanza lo ha pasado tan mal buscando una explicación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-No, no… Balbucea. No pasa nada. De verdad. Sólo que no te esperaba.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella, desde su sitio, lo mira. Lo mira con la mirada triste de quien pierde el último sueño. De quien queda varado y sin posibilidad de redimirse tras su último naufragio sentimental. Le llegan, uno a uno los recuerdos de cómo empezaron. De por qué. Todo pasa en un minuto. O menos. Como cuando la vida se suicida ante nuestros ojos. En su último aliento nos rinde cuentas y nos muestra lo bien acontecido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Él fue el abogado que la ayudó en su separación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Él fue quien la devolvió a la vida, tras su separación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Lo peor es que siempre llego sin avisar. Soy una inoportuna. No me acostumbro al protocolo de nuestra vida novelada. Le dice ella.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La sigue con la mirada de luna llena. Sus ojos orbitan alrededor de ese comentario. No sabe cómo asaltarlo. Declina decir nada. Depone las palabras… Inquieto. Cabizbajo.Ella sigue alimentando el malestar de su acompañante.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Siempre te pillo con la guardia baja. O nunca te sorprendo o te sorprendo en exceso, hasta atizar tus miedos, como ahora.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Él, que hace rato se ha olvidado de sus libros, de su particular biblioteca de Alejandría, la mira con dulzura. La acaricia por encima de la mesa sin surcar el aire, y apoyándose en sus ojos recién estrenados a la luz. Se acerca y le da un beso en la comisura de los labios. Ella sonríe por primera vez desde que se encontraran en esa céntrica cafetería. Se queda a vivir, durante un segundo infinito, en su boca. Después, el beso se torna sonrisa y agradecimientos. Y el mismo beso los devuelve a su sitio. Y a su realidad. Y a su cotidianidad.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El hombre, tras saludar a alguien que no conocemos, pero que él si conoce y sí le incomoda, busca un tema conciliador. Un tema que cierre su mañana. Que destile, al menos, más felicidad que la de los periódicos con los que comenzaron su desayuno, su desayunarse.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-La Navidad llama a las puertas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella que se acomoda de nuevo en la silla, que le suelta la mano, que le sostiene la mirada, que lo quiere, que lo desea también durante ese periodo del año en el que los comercios hacen su agosto y los hombres y mujeres vuelven a amarse sobre la faz de la tierra porque el espíritu navideño así lo exige, le dice:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Navidad es cuando estoy contigo. A partir de ahora, empieza mi Vía crucis. Ni estreno Nochebuena el veinticuatro de diciembre, ni estreno año el día uno, ni los reyes me visitan el día seis. No. Pero volverá a ser fiesta, cambiaré de año, cuando vuelva a ti. O mejor, cuando vuelvas a mí. Cuando llames a mi puerta.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El gesto serio de nuestro hombre curtido en mil batallas judiciales, se tuerce hasta convertirse en una mueca, una torcedura un esguince en el alma. Está perdiendo este juicio. El jurado popular se posiciona del lado de ella. Tarda en contestarle unos segundos…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Pero volveré. Lo sabes. Vuelvo siempre.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ella no quiere hablar de su vida. Porque ella sabe que siempre encuentra el camino de regreso. Ése no es el problema. Su GPS emocional funciona. Las coordenadas de su pasión siguen intactas. Y su relación sería lo más parecido a un cubo de Rubik bien alineado, en caso de formar equipo en el juego de la vida. Pero no puede evitar un atisbo de maldad. Ese asomo de arrogancia cuando le comunica:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ayer, paseando por el centro comercial me encontré con tu mujer y con tu suegra.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La duda sombrea su rostro. Las pupilas dilatadas juegan con la luz del sol que se filtra, leve y coloniza su espacio vital. Abre los ojos, ahuyenta la claridad, sólo quiere verla a ella. Quiere hablarle. Pero las malditas palabras no están. Y no lo están cuando más las necesita. Ellas están, como el jurado popular, con la mujer joven.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Consigue articular, por fin, unas palabras, interroga buscando un empate.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-¿Ah, sí? Y qué tal… qué hacían ellas… y qué hacías tú… en el mismo centro comercial.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se recoge el pelo, muerde los nudillos que se mojan de saliva al contacto con sus labios. Ahora luce una sonrisa, parece que sincera. Le coge la mano… porque no quiere tirar su tiempo en común al cubo de la basura… Ni aportar más material para su semana santa particular que llama a las puertas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;-Ellas compraban tu Navidad, mientras yo esquivaba a la soledad.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-2018893667062244766?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/2018893667062244766/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/ficcion.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/2018893667062244766'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/2018893667062244766'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/ficcion.html' title='FICCIÓN'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeR1dJ9BBkI/AAAAAAAAAAU/-anhtGWCLwM/s72-c/Mantoue.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-632854416936905138.post-6963670497535570601</id><published>2009-04-14T13:01:00.001+02:00</published><updated>2011-08-19T11:05:22.344+02:00</updated><title type='text'>EL TALLER DE ESCRITURA</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeRxXYlNSFI/AAAAAAAAAAM/lI6Pd---PjI/s1600-h/11060607.jpg"&gt;&lt;span&gt;&lt;span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5324505306008209490" style="margin: 0px 0px 10px 10px; float: right; width: 320px; height: 213px;" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeRxXYlNSFI/AAAAAAAAAAM/lI6Pd---PjI/s320/11060607.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi abuela odiaba los gatos. Pero tenía gatos en casa porque lo que más odiaba en la vida era ver pasar por delante de la chimenea un ratón. Un ratón de campo. Un ratón de ésos que ni muerden, ni se meriendan a las viejas que les temen. Un ratón de ésos grises, pequeños siempre, a los que los dibujantes retratan con carboncillo, pero elegantes. Ratones siempre sonrientes. Ratones siempre prestos a no hacer otra cosa que pasear, vivir y comer de todo menos queso. Animales diminutos, roedores de campo y de sueños.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que la familia de ese ratón se paseaba de día y de noche, al amanecer y cuando declinaba el día por delante de la chimenea. Daba igual el número de gente congregada al calor del hogar. El ratón uno, el ratón dos, y así sucesivamente… una familia entera de ratones, siempre por separado, se acercaban buscando el calor de la leña, los trocitos de madera que eran indultados por las llamas. Nunca supe qué hacían con esas ramitas, nunca. Porque si hubiera sido una paloma, o un pájaro, o cualquier ave, sí… pero un ratón no hace un nido como si se tratara de un pajarillo, decía también mi abuela. El calor aletarga. Más el calor de la madera que arde. Ese calor nos sumía en un duermevela infinito. Los sueños, incluso, nos visitaban sin quemarse y sin quemarnos. Eran sueños anodinos. Livianos. Era entonces, y así entonces lo creía cuando el ratón y la familia del ratón que empezó este relato se paseaba impune por delante de nuestras narices. Nuestros cuerpos no reaccionaban. Y mi abuela no acertaba a atizarle con la herramienta con la que removía los troncos que ardían, cuando abría los ojos y se encontraba a Pérez robándole la tranquilidad coronaria. Conocían nuestros duermevelas y los aprovechaban.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi abuela odiaba los gatos. Y mi abuela odiaba los ratones casi por igual. Casi. Porque al menos, el odio hacia los felinos domésticos no se tornaba en repugnancia. Así que se hizo con los favores gatunos de dos gatas. Dos gatas que no comían ratones, visto el resultado. Y dos gatas porque no quería una pareja. No quería descendencia. No mientras ellas fueran jóvenes y los ratones vulnerables a sus garras.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Pero el celo gatuno es el celo gatuno. Es el padre, la madre, la máxima expresión del celo animal. Y las gatas paseaban sus ardores por los tejados. Pasaban de los ratones. Pasaban del hogar y pasaban de mi abuela. Ella no las quería, ellas no la querían. Pero no pasaban de los machos que acechaban y esperaban la hora del paseo. La hora en la que el celo las encendía tanto o más que el fuego que crepitaba y daba calor a hombres y ratones.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo ni odiaba a los ratones, ni a los gatos, ni a ningún bicho viviente. Tampoco a personas vivientes. Qué va… Y me hice muy amigo de una de las gatas sin nombre. Decía mi abuela que no tenían nombre, sólo oficio. Y que no era el oficio de ver ni oír llover, ni de tomar el sol en los tejados. Su oficio era el de cazadoras a sueldo. Si cazaban, se comían el premio. Si no, dependían de mí para alimentarse. De mi piedad, que existía. Engordaban.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Montaba guardia frente a la chimenea. Y cuando notaba que mi abuela cabeceaba, cuando el sueño cargado de sueños sin roedores la visitaba… me levantaba y le daba de comer lo que fuera, lo que encontrara en la nevera, a las dos gatas blancas. Me miraban con camaradería. Y las trataba con familiaridad. Ellas comían todo tipo de embutidos, carnes pescados y cualquiera de los manjares que esperaban en la nevera de los humanos para ser devorados. Lo hacía con cuidado. Les restaba el apetito y ellas, a cambio, pasaban de los ratones. Cuando los veían asomar, que eran pocas las veces, los seguían con la mirada. Jugaban al gato y a al ratón. Sólo jugaban, sin más… No eran juegos sangrientos porque estaban ahítas de comida. No podían más… sólo les apetecía descansar y dar rienda suelta a sus ardores guerreros en compañía de unos machos altivos y elegantes, y tan guerreros también.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que las gatas sólo comían, dormían y comían y dormían. Y cuando crecieron aprendieron a amar como animales, que es como se ama de verdad. Nunca a cazar que es como no se ama nunca. Nunca. Jamás vi a ninguna de las dos con rabito diminuto, peludo y gris asomando por sus mandíbulas. Y sí las vi con una rodaja de mortadela, o bebiendo leche, o comiendo yogures, o dando buena cuenta de las sobras de un guiso. Con tanto alimento sólo les quedaba sucumbir al cansancio de saberse alimentadas a cambio da nada. Una nada tan cotidiana como la cotidianidad de los paseos de los ratones. Ellos siguieron con nosotros. Ellas, también.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al cabo de algunos meses, cuando calentaba más el tiempo que la chimenea… y por lo tanto, el paseo ratonil bajó en asiduidad, una de las gatas engordó. Cada vez más gorda, decía yo. Cada vez más preñada, musitaba y musicaba y gruñía, mi abuela. Me enteré que iba a tener hijos. Hijos, según yo, gatos, coño más gatos, según mi abuela. Y así pasaron más semanas. Yo no dejaba de acariciarla, de desplegar sobre ella un concierto de lenguaje de signos, un concierto de manos y de palabras afables. Ronroneaba hasta quedarse sumida en el limbo de los sueños gatunos, que también existe. Sueños de familia y de futuro. Sí.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Punto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Nunca escribo. O casi nunca. Porque siempre hay un casi. Un casi para cada ocasión. Una obra incompleta, un cuento inconcluso. Y hasta una historia sobre ratones y hombres que no termina quien debería terminarla: Yo. Quedará ahí, en el baúl de los recuerdos sin contar. Porque justo cuando estaba a punto de seguir con las idas y venidas de mis gatas y de mis ratones, ha venido mi mejor amigo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y cuando uno tiene un mejor amigo, le deja hacer, o le hace partícipe de lo que está escribiendo. Y así ha sucedido.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ha estado un rato leyendo. Ha estado un rato dilucidando qué decirme para no herirme. Ha pensado, luego durante un rato, ha existido. Al menos…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¡Qué coño has escrito!&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- ¿Qué coño has escrito?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Afirmación exclamación. Interrogación que quiere crecer y convertirse en una afirmación con todas las de la ley.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Vamos a ver… tenía que contar una historia. Ella, sus amigos, ellos, los amigos de ella, quieren una historia. Quieren un cuento. Quieren una tarjeta de presentación.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Joder, no entiendo nada… Y cuando digo nada, es na de na.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al final, o al principio del final, le he contado que voy a participar en un taller literario. O similar. O literario, sin similación. Que nunca lo he hecho y que ya va siendo hora de ponerme manos a la obra, o verbo a la obra, o lo que sea. Pero que tengo que escribir de una vez por todas, o de todo, algo, alguna vez…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Así que quería llevar a mis gatas y a mis ratones a un taller literario.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Y a tu abuela, y a tu abuelo, y a la chimenea, no te olvides… Me indicó cínico, mi amigo. Y siguió:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Madre mía, con lo que has sido leyendo, con las historias que has vivido… y sólo se te ocurre escribir la seudo biografía de las gatas sobre el tejado y la del Ratatuille invisible. Si Fante levantara la cabeza, o el Bukowski ese. Madre mía… ¿te ha dado un aire o te has indigestado con palabras para no dormir?. O te has vuelto tonto… Por cierto… ¿un taller?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Sí, un taller de literatura… Y amén de tu por cierto… no soy tonto. No a raíz de lo del taller, no.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Se quedó pensativo, otra vez. Miró en varias direcciones. Buscaba una respuesta a una pregunta no formulada. Nadaba en la duda… Y volvió a la carga:&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Hmmm, ¿desde cuándo tienen los cuentos que pasar la ITV?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- A veces, ya ves, hace falta cambiarle el aceite a los verbos. Darles un repaso y ponerlos a punto… Mis metáforas estaban oxidadas. Bueno, no estaban. Ahora están… y ya buscan el consuelo, el desconsuelo, el concierto o el desconcierto de otros verbos amigos, de otras palabras desnudas y cercanas, de otras ideas versadas.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;- Madre mía, estás inspiradito… eh… En fin… ¿un café?&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al final, otra vez, porque siempre hay un final y siempre hay un casi, tomamos café. Porque siempre hay un café antes, durante y después.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Mi amigo se ha ido hace poco.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Ahora sólo se me ocurre escribir sobre no sé qué. Está claro que no voy a continuar ejerciendo de cuentero mayor, como diría Filisberto Hernández. Ahí quedan mis felinas y mis roedores. Y aquí, otro yo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siempre he llorado mucho. He llorado por nada. Y cuando no he tenido por qué llorar, he llorado por no tener un motivo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siempre he follado por nada. Y cuando no he podido follar, he llorado.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Siempre he leído por nada. Y cuando no he tenido qué leer, he follado . Y si no he podido follar, he llorado y he vuelto a leer, o peor, releer. Que es lo que ha ocurrido, lo que ocurre la mayor parte del tiempo presente. Porque el pasado se diluye, como el hielo en la bebida sabiniana. Y porque el futuro no acaba de llegar. Así que no cuento con él.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me he pasado media vida leyendo y llorando. Y un poco de lo otro. Sólo un poco. Sólo espero ser la reencarnación de un tipo que en su vida, otrora, se haya hartado de reír y de follar. Y de leer, el periódico al menos. Ser la reencarnación penitente de un tipo que ha pecado por exceso, por defectos… Así que me ha tocado ser bueno, y sólo toco la bebida que me traen los literatos, usada para recargar el tambor de la pistola que escupe sus verbos envenenados y borrachos y felices.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Yo leo, luego existo. Y existo porque ni dejo de leer, ni dejo de vivir con verbos furtivos que me visitan, que me tocan el hombro… que me hacen olvidar el hambre carnal. Un buen verbo es como un buen cuerpo. Se deja tocar y toca. Luego todo existe. Luego, luego… después de luego… No sé si leo desde que tengo uso de razón, o tengo uso de razón desde que leo.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Me pasa más o menos lo mismo con lo del goce supremo, con el razonamiento erotizado y sus usos. Pero no sé si sexualizo desde que tengo uso de razón, o no uso la razón para otra cosa que no sea para perpetuarme en mis deseos y en mis fantasías. Porque al fin y al cabo, porque al principio y al cabo, cada libro es un orgasmo, un grito, una risa, un llanto, una canción, una película, una satisfacción en grado suma y sigue…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;A veces me quedo dormido con el libro encima. Preferiría un cuerpo, encima. Pero suele ser un libro abierto de par en par. Preferiría otra apertura. Pero suele ser la de un prólogo que teje el tapiz de mis noches. Que nace, que crece, que se reproduce en mis sueños, y que muere cuando abro los ojos, cierro el libro, y enciendo mi día. Entonces es cuando vivo, y busco un lugar donde acomodarme. Donde pueda existir en paz. Pensando que un día, hace ya, me prometí escribir y que nunca he cumplido. Que ya lo hacen otros. Como otras cosas. Casi todos hacen de todo, menos yo. Que les leo con pasión y devoción, que es una forma de mirarles a los ojos y agradecerles sus principios y sus finales, y sus victorias sobre la palabra precisa, la metáfora educada, el número elegante, que lo hay…&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después de esto, la nada cotidiana de Z. Valdés. Y después de la literaria no existencia de Zoé Valdés, la no existencia literaria mía. Necesitaré conciliar el sueño, y los sueños, a golpe de capítulos, porque no encontraré la paz literaria ni rebuscando, ni andando, ni yéndome de cafés con los personajes que yo cree. No verán la luz. Y yo, sin embargo, seré el perfecto cicerone para los otros. Los que llamen a la puerta de mi necesidad lectora. Les acompañaré, les mostraré el camino que conduce a una paz eterna. Una paz que se sostiene en el final de cada historia novelada. Y cerraré los ojos, como ahora… Punto.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;MARIO CASTILLO ROS&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/632854416936905138-6963670497535570601?l=tunoeresinteresanteparami.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/feeds/6963670497535570601/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/el-taller-de-escritura.html#comment-form' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/6963670497535570601'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/632854416936905138/posts/default/6963670497535570601'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/2009/04/el-taller-de-escritura.html' title='EL TALLER DE ESCRITURA'/><author><name>Mario</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07187659722841740228</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='24' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/Syf2fdphffI/AAAAAAAAAtU/l2Q-CGJ7zio/S220/untitled.bmp'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_h7_kFIvbyWU/SeRxXYlNSFI/AAAAAAAAAAM/lI6Pd---PjI/s72-c/11060607.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry></feed>
